Cuando la salud duele y el poder responde con ironía

Hay frases que no se olvidan, no por su genialidad, sino por el daño que causan. “Los ricos también lloran” es una de ellas. No porque recuerde una vieja telenovela mexicana, sino porque fue pronunciada en uno de los momentos más sensibles que vive hoy la salud pública en Colombia.

Un gerente de hospital rompe en llanto. No pide lujos, no pide reconocimientos. Pide lo básico: recursos para pagar a su personal y atender dignamente a los pacientes. Ese llanto no es debilidad; es el grito desesperado de un sistema que se cae a pedazos. Y frente a ese grito, la respuesta del ministro de Salud fue una frase ligera, fría y profundamente desconectada de la realidad.

Los ricos, señor ministro, no hacen filas interminables en hospitales públicos.
Los ricos no ven morir tratamientos por trámites administrativos.
Los ricos no suplican medicamentos ni cirugías.

Quienes sufren el deterioro del sistema de salud son los mismos de siempre: los más vulnerables, los trabajadores, los pacientes crónicos, los adultos mayores. También sufren los médicos, enfermeras y personal de salud que, a pesar de todo, siguen cumpliendo el juramento que hicieron cuando la vocación aún ardía en sus venas.

Colombia es hoy un país herido. Un país donde la violencia se cobra vidas todos los días, donde la salud se ha convertido en una carrera de obstáculos y donde la confianza en las instituciones se desmorona. En ese contexto, las palabras del poder no pueden ser livianas. Porque cuando el Estado habla sin empatía, hiere dos veces: con la crisis y con el desprecio.

La salud no se gobierna con frases de ocasión. Se gobierna con respeto, con escucha, con técnica y con humanidad. Un gerente que llora porque no puede proteger a su gente debe ser respaldado, no ridiculizado. Un sistema en crisis necesita liderazgo, no ironía.

Tenemos una deuda inmensa con nuestros pacientes y con el talento humano en salud. Una deuda sanitaria, pero sobre todo humana. Honrar el juramento médico no es solo atender enfermos; es también defender la dignidad del sistema que los cuida.

Porque la bata blanca no se honra con discursos. Se honra con acciones.
Y, sobre todo, con respeto por el dolor ajeno.

 

Luis Carlos Gaviria Echavarría

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