“Entre tantas publicaciones virales que, de manera escueta, citan a un Hayek, un Keynes y un Phillips que nunca han leído —pero que invocan para sonar bien cuando su verdadera fuente es Wikipedia y sus argumentos caen en los lugares comunes y cómodos de siempre, conviene empezar por una verdad incómoda: nadie sabe con certeza cuáles serán los efectos del aumento del salario mínimo.”
Nadie sabe con certeza cuáles serán los efectos del aumento del salario mínimo, porque, básicamente, nadie conoce el futuro. Ni los economistas, ni los opinadores de X, ni los hilos virales con gráficos de dudosa procedencia.
Este punto también merece repetirse en el cuerpo del debate, porque parece olvidarse con facilidad: estamos discutiendo escenarios, hipótesis, probabilidades, no leyes físicas. Las referencias a escuelas económicas funcionan más como accesorios retóricos que como herramientas analíticas cuando se usan sin contexto, sin datos y sin una lectura real de lo que esas teorías dicen —y, sobre todo, de lo que no dicen.
Ahora bien, el detalle importa. Importa mucho. ¿A cuántas personas realmente les sube el sueldo con esta decisión? En un país con un porcentaje enorme de informalidad laboral, el salario mínimo no es un parámetro universal, sino una institución que cubre a una fracción específica del mercado de trabajo. Importa también reconocer que la famosa curva de Phillips no es una relación mecánica ni atemporal: está profundamente condicionada por factores institucionales, productivos, demográficos y políticos. No es lo mismo hablar de inflación y empleo en economías con alta formalidad que en aquellas donde millones de personas trabajan por fuera de cualquier regulación.
También importa ampliar la mirada comparada. Existen países que han incrementado el salario mínimo en magnitudes similares y el mundo no se ha acabado. En algunos casos hubo efectos positivos sobre ingresos reales; en otros, tensiones sobre precios o empleo; en otros más, impactos prácticamente nulos. La evidencia internacional no ofrece un veredicto único, sino una lección más compleja: los resultados dependen del contexto.
La conclusión, entonces, no puede ser ni triunfalista ni apocalíptica. El salario ya fue decidido. En la teoría económica existen tantos argumentos a favor como en contra de una medida de este tipo, y todos tienen algún grado de validez bajo ciertos supuestos. En la práctica, el llamado es otro: estar atentos, pendientes, tomar nota. Observar qué pasa con el empleo formal, con los precios, con la informalidad, con la productividad. Medir, comparar, aprender.
Estamos ante un momento incierto e increíblemente interesante al mismo tiempo. Un momento que exige menos consignas y más análisis; menos citas decorativas y más datos; menos certezas impostadas y más disposición a entender. Tomar nota, aprender y comprender lo que un salario de este nivel le hace —o no le hace— a nuestra economía no es un lujo académico: es fundamental para nuestro futuro.












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