Groenlandia está de moda. Cuando pensamos en ella, solemos imaginar osos polares, vastas extensiones de hielo y un invierno eterno. Hoy, esa percepción constituye un error geopolítico. No es periferia: es frontera y, como tal, importa. Groenlandia, la isla más grande del mundo, está situada en un punto neurálgico entre América del Norte, Europa y Rusia, en la intersección de los pasos estratégicos GIUK (Groenlandia, Islandia y Reino Unido) y GIN (Groenlandia, Islandia y Noruega).
La apertura progresiva de rutas marítimas árticas —provocada por el deshielo— reduce de manera significativa los tiempos y costos de transporte entre Asia, Europa y América del Norte. La llamada Ruta Marítima del Norte, que bordea la costa rusa, se perfila como una alternativa clave a los canales de Suez y Panamá, lo que explica el creciente interés de China y Rusia por consolidar presencia económica, logística y militar en la región.
China, aunque no está en el círculo ártico, se autodefine como una “potencia cercana al Ártico”. Ha invertido en infraestructura, minería y telecomunicaciones en territorios funcionales a su expansión, buscando crear y asegurar vías comerciales y disminuir su exposición a pasos controlados por Occidente. La llamada Ruta de la Seda Polar no es un proyecto económico aislado, sino parte de un rediseño global de la actividad mercantil para que China no quede sujeta a cuellos de botella como Suez, Malaca o Panamá.
Rusia concibe el Ártico como una prolongación natural de su esfera estratégica. Administra casi la mitad de la costa ártica y ha invertido masivamente en bases militares, radares, sistemas antiaéreos y una flota enorme de rompehielos —incluidos nucleares—, lo que le permite mantener su capacidad nuclear, dominar los corredores de navegación emergentes y restringir la movilidad de fuerzas occidentales en el Atlántico Norte.
El control de rutas, la dependencia económica y la capacidad de presión de largo alcance en un lugar casi desierto no implican una invasión clásica con tropas cruzando fronteras, pero sí algo más sutil y duradero: la influencia táctica. Así, esta superisla se convierte en un punto natural de vigilancia del Atlántico Norte y del acceso ártico al hemisferio occidental.
Estados Unidos tiene la base aérea y espacial de Pituffik, clave para la alerta temprana de misiles y la vigilancia del Ártico. Su razón de ser es la protección preventiva de uno de los corredores comerciales más sensibles del planeta.
En un mundo donde las amenazas ya no siempre llegan con banderas, sino con inversiones opacas, puertos “civiles” y dependencia tecnológica, ignorar Groenlandia constituye una ingenuidad peligrosa. Estados Unidos lo entendió hace décadas, manteniendo presencia militar y sistemas de alerta temprana en la isla. No se trata de expansionismo: se trata de prevención.
El verdadero riesgo no es una invasión directa, sino que actores autoritarios consoliden posiciones decisivas que condicionen los flujos de intercambio, la seguridad y la soberanía de las naciones, además de explotar recursos minerales para desarrollar tecnologías avanzadas y generar nuevas vulnerabilidades.
Groenlandia es una pieza fundamental en el tablero geopolítico porque la historia demuestra que los vacíos de poder nunca permanecen sin ocupar. Si las democracias no comprenden el valor del Ártico, otros lo harán, y ni el comercio, la defensa ni la estabilidad del hemisferio occidental quedarán a salvo si estos espacios se condicionan o se abren aún más a regímenes que no comparten ni la libertad ni el Estado de derecho.
La ubicación de Groenlandia es un componente esencial de la arquitectura de seguridad occidental. Si el Ártico cae bajo influencia hostil, la OTAN perdería su capacidad de reacción en uno de los espacios más sensibles del planeta.












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