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En el complejo tablero de la política latinoamericana, pocas narrativas han sido tan idealizadas como la de la revolución cubana. Frank Zimmerman, con su obra 12 mitos sobre Cuba: del relato al dato, irrumpe en este debate con la precisión de un cirujano y el rigor de un investigador, ofreciendo un análisis tan necesario como incómodo. Su libro es un ejercicio meticuloso de desmitificación: un manual para despojar a la realidad cubana de los velos propagandísticos que la han cubierto durante casi siete décadas. No importa en qué parte de América se viva: Cuba extiende sus tentáculos políticos, culturales e ideológicos por toda la región.
Zimmerman, apoyado en datos documentados y evidencia histórica, se propone desmontar las falacias sobre las que se ha edificado el régimen castrista. El primer mito que cae bajo su lupa es el de la Cuba republicana como una supuesta colonia de los Estados Unidos. Falso. Antes de 1959, la isla contaba con soberanía, Constitución, elecciones competitivas y prensa libre, pese a sus estrechos vínculos comerciales con Washington. Esta realidad contrasta con la auténtica colonización que se produjo después de la revolución: la subordinación total al Kremlin y la eliminación sistemática de toda forma de pluralidad política.
La obra continúa su examen con figuras centrales como Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara. El mito de Fidel como redentor de los pobres es desmontado al exponer su origen privilegiado, una trayectoria temprana marcada por la violencia —desde el pistolerismo universitario hasta su paso por el Bogotazo— y una ambición de poder que lo llevó a instrumentalizar al pueblo. De modo similar, el “Che Guevara, héroe de los oprimidos”, queda retratado como lo que fue: un fusilador entusiasta, un auténtico burócrata del paredón.
Zimmerman ahonda luego en mitos como el de la “revolución de los humildes”, revelándola como una toma del poder por parte de una élite con retórica marxista, en la que campesinos y obreros funcionaron como símbolos dentro de una escenografía cuidadosamente construida. También desmonta la noción de una “democracia diferente” en Cuba, exhibiéndola como una fachada que encubre un sistema totalitario de partido único, sin elecciones libres ni justicia independiente, donde se encarcela sin delito y la disidencia se paga con censura o exilio. La supuesta “educación gratuita y universal” aparece como una herramienta de adoctrinamiento y control —con trabajo forzado en el campo y lealtad ideológica como moneda de cambio—, y las llamadas “brigadas médicas solidarias” como un negocio estatal altamente lucrativo que explota a los profesionales de la salud. El resultado es una confrontación directa entre doce verdades documentadas y doce relatos épicos, persistentes, pero profundamente irreales.
Hoy casi nadie piensa en Cuba como una amenaza, sino como una pobre isla en ruinas, asfixiada por las caricaturescas garras del Tío Sam. Lejos de esa imagen complaciente, Cuba es un régimen chupa-petróleo que ha sobrevivido parasitando a otros: vivió durante décadas de la Unión Soviética, drena hidrocarburos mexicanos y exprimió a Venezuela hasta el límite. Tanto, que terminó instalando allí una auténtica sucursal del infierno.
Las informaciones recientes sobre la muerte de 32 escoltas cubanos durante la operación militar de Estados Unidos que culminó con la captura y extracción de Nicolás Maduro terminan de pulverizar el mito de Cuba como “país en ruinas, pero no una amenaza”. Los datos difundidos por el Ministerio del Interior de la isla y replicados por medios internacionales confirman que, durante años, La Habana no solo controló la inteligencia y la contrainteligencia venezolanas, sino también el primer anillo de seguridad del líder chavista.
En la Argentina, la sombra cubana también se filtró con intensidad durante los gobiernos kirchneristas, casi siempre bajo el ropaje de la “cooperación solidaria”. A ello se sumaron lazos personales y políticos —viajes frecuentes, afinidad ideológica y respaldo diplomático sistemático— que consolidaron a Cuba como referente simbólico del kirchnerismo en su relato antiimperialista, pese a que el modelo emulado es el de un partido único que anula la pluralidad que la democracia argentina dice defender. Sesenta años en el poder no bastaron para que los Kirchner vieran allí una dictadura.
12 Mitos Sobre Cuba es una lectura esencial para comprender la persistencia de un régimen que ha perfeccionado la manipulación del relato como mecanismo de supervivencia política. Zimmerman invita a abandonar la complacencia y la ingenuidad, y a confrontar los hechos, por incómodos que resulten. Es un recordatorio de que, en la política latinoamericana, el análisis crítico sustentado en datos no es una opción: es la única herramienta para desentrañar las tramas de poder y propaganda. Y hoy, además, está al alcance de un clic en Amazon.












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