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El asesinato de don Sergio Alfredo Zabala Galeano asomaba el campanazo que algunos esperábamos. Lo fue por unos segundos, los que necesitó la secretaria de Inclusión para eludir responsabilidades y cerrar la conversación urgente sobre la población que habita en calle, sobre la ciudad.
Para nadie fue noticia, siquiera visible, el homicidio de un hombre menor de 25 años, apenas unos días después.
Don Sergio Alfredo era esposo cuidador, padre amado. A sus 62 años trabajaba en vigilancia, la que faltaba el primero de enero en plena Avenida Oriental, corazón de esta ciudad, cuando un habitante en calle lo golpeó porque no le dio limosna. Don Sergio Alfredo, que había salido de la clínica donde acompañaba a su esposa enferma, alcanzó a llegar a su casa y contar la historia; a los pocos días murió.
El joven sin nombre, o sea sin la identidad que nos deja reconocerlo nuestro, murió en una calle del barrio Boston. Allí lo apuñalaron, repitiendo una historia común en esta ciudad. No sabemos quiénes van a extrañar esa vida temprana.
Don Sergio Alfredo, el desconocido y todos los habitantes en calle asesinados, a veces por sus iguales, tenían derecho a morir de viejos; la ciudad, el deber de intentar que así fuera.
Unas ocho mil personas viven en las calles de Medellín, según cálculos a ojo porque ya nadie hace el censo que sería obligatorio. Son niñas, niños, adolescentes, papás, mamás, viejas, viejos. Algunos conservan su salud física, otros la salud mental; otros perdieron alguna; la mayoría tiene enfermedades físicas dolorosas, asesinas, y problemas de salud mental, que son insoportables. Su condición se llama patología dual y es curable, al menos tratable. Aliviados, enfermos, sufrientes, alegres, todos son conciudadanos que hicieron de la calle su hogar y de nosotros, sus vecinos.
Las crónicas y relatos de Medellín a lo largo de toda su historia hablan de mendigos, “indigentes”, pordioseros, locos exaltados en series de televisión, vecinos vulnerables, inesperados, y para muchos indeseados, que son parte de esta ciudad compleja. Con ellos habitamos las almas caritativas que ofrecen limosnas, consejos y hasta juicios severos sobre los depositarios; gentes solidarias que tejen conversaciones y se compadecen con ellos; personas que se juegan por la indiferencia, y muchos que buscamos en el camino a ese conocido de la infancia que alguna vez desertó de los suyos, pero sigue siendo nuestro.
Entre 1993 y 2015, los gobiernos de Medellín entendieron que ellos son conciudadanos, no fantasmas deambulando en limbos de horror mientras esperan su fin. Entenderlo fue reto para diseñar políticas de atención y cuidado, respetando sus derechos y trabajando por los nuestros.
Por años largos, Medellín tuvo políticas asistenciales que ofrecieron servicios básicos de alimentación, cuidado físico, alguna atención sanitaria, a quienes quisieran tomarlos. Los centros-día, los centros-noche, los comedores, eran un guiño de la vida que ellos podían aprovechar, o desechar.
El gobierno 2012-2015 se propuso dar un salto en la atención creando el proyecto Siempre Viva, que reconoció en los habitantes en calle a sujetos de derechos y deberes constitucionales, a personas enfermas que necesitaban tratamientos. Fue un programa discutido por su enfoque, pues parecía imponer la salud, aunque permitía a las personas la libertad de escogerla o rechazarla, y porque exigió esfuerzos importantes. Fue un proyecto totalmente exitoso.
En ese período fueron identificados 2699 habitantes de calle. De ellos, 1636 aceptaron participar de los programas institucionales para su protección, recuperación y reconstrucción de sus proyectos de vida y lazos familiares o sociales. Durante esos pocos años, 269 niños y niñas ingresaron a programas de recuperación de su salud y de protección y cerca de 500 personas habían vuelto a sus entornos, sus trabajos, sus sueños.
Ese programa experimental que alcanzó un éxito de 57% en su convocatoria atrajo miradas, entre ellas las del Gobierno Nacional, que lo estudiaron y pusieron como base de la Política Nacional de Habitante en calle, un programa pensado para garantizar los derechos y recuperar a esos conciudadanos vulnerables.
Que fuera exitoso no alcanzó para que en los años siguientes se decidieran a mejorarlo, si querían, o a consolidarlo, un mínimo deseable, ¿o no? Desde el 1 de enero de 2016, los gobiernos de Medellín renunciaron a mirar a los habitantes en calle. Que Siempre Viva era un programa muy caro, han dicho. Que la política pública nacional no permite tratar a esos seres humanos, mienten hoy. Mientras se excusan, esos vecinos, conciudadanos, menospreciados pierden sus músculos, el color de sus pieles y el brillo de sus miradas; unos se vuelven violento. Al mismo tiempo, los jíbaros engordan sus bolsillos y se vanaglorian de sus brillantes cuerpos embambados.
¿Cuánto vale una vida humana?, me preguntó una de las mejores personas que he encontrado en el camino. ¿Cuánto perdemos cuando una vida naufraga?, quiero responderle.












Dolorosa realidad, que nos llena de preguntas en esta #ciudadaplazada autocomplaciente e injusta
Se han perdido los verdaderos valores🥺😢Ni empatía, ni respeto, ni consideración, ni compasión por el ser humano 😢🥺Luego se llenan los bolsillos con el dinero del pueblo y la boca predicando…. “democracia”(“poder del pueblo”. )¿El pueblo? ¡TODOS SOMOS EL PUEBLO!