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Migrar no se limita a cruzar una frontera; implica rehacer la vida, redefinir la identidad y aprender a habitar un nuevo territorio sin perder la memoria. En ese tránsito, muchas veces invisible para el debate público, la comunidad colombiana en Ecuador ha comenzado a dar un paso fundamental: organizarse para dejar de ser únicamente migrantes y convertirse en comunidad.
En ese proceso surge la Asociación de Colombianos Unidos en Ecuador Firme y Solidaria como una expresión colectiva de dignidad, pertenencia y compromiso social. No nace desde la queja ni desde la confrontación, sino desde la convicción de que cuando las personas se organizan, la migración deja de ser una experiencia individual de supervivencia y se transforma en una oportunidad de construcción colectiva.
Hablar de organización comunitaria supone reconocer un elemento central que históricamente ha sostenido los procesos sociales tanto en Colombia como en Ecuador: el rol de la mujer. Mujeres migrantes que, muchas veces cargando la responsabilidad del cuidado, el trabajo informal, la crianza y la adaptación cultural, se convierten en el tejido que mantiene viva a la comunidad. Son ellas quienes crean redes de apoyo, orientan a familias recién llegadas, sostienen espacios de diálogo e impulsan iniciativas solidarias cuando el Estado no alcanza. La mujer migrante no solo resiste, también lidera, organiza y transforma, y reconocer su papel es una necesidad política y social.
La Asociación parte del entendimiento de que sin la participación activa de las mujeres no hay comunidad posible. Por ello promueve espacios donde su voz sea escuchada, su liderazgo fortalecido y su experiencia reconocida como conocimiento social valioso. La integración real no se alcanza únicamente con documentos o permisos, sino con vínculos humanos, confianza y corresponsabilidad.
Organizarse como comunidad también implica asumir un compromiso con el país que acoge. Los colombianos y colombianas en Ecuador no solo buscan reconocimiento, sino aportar, convivir y construir puentes culturales y sociales. Desde la organización comunitaria, la migración puede convertirse en una fuerza positiva para el desarrollo local y la cohesión social.
Pasar de migrantes a comunidad es un acto consciente que supone dejar atrás el aislamiento, superar el miedo y comprender que la unión no borra las diferencias, sino que las articula. En ese camino, las mujeres han demostrado ser motor, guía y sostén. Visibilizar y fortalecer estas experiencias resulta hoy más necesario que nunca, porque cuando una comunidad se organiza con las mujeres en el centro de los procesos sociales no solo se transforma a sí misma, también transforma el territorio que habita.
Uno de los testimonios que mejor representa este proceso no lleva nombre propio, porque podría ser el de muchas mujeres colombianas en Ecuador. Es la historia de una mujer que llegó con una maleta pequeña, documentos incompletos y una responsabilidad inmensa: sacar adelante a su familia. Al inicio, el miedo marcaba cada decisión; el acento la delataba, la informalidad laboral la desgastaba y la nostalgia pesaba más que cualquier carga física. Fue en el encuentro con otras mujeres donde encontró fuerza y comprendió, a través de conversaciones sencillas y gestos solidarios, que no estaba sola.
Como tantas otras, aprendió a convertir la experiencia migratoria en liderazgo cotidiano. Comenzó ayudando a recién llegadas, explicando trámites, compartiendo contactos y cuidando niños mientras otras trabajaban. Sin proponérselo, se transformó en referente. Su historia no aparece en estadísticas oficiales, pero sostiene comunidades enteras y demuestra que la organización no siempre nace en grandes escenarios, sino en lo cotidiano, en la empatía y en la voluntad de cuidar al otro.
Este testimonio simbólico refleja una verdad profunda: las mujeres migrantes no solo enfrentan la migración, la reinterpretan. Son constructoras de comunidad, mediadoras culturales y defensoras silenciosas de derechos. En contextos donde la exclusión amenaza con fragmentar, ellas tejen redes que sostienen y proyectan futuro.
La Asociación de Colombianos Unidos en Ecuador Firme y Solidaria asume este reconocimiento como un principio orientador. No se trata únicamente de incluir a las mujeres en los procesos, sino de colocarlas en el centro, entendiendo que su experiencia, liderazgo y mirada social son indispensables para cualquier proyecto comunitario serio y sostenible.
En un momento histórico en el que la migración suele reducirse a cifras, controles o discursos de temor, resulta urgente cambiar la narrativa. Los colombianos y colombianas en Ecuador no son un problema que gestionar, sino una comunidad en construcción. En esa construcción, las mujeres no son acompañantes: son protagonistas.
Pasar de migrantes a comunidad es, en esencia, un acto político y humano. Es decidir organizarse, cuidarse y participar; entender que la identidad no se pierde al cruzar fronteras, sino que se resignifica; y reconocer que cuando las mujeres lideran los procesos sociales, la comunidad no solo sobrevive, avanza.












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