El arte en su lugar, la política en el suyo: cada loro en su estaca

«Hay muchas personas en el arte y la academia que creen exactamente lo mismo que yo, pero eligieron la comodidad por encima de la conciencia. Al hacerlo, condenaron a jóvenes vulnerables, y a mujeres y niñas privadas de sus privilegios, a sufrir aquello que ellos mismos jamás tendrán que soportar».
— J. K. Rowling.


En una sociedad funcional, la especialización es una de las bases del progreso. Confiamos nuestro corazón a un cardiólogo, nuestra sonrisa a un odontólogo y nuestra casa a un arquitecto. Cada profesión exige años de estudio, práctica y dedicación específica. ¿Por qué, entonces, se ha normalizado que la voz de un artista —cuya profesión es conmover, entretener y reflejar la condición humana— tenga un peso desmedido en la compleja y crucial arena de la política? No se trata de censurar su derecho a la opinión, sino de cuestionar la peligrosa idea de que su “expertise” en el arte los convierte en voces autorizadas para dirigir el rumbo de una nación.

El error fundamental radica en la confusión entre influencia e idoneidad. Un artista puede influir en millones gracias a su carisma y talento, mas eso no lo califica para analizar mercados internacionales, diseñar políticas de seguridad o equilibrar el déficit fiscal. Cuando salen a campaña abierta a pedir votos por un candidato basándose en afinidades personales o ideologías simplistas, no actúan por el bien del país, sino por el de sus propios gustos. Y lo más irresponsable no es el artista que, desde una legítima pero ingenua pasión, opina; son aquellos que le dicen “¡hágale, que usted puede!”, otorgándole una credibilidad que no se ha ganado en el campo de la gobernanza.

La historia está plagada de ejemplos de artistas brillantes cuyas incursiones políticas fueron, como mínimo, controvertidas. Sean Penn ha realizado numerosas y absurdas visitas a dictaduras, legitimando regímenes opresores con su estrella mediática. Madonna o Susan Sarandon han hecho proclamas furibundas que, con frecuencia, simplifican problemas de una complejidad enorme. Más cerca, en Latinoamérica, tenemos la figura del cantautor Diego El Cigala, quien, con toda la autoridad que le da el arte del flamenco, ha defendido públicamente a la dictadura de Maduro. Su arte es sublime; su criterio político, lamentablemente, no. Lo anterior, sin adentrarnos en Colombia.

El fenómeno es aún más peligroso cuando no se queda en la recomendación, sino cuando el artista da el salto a la candidatura. Ahí la analogía es clara: es como si un chofer de bus, experto en rutas terrestres, decidiera pilotear un Airbus A380 porque le gusta viajar. La catástrofe no sería solo suya, sino de todos los pasajeros que confiaron en él.

Las virtudes de un mandatario nada tienen que ver con la fama. Un gobernante ideal debe poseer:

1. Formación y experiencia en gestión pública:

Conocer el Estado y sus instituciones, contar con experiencia en la administración de recursos y equipos humanos complejos, y saber trabajar con personas sin acumular quejas por maltrato o abuso de poder.

2. Solidez ética y moral a prueba de balas:

La integridad necesaria para resistir la corrupción y anteponer el interés nacional al personal o al de su círculo cercano.

3. Pensamiento estratégico y analítico:

Capacidad de comprender las consecuencias de segundo y tercer orden de sus decisiones, que rara vez son simples o inmediatas.

4. Diplomacia y capacidad de negociación:

Habilidad para gestionar relaciones internacionales y construir consensos dentro de un país diverso y plural.

5. Humildad intelectual:

Disposición para rodearse de expertos en áreas donde no se tiene dominio, en lugar de creer que la notoriedad pública, un cargo previo o la mera acumulación de información sustituyen al conocimiento real.

Esto nos lleva a otro punto crucial: tampoco basta con tener un título universitario. Hay economistas que no entienden la economía real de un país, y médicos poetas que, tras un desempeño mediocre en su campo, ven en la política un refugio para su ego. El caso del Che Guevara, por ejemplo, es paradigmático: abandonó la medicina —donde se cuenta que su desempeño fue irregular, pues no fue capaz de curar una gripa— para abrazar una decisión cuyas consecuencias todos conocemos.

EN DEFINITIVA

Hoy, en Colombia, asistimos a una proliferación de más de cien aspirantes presidenciales. Que existan es un síntoma de democracia; que muchos crean genuinamente estar capacitados para gobernar una nación es, más bien, un síntoma de soberbia.

El votante debe ejercer su derecho con responsabilidad, distinguiendo entre el humo de la fama y la solidez del liderazgo preparado. No juguemos a la ruleta rusa con el futuro del país. Exijamos pilotos certificados, no pasajeros famosos que quieren tomar los mandos sin conocer el tablero. Porque en ese avión no viaja su ego: viajamos todos.

Julián Ramírez

Asesor en Relaciones Internacionales y Geopolítica. Politólogo e Internacionalista por la Universidad Sergio Arboleda, con formación de posgrado en Estrategia y Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra.

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