LA COMPLICIDAD ILUSTRADA: Cuando la teoría absuelve a la dictadura

No todos los textos que justifican una dictadura lo hacen a los gritos. Algunos lo hacen con elegancia, con referencias clásicas, con una prosa cuidada que evita los nombres propios y se refugia en abstracciones nobles como “libertad”, “autodeterminación” o “soberanía”. Esa forma de escritura no es menos peligrosa: es más efectiva. Porque no defiende al tirano: lo absuelve.

El reciente alegato de Constanza Moreira, senadora comunista en Uruguay, sobre Venezuela no es un análisis político ni un ejercicio académico honesto. No. Es una pieza de complicidad ilustrada. Un texto que, bajo la coartada del antiimperialismo y la crítica a la hegemonía estadounidense, despoja al régimen de Nicolás Maduro de toda responsabilidad histórica, política y moral. No niega la dictadura: la vuelve irrelevante.

Ese es el gesto central. No explicar lo que ocurre en Venezuela, sino desplazar la culpa. No interrogar al poder, sino justificarlo. No ponerse del lado de los venezolanos concretos —los que huyen, los que callan por miedo, los que están presos— sino del lado de una abstracción cómoda llamada “pueblo”, siempre invocada, nunca consultada. Cuando la libertad deja de ser un límite al poder y pasa a ser una excusa del poder, ya no estamos ante un error teórico: estamos ante una toma de partido.

La complicidad empieza cuando la libertad se vuelve abstracta

El texto arranca con una operación conocida: oponer la libertad individual —reducida a caricatura liberal— a una supuesta libertad superior, colectiva, histórica, casi sagrada: la libertad del “pueblo”. No es una discusión nueva ni inocente, en lo absoluto. Es la base conceptual de todos los autoritarismos modernos que se presentan como emancipadores.

El problema no es hablar de autodeterminación. El problema es quién decide qué es y qué quiere ese “pueblo”. Porque cuando la libertad deja de ser un derecho del individuo frente al poder y pasa a ser un atributo del Estado, el resultado es siempre el mismo: el poder se emancipa de los ciudadanos y los ciudadanos quedan a merced del poder.

Eso no es filosofía antigua: es chavismo puro y duro.

Venezuela no perdió la libertad porque creyera demasiado en el individuo. La perdió porque se permitió la concentración del poder, se eliminaron los contrapesos y se sustituyeron derechos por consignas. Todo lo demás es puro cuento.

Borrar al individuo: el primer servicio al poder

En toda la columna hay algo que llama la atención por su ausencia: los venezolanos reales. No aparecen los presos políticos, ni la censura cotidiana, ni el hambre, ni el colapso de los servicios; mucho menos el éxodo de millones de nosotros. No hay personas: hay conceptos. Ese borrado no es accidental, sino funcional.

Cuando el individuo desaparece, todo se vuelve justificable. La represión se convierte en defensa de la soberanía; el hambre, en consecuencia del bloqueo; el fraude electoral, en resistencia popular; el exilio, en daño colateral. La abstracción es el refugio perfecto para el intelectual que no quiere hacerse cargo de las consecuencias reales de las ideas que defiende.

El antiimperialismo como excusa moral

Estados Unidos aparece en el texto como el villano absoluto, omnipresente, casi metafísico. Y una vez que ese villano ocupa el centro del escenario, todos los demás quedan automáticamente absueltos. Si el “hegemón” es el malo, nadie más puede serlo.

No importa que el chavismo haya destruido la economía antes de las sanciones; no importa que haya militarizado la política; no importa que haya convertido al Estado en una estructura criminal. Todo queda subordinado a una lógica binaria, infantil pero eficiente: imperio contra colonia, amo contra esclavo. En ese esquema, Maduro no gobierna: resiste. No reprime: se defiende. No fracasa: es asfixiado.

Así, la izquierda deja de analizar regímenes y pasa a tomar partido geopolítico. Y cuando eso ocurre, la ética se jubila.

Cuando la democracia deja de importar

Hay un momento clave en el texto: la democracia deja de ser un valor y pasa a ser un “dispositivo”, una herramienta discursiva utilizada por el hegemón cuando le conviene. Puede discutirse el uso cínico del término en la historia reciente. Lo que no se puede justificar es el salto posterior: si la democracia fue instrumentalizada, entonces deja de importar.

Ese razonamiento es devastador porque convierte las elecciones limpias, la alternancia, la independencia judicial y la libertad de prensa en adornos prescindibles cuando el proyecto político se autopercibe justo. Venezuela no dejó de ser democrática porque otros países la acusaran de no serlo: dejó de ser democrática porque el poder decidió no irse nunca más.

Eso no es un relato imperial: es un hecho.

Petróleo, épica y responsabilidad evaporada

La columna insiste en la humillación externa, en el saqueo, en la mirada colonial. Pero evita un par de preguntas elementales: ¿quién destruyó la industria petrolera venezolana?, ¿quién expulsó a los técnicos?, ¿quién convirtió a PDVSA en una caja política y en un monumento a la corrupción?

No fue Washington: fue el propio régimen.

La humillación más profunda no vino de afuera; vino de un poder que trató a su población como masa obediente, no como ciudadanos. Pero esa humillación no sirve para la épica antiimperialista, así que se la omite.

“Tomar partido”: la confesión de la complicidad

El cierre del texto es revelador: se llama a “tomar partido”, siempre; a elegir a “los iguales”. No importa el método, no importa el costo, no importa el resultado: importa la trinchera. Ahí se cae la máscara.

Cuando el criterio no es la libertad sino el alineamiento; cuando no se juzga al poder por cómo gobierna sino por a quién enfrenta, la izquierda deja de ser crítica y pasa a ser cómplice. Los derechos humanos se vuelven condicionales, la indignación se torna selectiva y el autoritarismo se justifica.

Maduro no es resistencia: es poder sin límites

Venezuela no es Cartago, ni Maduro es un símbolo de autodeterminación. Es el jefe de un régimen que le teme a su propio pueblo. Por eso censura, persigue y encarcela; por eso necesita enemigos externos permanentes; por eso no puede permitirse elecciones reales.

Defender eso —aunque sea con prosa elegante y sin nombrarlo— es formar parte del problema.

VEREDICTO: La complicidad ilustrada también cuenta

Volvamos al inicio. Hay textos que no explican la realidad: la absuelven. No justifican directamente a la dictadura: la normalizan. No defienden al tirano: lo hacen posible.

La complicidad no siempre usa uniforme ni empuña armas. A veces escribe columnas; a veces cita a Maquiavelo; a veces se indigna selectivamente. Pero cuando la teoría se usa para borrar víctimas y el antiimperialismo para blindar verdugos, el resultado es siempre el mismo: dictaduras protegidas por intelectuales que jamás pagan el precio de sus ideas.

Venezuela no necesita más épica ni más abstracciones: necesita libertad real. Libertad del individuo frente al poder; libertad para disentir, elegir y vivir sin miedo. Y esa libertad empieza cuando se dice, sin rodeos y sin coartadas: la dictadura es dictadura, la miseria es responsabilidad del régimen y la complicidad ilustrada también cuenta.

Víctor Márquez Cassinese

Apasionado por la libertad individual, cuenta con estudios en el programa de Letras de la UCAB (Universidad Católica Andrés Bello) de Caracas, y es profesional en Marketing Digital con experiencia de más de cinco (5) años en el campo de redes sociales y comunicación digital. Habiendo adquirido conocimientos en literatura, marketing de contenidos y estrategias de comunicación para redes sociales, ha forjado una carrera como redactor y creador de contenido especializado. En su faceta como columnista ha escrito para los portales digitales del Movimiento Libertario de Venezuela y México Libertario, así como en la revista Ideas de Libertad, entre otros espacios.

Este analista político venezolano se destaca por ofrecer una visión de la realidad política y social tanto de su país de origen, como de Uruguay (su país de residencia) y la región. Su compromiso va más allá de la escritura: aboga fervientemente por los derechos individuales, la propiedad privada y la soberanía personal en cada contenido que crea. Su enfoque se centra en el diálogo constructivo y la promoción de ideas que fomenten la libertad, el capitalismo de libre mercado y la prosperidad de los individuos.

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