Solo cinco minutos más

La nostalgia y la buena memoria son mi mayor regalo y mis más grandes condenas. Soy escapista por naturaleza; aprendí a escuchar música para anular el ruido, a leer libros para sumergirme en historias que no son mías y a alejarme cuando el tacto quema. Pero muchas veces añoro ser diferente; me inundan la culpa, el miedo y el deseo de ser algo más que esclava de mí misma.

Y no ayuda que esté programada para recordarlo todo con extrema viveza y una nitidez inimaginable, como si reviviera todo una y otra vez. Y, claro, mi imaginación literaria contribuye al hecho: hace que todo lo que pasa por mi mente se sienta, pues, literal.

Y, como un viejo casete, muchas veces me quedo en la misma cinta, dando vueltas en la misma sintonía, en la misma película. Me sumerjo nuevamente en mis antiguas historias, como si pensarlas mil veces cambiara lo sucedido o me permitiera volver a sentir tanto como sentí en aquel entonces.

Es como viajar al pasado en cada momento: ver mi historia desde afuera, querer regresar y sentir nuevamente, o hacer todo completamente diferente.

Y mi mente suele divagar; cuando tengo poco en qué pensar y menos que hacer, paso mis días en aquel universo que he construido para mí, donde habita mi conciencia, ajena al descanso. Y ella, solita, viaja a otros planos: a universos paralelos del pasado, donde hay tiempo de sobra, no hay prisa y tampoco miedo.

Algún día leí una frase en un libro que cambió mi manera de entenderme. El libro se llama Kafka en la orilla, de Haruki Murakami –una historia, sin duda, muy inusual; narra la vida de Kafka Tamura, un joven de 15 años condenado a una terrible profecía que, para evitarla, se resguarda en una biblioteca mágica donde suceden todo tipo de cosas–. Oshima, su mentor bibliotecólogo, trata de explicarle lo que ocurre y le dice lo siguiente:

Oportunidades perdidas, posibilidades deslizadas, sentimientos que nunca podremos recuperar. Eso es parte de lo que significa estar vivo. Pero, dentro de nuestras cabezas –al menos así lo imagino–, hay un pequeño espacio donde guardamos esos recuerdos; un espacio como los estantes de esta biblioteca. Y, para comprender cómo funciona nuestro corazón, tenemos que seguir creando nuevas tarjetas de referencia. Tenemos que desempolvar cosas de vez en cuando, dejar entrar el aire fresco, cambiar el agua de los floreros. En otras palabras, vivirás para siempre en tu propia biblioteca privada.

Tuve que detener mi lectura unos minutos y, entre el mar de pensamientos que avasallaron mi mente, podría jurar que, por fin, pude ver aquella biblioteca: un lugar sagrado donde guardo esas memorias que me recuerdan que, pese a tanto, he sido feliz. He pasado demasiado tiempo leyendo en ella, y hay, en particular, una estantería a la que recurro con frecuencia; cada libro es distinto al anterior, en lugares distantes, con personajes diferentes, pero todos con una temática en común: cuando lo viví, pensé solo cinco minutos más.

Y queda en los libros marcado el instante preciso en el que busco el reloj y lo ignoro, como si no saber la hora detuviera el tiempo y pudiera quedarme allí para siempre. He hablado mucho de cómo el tiempo es capaz de arrasar con todo y de cómo, sin darnos cuenta, nos pasa la vida entera por encima. Sin embargo, mi biblioteca es solo mía; está protegida del tiempo y, muchas veces, incluso de la verdad. Puedo regresar con complacencia a aquellos instantes en los que el tiempo no importó y tengo la potestad de hacerlos eternos.

Para mi fortuna, SOY ESCRITORA, y cuando recurro a esos libros puedo reescribirlos, darles otro final, sacarles secuela, prólogo y epílogo; partes de la historia que serán solo mías. Al reescribirlas, aprendo acerca del temido “hubiera” y me doy cuenta de que no siempre actúo como me gustaría, pero ese ejercicio me permite trazar el camino para que, a la próxima, aquella historia pueda ser compartida en la realidad tangible… y hacerla honesta.

La magia está en la naturaleza fugaz e inesperada de esos momentos en los que se conjuga una mezcla de emociones y sensaciones tan puntuales e irrepetibles que nos hace rezarle al reloj para que nos dé solo cinco minutos más; cinco minutos para poder absorberlo todo antes de que se nos escape. Pero el tiempo no perdona y, sin darnos cuenta, el momento terminó y tenemos un nuevo libro en la estantería. Por eso, su finitud los hace sagrados; su espontaneidad, irrepetibles; su sutileza, permanentes.

Escribo esto ahora porque apenas vengo a comprender que aquella biblioteca es mi mayor regalo. Sí, me ha enseñado de la culpa, del remordimiento ante no haber actuado diferente y de las posibilidades que dejé escapar. Pero también me recuerda que he sido amada sin darme cuenta; que he sido feliz, aun cuando no me he sentido merecedora de ello; las veces en las que he sido abrazada con calidez pese a mi corazón frío.

Últimamente me mantengo allí; visito estas estanterías con frecuencia cuando la soledad toca mis puertas y el desdén trata de hacerme olvidar mi propósito. Cada que voy a visitar a Miguel, las risas con mi madre en su habitación, las tardes en la casa de Diana hablando de hadas, chismes y chistes con Chloe entre nachos y tequila, maquillándome para fiestas con mis amigas de la infancia, noches de repostería con Rosi; y hasta momentos con amores del pasado, tan efímeros como sus promesas.

Todo ello hace parte de mí: cada momento, un nuevo libro en el que, de alguna manera, el tiempo no existía y nada importaba; solo el instante y el deseo de que durara por siempre. Pero yo pedía solo cinco minutos más.

Me sorprende cómo nunca dejan de llegar, y los sigo guardando, por más absurdos que suenen al narrarlos.

Cuando me gusta alguien, guardo cada momento y lo releo para recordarme que nada me exime de sentir emociones humanas. Cuando hago nuevas amistades, guardo cada detalle para recordarme que también hay otros que me entienden y me leen. Cuando estoy en familia, guardo esa calidez y me recuerdo que tengo un hogar donde soy amada por la familia que escogí. Cuando ando valiente y desocupada, reescribo finales y dejo el guion listo para que, cuando llegue el momento de pedir cinco minutos más, no los malgaste entre miedos innecesarios y pueda, por fin, escribir historias en las que el remordimiento y la culpa se ausenten por completo. Y cuando pido cinco minutos más, ya no tengo salvación: el libro ya tiene su espacio en la estantería y, cuando culminen mis cinco minutos, una parte de mí habrá quedado eternamente en aquel instante; en un hogar, un restaurante, un salón de clases, una fiesta, en brazos ajenos, entre melodías y en un universo que, en su momento, fue perfecto.

Estoy aprendiendo a vivir minuto a minuto para que no se me escape ninguno y mi biblioteca esté siempre llena.


Notas:

  1. SOBRE LA OBRA EN LA IMAGEN DESTACADA: Dalí, S. (1938). Enigma sin fin (Endless Enigma) [Óleo sobre lienzo]. Museo Reina Sofía. https://www.museoreinasofia.es/colecciones/obra/endless-enigma-enigma-sin-fin.
  2. La versión original de esta columna apareció por primera vez en el blog Isa Ramelli | Substack.

Isa Ramelli

Narradora de la vida. Artista de la realidad. Periodista en formación. Lectora apasionada. Futura novelista y autora.

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