Mural, trazos sobre la humanidad trágica

Antes de tomar su pluma para crear imágenes que recuperan la humanidad devastada el 6 y 7 de noviembre de 1985, el maestro Ricardo Silva Romero miró las pinceladas trágicas de El Bosco, Brueghel El Viejo y Picasso; observó videos, muros, escombros del horror; escuchó a los presentes, a quienes decidieron, a los que viven con ese dolor indeleble. Y leyó a quienes antes se atrevieron a revelar lo que tantos querían ocultar o tergiversar. Actuó como historiador, como periodista, y trazó como el escritor sabio y tierno que se sigue rebelando, porque en Colombia no se puede otra cosa. Se abstuvo de ser juez. Y eso es un regalo para el lector.

Antes de tomar su pluma, el maestro Ricardo (que perdone la osadía) ya había escrito Mural. Llevaba casi cuarenta años haciéndolo. Y sabía que esa obra iba a hablar de lo no dicho, a provocar nuevos dolores y preguntas, a dejar sembradas bases para discusiones que siguen siendo necesarias, porque si no llenamos de luz a esa noche de casi treinta horas, para muchos, de cuarenta años, para otros tantos, nos quedaremos sin las llaves del perdón que deben reconstruir la majestad de la Justicia, no sólo el Palacio que la acoge.

Antes de abrir Mural tomé aire. Me volví a llorar, porque no logro escapar al egoísmo, mis horas de aprendiz de periodista en una sala de redacción asombrada y mis horas de hija, nieta, novia, nuera, de seres a los que esa jornada le partió el corazón, o se los robó para siempre.

Transité Mural con el asombro que siempre me produce la maestría del escritor Silva Romero. Conoce el lenguaje, sabe del valor de las palabras y las escribe con la delicadeza con que la madre mece a su recién nacido. Entiende la gramática y se encanta dominando las frases, la puntuación, las elipsis; enseña a escribir sin pretender hacerlo, sin soberbia, con dulzura.

Transité Mural con el corazón en la mano, las lágrimas bañando mis ojos y la rabia apretándome el pecho. Tal vez deba pedir perdón por todavía enojarme, pero ¿cómo no? Eran las mismas emociones que nos han apaleado en estos cuarenta años. Y otras nuevas.

Muchas rabias que no tenía, muchos dolores que no sentía, me nacieron cuando el maestro Ricardo me guiaba por los pasillos a los que el paso de los guerreros les robaba esplendor o me llevaba a las oficinas ensombrecidas por el asombro, por el miedo. Allí estaban hombres y mujeres que llegaron ese 6 de noviembre de 1985 a cumplirle al Estado, a cada colombiano, estudiando proyectos, analizando casos, tomando decisiones para ofrecer justicia, la mayor garantía que una sociedad puede brindar a los suyos. Eran consejeras, abogadas, asistentes, consejeros, magistrados, abogados, escoltas, conductores, que hacían del servicio a su país una vocación. Todos inocentes, todos buenos. Vidas aún con nosotros, vidas ausentes, que Ricardo Silva rescató del olvido para dejarnos su humanidad.

Por esos pasillos, por esas oficinas, transitaban otras mujeres, otros hombres, que pasaban sedientos; no de paz, no de justicia, querían beber tragos de victoria de sus ideologías y rebeldías (los asaltantes del M19) o de sus frustraciones y rabias antiguas o más jóvenes (los asaltantes -qué duro resulta decirlo- de la Fuerza Pública). Y el maestro Ricardo Silva recoge sus humanidades paradójicas, quienes las vivían; sus tragedias; las mentiras que convirtieron el Palacio de Justicia en trampa, y las obnubilaciones que incendiaron el horror, que balearon sus honores, no los de los servidores de la Justicia. Esas vidas rotas, fracasadas, también duelen en el alma, también desatan preguntas nuevas.

Y los trazos se quedan entristecidos en el trágico baño donde vivió la ignominia. La pluma que en muchos tramos de la obra se detiene a dibujar las deliberaciones, el encargo y la traición al consejero de Estado Reinaldo Arciniegas Baedeker, enviado a buscar el cese al fuego a quien le recibieron los datos, no el llamado de los últimos sobrevivientes por un momento de sensatez. Él, el doctor Martínez de la Cruz Roja, el sensato ministro Enrique Parejo, son derrotados crecidos. Los ignoraron, quisieron pisotearlos, ellos demostraron que en el horror más horrible puede ser rescatada la humanidad del hombre. Y así los dejó pintados para siempre el maestro Ricardo.

Cuando leía me sentía parte del dolor con que el maestro describió las muertes de los justos, su despedida temprana, las vidas que no los dejaron tener y los dolores que allí nacieron. A pesar del sufrimiento, se vale quedarse en su mirada dolida que recupera esas vidas para siempre, porque es allí donde deben permanecer.

El maestro Silva sale del Palacio de Justicia. Va a la Casa del Florero, a la Escuela de Caballería, a las fosas comunes; esos lugares que también son de nuestro Ejército, ese al que jamás quisiéramos saber deshonrado por hombres que juraron servirlo y hacerlo grande, para que fuera pilar del Derecho, de los derechos de todos. Cómo duelen las torturas, vejaciones, palabras, que quebraron la dignidad de los juramentos, las bases de nuestra confianza. ¿Cómo teníamos ese ministro de Defensa, cómo tuvimos a esos comandantes?

En las muertes de los justos; en las desapariciones de los justos y los guerreros, en las búsquedas de los sobrevivientes por los restos de los suyos, esas historias que no murieron el 7 de noviembre de 1985, el maestro nos recuerda que la peor trampa del hombre es la renuncia a su humanidad para ceder a sus vanidades, enojos o incapacidades.

Y siempre, siempre, el presidente de la República de ese año, de tiempos dolorosos. Confieso que me es imposible, por miles razones, verlo siquiera por un momento con la benevolencia con que lo plasma el maestro Ricardo Silva, una generosidad que no oculta que él, también, fue otro gobernante capaz de poner sus ideas de Estado y Democracia, por encima de la vida, de todas las vidas, incluso de las vidas de los grandes. Para el maestro, una paradoja; para algunos, me incluyo, su esencia.

He leído Mural y aquí estoy con “esa sonrisa encogida, de duelo” por la historia que nunca debimos vivir. Una sonrisa que también es gratitud con el maestro Ricardo y bocanada buscando aliento para volver a leerlo. Porque Mural es un libro indispensable para ser colombiano, para seguirlo siendo.

Luz María Tobón Vallejo

Periodista. Exdirectora del periódico El Mundo, profesora, investigadora en comunicación.
Actualmente lidera la Iniciativa por la Minería Consciente, un proyecto de la sociedad civil por el diálogo social y la comunicación pública en entornos mineros.

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