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Colombia no amaneció en 2026: llegó exhausta. No es una metáfora ni un exceso retórico. Es el resultado lógico de un país que decidió gobernarse a punta de discursos morales, decretos urgentes y decisiones económicas desconectadas de la realidad social. Hoy no estamos “ante retos”; estamos frente a las consecuencias.
El Estado Social de Derecho —consagrado en el artículo 1 de la Constitución— sigue existiendo en el papel, pero en la vida cotidiana se siente como una promesa vencida. La dignidad humana, piedra angular del orden constitucional, se volvió un eslogan repetido mientras el ciudadano enfrenta una vida más cara, un empleo más precario y una democracia cada vez más frágil.
El salario mínimo subió con bombos y platillos. Se celebró como una victoria histórica. Pero en la calle el aumento no se tradujo en bienestar, sino en inflación, informalidad y cierre silencioso de pequeños negocios. El artículo 53 habla de un salario “vital y móvil”; lo que hoy tenemos es un salario simbólico, que sube en cifras y se evapora en el mercado. El trabajador gana más en el recibo, pero compra menos en la tienda. Eso no es justicia social: es autoengaño institucionalizado.
Desde el punto de vista económico, el país entró en una lógica peligrosa: resolver desequilibrios estructurales con medidas coyunturales. El déficit fiscal no se corrige con discursos, ni la productividad se decreta. La regla fiscal se tensiona, la confianza se erosiona y la inversión duda. El mensaje implícito es devastador: el Estado no se ajusta; ajusta al ciudadano. Más impuestos, más costos, más incertidumbre. Menos horizonte.
Jurídicamente, el problema es aún más profundo. El abuso de figuras excepcionales —emergencias, decretos, atajos normativos— vacía de contenido el principio democrático. El artículo 3 establece que la soberanía reside en el pueblo; sin embargo, el gobierno por decreto reduce al ciudadano a espectador. No es autoritarismo clásico, pero sí una forma moderna de debilitamiento institucional: legal en la forma, problemática en el fondo.
La democracia colombiana en 2026 funciona, pero no convence. Hay elecciones, pero hay miedo. Hay campañas, pero hay desconfianza. Hay debate, pero está secuestrado por la polarización. La política dejó de ser un espacio de deliberación racional y se convirtió en un campo emocional donde el adversario es enemigo y la crítica es traición. Eso no fortalece la democracia: la erosiona lentamente.
Socialmente, el país está tenso. No indignado de manera explosiva, sino cansado de forma peligrosa. El cansancio no marcha, se acumula. Se ve en la protesta permanente, en la desobediencia silenciosa, en la normalización del incumplimiento. Cuando la ley no protege y la economía no alcanza, la legitimidad se rompe. Y cuando la legitimidad se rompe, el Estado pierde su principal capital: la obediencia voluntaria.
“Colombia no colapsó: se cansó. Y un país cansado no estalla, se resquebraja en silencio.”
La desigualdad —prohibida en la práctica por el artículo 13 pero tolerada en la realidad— sigue marcando el destino de millones. La movilidad social es mínima. El mérito compite en desventaja frente al privilegio. La educación promete ascenso, pero no lo garantiza. El empleo promete estabilidad, pero no la cumple. El sistema no colapsa, pero tampoco corrige.
En 2026 Colombia no está al borde del abismo; está peor: aprendió a convivir con él. Se normalizó la precariedad, se justificó la improvisación y se romantizó el conflicto. El problema no es solo el gobierno de turno; es una cultura política que confunde intención con resultado y moral con técnica.
El país necesita algo que hoy escasea: responsabilidad estructural. Menos épica y más política pública. Menos consignas y más institucionalidad. Menos enemigos imaginarios y más soluciones reales. Gobernar no es resistir, ni señalar, ni moralizar: gobernar es responder.
Colombia 2026 es el espejo incómodo de lo que pasa cuando el Estado promete demasiado, planea poco y corrige tarde. Todavía hay tiempo de evitar un deterioro mayor, pero ese tiempo no se compra con discursos ni se gana con aplausos. Se gana con decisiones impopulares, técnicas y responsables.
Lo demás —todo lo demás— es retórica. Y la retórica, cuando el bolsillo está vacío y la confianza rota, ya no convence a nadie.












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