Campaña sobre campaña

Llegó la época más esperada del año; la de la natilla, el año viejo y el ven, ven, ven. También la de los recesos eternos, los trámites estancados, pero, sobre todo, de las campañas.


 Llegó la época más esperada del año; la de la natilla, el año viejo y el ven, ven, ven. También la de los recesos eternos, los trámites estancados, pero, sobre todo, de las campañas. Comienza la época donde compite la compra de regalos con la compra de votos, porque ya no hay quien regale el voto y mucho menos quien bote el regalo. Así, todo se viste de ilusión y esperanza; cual Santa Claus, uno se convence de que hay que creer sin preguntar demasiado, aguardar con paciencia y esperar el regalo debajo del árbol, el acueducto en el barrio o las tejas para la casa

La carrera presidencial se alista para entrar en su recta final que a decir verdad parece más inicial. Los sectores políticos preparan esa mesa de siempre, larga, inclusiva y estratégicamente cordial. Una mesa donde caben todos y pueden brindar por un mejor país, esa en la que se reparten sonrisas y se vanaglorian los buenos resultados, mientras las promesas incumplidas se empujan elegantemente bajo el mantel. Esa, querido lector, es la magia de diciembre, de reconciliar lo irreconciliable, el que acusó en junio ahora abraza; el que negó en octubre ahora recuerda al pueblo y el que estigmatizó, ahora extiende la mano. Todo parece tan perfecto que el calendario absuelve, el tono se modera, el discurso se endulza, pero no cambian las ideas, solo su envoltura.

Así, entre luces, promesas y discursos, se entiende que no es mes de balances, no es tiempo de cuentas claras sino de “futuros que haremos posibles”. El año no se cierra exigiendo garantías, sino aceptando regalos y en la política, como en las fiestas, nadie quiere arruinar el ambiente preguntando de donde salió todo; solo queda disfrutar y esperar que depara el nuevo año. Mientras unos ponen en el pesebre los reyes y sus camellos, hay algunos que no camellan y viven como reyes. El pesebre se arma en el discurso, pero el poder se reparte lejos del establo. Ya no hay peces en el río, los mataron los desechos y el río queda tan cristalino como el perfil de algunos que pretenden esconder su historial detrás de un escritorio.

Llega entonces el momento de despedir el año y tratar de reunir las necesidades y esperanzas en doce uvas, de quemar el año viejo y recibir el nuevo con la esperanza de que todo cambie, para descubrir -otra vez- que nada cambió del todo. Entonces, comienza la cuenta regresiva que nos invita a ser más conscientes y a aceptar que el año no cambiará las cosas, pero nosotros como personas sí, aceptar que el paso de 365 días no corrige injusticias, no reforma corazones ni cura lo olvidado, solo nos ofrece una nueva oportunidad para hacernos cargo. Pero aun así insistimos, brindamos, deseamos y seguimos. No por ingenuidad sino por terquedad moral, porque, aunque el mundo no se transforme de la noche a la mañana, renunciar a la esperanza significaría que ya no vale la pena intentarlo, y eso, incluso en los peores años y cuando todo parezca imposible, es lo único de lo que no nos podrán despojar.

Juan José Salazar Villamizar

Soy estudiante de derecho de la Universidad Nacional de Colombia. Hacer las preguntas incómodas y pensar distinto también es hacer ciudadanía. Me gusta opinar, cuestionar y conversar. Como columnista y entrevistador enfoco mi mirada en la política -colombiana e internacional- y los cambios sociales y ambientales que desafían lo establecido. No somos futuro, somos presente.

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