Del hombre mediocre al hombre sin atributos: (una aproximación)

Jorge Diego Mejía Cortés

Corría el año de 1995, época de efervescencia en la historia del rock alternativo, cuando tuve la oportunidad de escuchar, de un grupo de pop británico llamado Blur, una canción titulada “Charmless man” o el hombre sin encanto, que narra la vida de un ciudadano adinerado que se desenvuelve en la alta sociedad londinense y de cuya letra recuerdo algo más o menos así: “Habla a toda velocidad, le sangra la nariz, No se da cuenta de que sus días se están viniendo abajo, Colapsando sobre él” sin duda una crítica social que no esperaba de una banda que consideraba superflua.

Esa canción me llevó a recordar un libro que años atrás me había recomendado mi profesora de lengua castellana doña Leisa Ramírez en una de sus clases magistrales: “El hombre sin atributos”, del médico argentino José Ingenieros. Con los años, comencé a explorar en la biblioteca de Fredonia, otros textos similares cargados de humanismo, como “El hombre en busca de sentido” de Viktor Frankl, y a darme cuenta de cómo esas obras dialogan sobre la crisis de sentido, la barbarie humana, la mediocridad y el raciocinio.

En ese recorrido, descubrí el paralelismo profundo entre dos personajes que a simple vista parecen opuestos: el hombre mediocre, descrito por Ingenieros en 1913, y Ulrich, el hombre sin atributos del escritor austríaco Robert Musil, publicado en 1930. El primero es el símbolo de la estasis[1], un sujeto que refugia su vida en la rutina y la imitación social para evitar el sufrimiento y el compromiso con lo original. El segundo, en cambio, encarna la potencialidad perdida, un intelecto agudo atrapado en la paralizante falta de certezas y atributos definidos en medio de la decadencia de su mundo.

Ambos personajes, ambos autores, representan, en sus distintas geografías y tiempos, la incapacidad de la sociedad, de construir un ideal auténtico en un mundo que lo ha devaluado. Mientras el mediocre se resigna a la comodidad de lo establecido, a su zona de confort; Ulrich queda petrificado por una hiper-reflexión que lo condena a la inacción. O a la parálisis por análisis; Esta tensión entre conformidad y escepticismo ilustra la crisis eterna del sujeto moderno, aquel que debe decidir entre la resignación o la búsqueda incansable de sentido.

Ambas obras son de una actualidad sorprendente, si se tiene en cuenta que el “hombre mediocre” fue escrito en una época de alta turbulencia social en la Argentina: la huelga general en protesta por la crisis económica, la represión estatal y la profunda división del movimiento obrero. En tanto que, Alemania y Austria, (tierra natal de Musil) se enfrentaban a la gran depresión económica, que dio pie al ascenso del nacionalismo (que hoy más que nunca se cierne sobre Europa).

El hombre mediocre de Ingenieros es pues, resultado del positivismo crítico de principios del siglo XX, es un sujeto víctima del agotamiento. Es la figura que escoge la rutina, la imitación social y el prejuicio para asegurar su confort vital temiendo el sacrificio y la originalidad del “idealista” (Ingenieros, 1913). Su ser es un producto lleno de la convención, una sombra proyectada por la sociedad, como afirma Ingenieros, un “término medio sin sospecharlo” que se confunde en el rebaño. Es una voluntad domesticada que renuncia activamente a la diferencia. Un “hombre en serie” al mejor estilo del fordismo.

En contraste, Ulrich, el hombre sin atributos de Musil, es el sujeto de la potencialidad y el escepticismo. Ulrich no es mediocre por elección de la rutina, sino vacío de atributos (o más bien, poseedor de todos ellos de forma provisional) a causa de un exceso de inteligencia analítica y una profunda crisis de la fe en la realidad. La novela es, de hecho, un “laboratorio de lo posible” (Musil, 1930/1943), donde Ulrich intenta darle un sentido a su existencia inútilmente. Su ausencia de encantos es el resultado de la desintegración de la coherencia moral e identitaria del Imperio Austrohúngaro, un sistema en decadencia que ya no ofrece coordenadas de sentido. Una crisis de identidad.

A modo de conclusión. El verdadero desafío para un hombre mediocre, sin encanto y sin atributos, es encontrar sentido en la incertidumbre, actuando con convicción, aunque el trasegar de la vida, en medio del neoliberalismo desaforado sea sinuoso. Como nos recordó Ingenieros, “el idealismo no es un lujo sino un motor ético y cultural imprescindible para cualquier sociedad que aspire a crecer”. Infortunadamente, hemos mutado, (o involucionado si se quiere), pasando del Homo Faber, al hombre sin atributos, hasta llegar al homo influencer, un ser superfluo que no se preocupa por “buscar el sentido” pero que sí se halla atiborrado de mediocridad, colmado de vacíos y traumas que configuran una sociedad profundamente enferma.


[1] Entiéndase como estancamiento o en su defecto, “estabilidad”

Jorge Diego Mejía Cortés

Docente Normalista. Politólogo Universidad de Antioquia. Especialista en Gerencia Pública.

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