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En estos días he venido reflexionando sobre algo que, aunque muchos prefieren callar, ya se volvió un problema nacional: el voto dejó de ser un acto ciudadano y se convirtió en una mercancía. Y no cualquier mercancía, sino una de las más baratas, porque se compra rápido, se negocia sin pudor y termina en manos de quien menos merece ocupar un cargo público.
Lo que antes representaba dignidad, conciencia y responsabilidad, hoy se negocia a cambio de lo que caiga: un aguinaldo, un kit escolar, una matrícula, un cupo, un mercado, una promesa de empleo o unos billetes entregados a la carrera en una esquina.
La frase que uno escucha en campaña ya no sorprende:
“Yo voto si me das…”
Y ahí empieza la feria.
LA TRAGEDIA QUE NOSOTROS MISMOS ALIMENTAMOS
La compra del voto no es solo un asunto de pobreza extrema. Hoy lo hace gente de todos los niveles sociales: estudiantes universitarios, empleados, jóvenes profesionales, familias enteras. El voto se volvió un negocio. Un negocio triste, porque quien lo vende recibe muy poco… y pierde muchísimo.
Porque un voto vendido deja de ser suyo. Queda hipotecado. Pasa a manos del que lo compró. Y el que lo compró llega al poder con un solo propósito: recuperar la inversión.
¿Y CÓMO LA RECUPERA?
Con contratos amañados, con obras que nunca terminan, con presupuestos inflados, con favores que se pagan por debajo de la mesa. Ahí están las escuelas que no se construyeron, las carreteras que quedaron inconclusas, los hospitales en ruinas… todas esas son las consecuencias de un voto mal utilizado.
LA POLÍTICA DEL FORASTERO QUE SOLO VIENE POR LOS VOTOS
En muchas regiones del país, cada período electoral trae una avalancha de candidatos que nadie conoce y que nunca han caminado esos territorios. Llegan por una sola razón: saben que allí se compran votos más fáciles que en otros lugares. Reparten, prometen, pagan… y después desaparecen.
No vuelven.
No responden.
No acompañan.
No gestionan.
Porque su vínculo con esas comunidades nunca fue político ni emocional: fue comercial.
LA CULPA NO ES SOLO DE ELLOS
Es muy fácil culpar a los corruptos, a los politiqueros, a quienes compran votos. Y sí, tienen gran responsabilidad. Pero hay una verdad incómoda: la compra del voto existe porque alguien lo vende.
Y mientras siga existiendo ese ciudadano que piensa que un voto equivale a un mercado o a una promesa de empleo, seguiremos viendo el mismo círculo de abandono, desigualdad e impunidad.
LA JUSTICIA QUE PARECE MIRAR PARA OTRO LADO
Otra realidad que todos conocen, pero pocos dicen: hay quienes llegan comprando votos porque saben que nada les pasará. Porque algunos organismos de control avanzan con la lentitud que más conviene a los corruptos. Porque las investigaciones no terminan, los expedientes se pierden, las sanciones no llegan.
Es una impunidad que termina premiando al que más dinero tiene para comprar conciencias, y castigando al que vota honestamente, porque queda gobernado por el peor.
RECUPERAR EL VALOR DEL VOTO ES RECUPERAR EL VALOR DE UNO MISMO
Yo creo profundamente en que el voto es el acto más poderoso, más decente y más transformador que puede ejercer un ciudadano.
Un voto libre es un mensaje claro.
Un voto consciente es una herramienta de cambio.
Un voto limpio es una inversión en el futuro.
Pero un voto vendido es una renuncia:
- Renuncia a reclamar.
- Renuncia a exigir.
- Renuncia a la dignidad.
- Renuncia al derecho de esperar algo mejor.
El que vende el voto no solo pierde su poder, sino que entrega su futuro —y el de su comunidad— al primero que le ofreció unas monedas.
EL LLAMADO FINAL
Lo que pasa en algunas regiones del país no es un caso aislado. Ya es un problema nacional, una enfermedad que se extendió y que amenaza la democracia desde su raíz. No lo vamos a resolver esperando que los corruptos dejen de comprar.
Se resolverá cuando el ciudadano deje de vender.
El voto no es un favor que se entrega ni una mercancía que se negocia.
El voto es una dignidad.
Una responsabilidad.
Una decisión que define destinos.
Y si queremos un mejor país, el primer paso es volver a creer que nuestro voto vale más que cualquier regalo, cualquier promesa o cualquier billete de campaña.
Porque el voto no se vende.
El voto se respeta.
Y sobre todo… el voto se merece.














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