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“mi encuentro con doña Lina Moreno, señora del expresidente Uribe, puede resumirse así: un acercamiento cordial donde hablamos de historia, de idiomas y del futuro de Colombia. A pesar de las marcadas diferencias, lo importante es que siempre prevaleció el respeto. Quizás eso demuestre que se puede convivir pese a pensar de maneras diferentes “.
Después de varios años, quiero recordar un encuentro que tuve con la señora Lina Moreno de Uribe, esposa del expresidente Uribe. Antes de que algunos de mis lectores me tilden de uribista, solo diré que aquello no es cierto. Simplemente quiero recordar una grata coincidencia que me parece oportuna traer a colación en tiempos de polarización.
Era el año 2022. Unos amigos y yo estábamos fomentando un proyecto de turismo en la Comuna 8 denominado Tour Pan de Azúcar, en honor al cerro más alto que tiene la ciudad de Medellín. Este proyecto es un intento de empresa a partir del turismo ecológico, histórico y responsable, cuya finalidad puede dividirse en dos: la primera, reivindicar la memoria histórica de mi barrio, porque nos hemos sentido olvidados por varios sectores de la vida misma; y, en segundo lugar, dinamizar la economía social del sector, ya que aquello sirve para traer riqueza a la zona y apoyar iniciativas de pequeño emprendimiento.
Gracias a este proyecto, tuve la chance de coincidir con la Corporación Por Nuestro País, agrupación creada por un conjunto de ciudadanos que se dedica a estudiar y plantear soluciones para algunas de las problemáticas que, como nación, enfrentamos. Allí recibimos el apoyo de la Dra. Julia Correa Nuttin, el Dr. Juan Manuel Jaramillo (q.e.p.d.) y el Dr. Nicolás Echavarría Mesa, personajes con quienes, a pesar de las diferencias políticas, estoy supremamente agradecido.
De la Corporación recibimos varias ayudas. Pero la que da pie al objeto de esta columna es la siguiente: un día visitamos Rionegro, Antioquia, en un encuentro de empresarios. Había una especie de stand para nosotros, los emprendedores, donde los invitados de la Corporación (grandes empresarios por lo que tengo entendido) iban mirando con curiosidad nuestras labores y oficios para comprar. Como nosotros vendemos un servicio, nos la ingeniamos y llevamos unos pocillos con el logotipo del emprendimiento que fueron vendidos todos con éxito.
Ya estando en el agasajo, después de haber comido un exquisito choripán argentino, recuerdo que, de reojo, vi a alguien de baja estatura, suéter rojo y cabello corto pasar. Mi primer pensamiento fue: ¿qué hace este niño aquí? No lo digo por ser irrespetuoso, por el contrario, me parece un recuerdo divertido, porque el “niño”, resultó ser doña Lina. Posteriormente, se me acercó la joven Julia, quien ahora aporta al país desde el ejercicio periodístico en la Revista Semana, y me dijo: “Alan, ven que te quiero presentar a alguien”. Yo asentí con la cabeza.
Llegué al sitio y me saludé con la mujer de suéter rojo y cabello en lo poco de francés que sé. No recuerdo muy bien el motivo. (Posiblemente fue porque alguna vez, hablando con Julia, le dije que estaba aprendido este idioma de manera autóctona y ella aprovechó para contarme su experiencia en Bélgica y sugerirme que algún día debería ir, ya que seremos colegas en el título de la abogacía.)
En fin, comenzamos a hablar sin yo saber que ella era ella y me hizo una ligera presentación acerca de su persona. Me señaló que era filósofa de UPB, con dos hijos, pero que prefería que las personas la conociéramos como una ama de casa. A lo cual yo le contesté que también estudio en esta magnífica universidad.
Fue una conversación un poco extensa, porque examinamos temas como la política europea, donde doña Lina señaló que los franceses aún le parecían colonialistas y, por supuesto, temas de Colombia, aspecto sobre el cual ella me sugirió que no sabía con claridad quiénes éramos los colombianos, pero que sí tenía certeza de algo: que somos seres extraordinarios.
A lo último, ella me preguntó: “Bueno, Alan ¿ya sabe quién soy?” Yo le dije —Querida, sinceramente no, pero si quiere llamo a mis amigos, quizá ellos la reconocen— Los llamé y claramente al igual que yo no la reconocieron. Así que hicimos un pequeño juego. Yo le dije —Qué le parece si nos da pistas y a partir de allí determinamos quién es— Ella accedió a jugar.
En primer lugar, dijo que tenía 2 hijos y 4 nietos; en segundo lugar, dijo que era filósofa (como ya me había dicho a mí); en tercer lugar, dijo que a su esposo le gustan mucho los caballos. ¡Chaz! ¡Se me apareció la Virgen! Una vez ella dijo ello yo dije —Lina Moreno de Uribe— y acerté. En realidad, estaba lento para hacerlo. Después de haberla reconocido, nos dijo que siguiéramos adelante con la iniciativa turística y a mí, en particular, me dijo que continuara amando este país. Yo le repliqué diciéndole que su señor esposo ya había cumplido un sueño que yo tengo: trabajar por la patria desde la Presidencia de la República.
En definitiva, mi encuentro con doña Lina Moreno, señora del expresidente Uribe, puede resumirse así: un acercamiento cordial donde hablamos de historia, de idiomas y del futuro de Colombia. A pesar de las marcadas diferencias, lo importante es que siempre prevaleció el respeto. Quizás eso demuestre que se puede convivir pese a pensar de maneras diferentes.














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