“Días de Gallos”: cuando el rap se convierte en poesía urgente

Los poetas surgen cuando la sociedad necesita ser escuchada. El freestyle no es otra cosa que el grito de una generación que exige su lugar en el mundo.

Hay series que entretienen y hay series que incomodan. Días de Gallos hace ambas cosas. Esta producción argentina de Max, protagonizada por Ángela Torres, Ecko y Tomás Wicz, nos sumerge en el mundo de las batallas de freestyle rap, pero sería un error pensar que solo habla de música. Habla de heridas, de búsqueda, de esa necesidad casi visceral de ser escuchado cuando el mundo parece haberse quedado sordo. Antes de continuar, debo ser claro: no es una serie para menores de edad. Contiene escenas de sexo que, aunque pueden parecer irrelevantes para algunos, retratan una realidad actual. La juventud vive su intimidad de maneras que a veces nos incomodan, pero negarlas sería negar el espejo que la serie nos pone enfrente.

Lo que realmente me atrapó de Días de Gallos es algo que he observado durante años como maestro, los poetas surgen cuando la sociedad necesita ser escuchada. Y el freestyle, esa batalla de palabras improvisadas en un escenario, no es otra cosa que poesía urgente. Sé que habrá quienes critiquen esta comparación. ¿Cómo atreverse a equiparar el rap con la poesía clásica? Pues me atrevo, porque las problemáticas sociales, las necesidades y las carencias afectivas son las mismas. No importa si hablamos del Siglo de Oro o de una plaza en Buenos Aires. No importa si el verso se escribe con pluma o se escupe en un micrófono. La ola de rap que vive Argentina, España y México es el reflejo de aquella época en que los poetas surgieron porque el sistema estaba quebrado. Cuando las instituciones fallan, cuando los gobiernos olvidan al ser humano, cuando la dignidad se vuelve un lujo, entonces aparecen estas expresiones. El ser humano necesita expresarse, necesita hacerse escuchar. Y si el sistema no le da espacios, los crea.

León, Rafaela y Andy, los protagonistas de esta historia, no son tan diferentes de aquellos poetas que escribían sobre el hambre, el amor imposible o la injusticia. Rafaela tuvo que abandonar las batallas para ser madre. León busca reconstruir su mundo emocional mientras pelea por llegar a las grandes ligas. Andy huye de las expectativas familiares para encontrar su propio camino. En el escenario, como en la vida, cada batalla nos forja. Como maestro, me doy cuenta de algo fundamental: los jóvenes de hoy sufren de la misma manera que sufrieron los de ayer. No hay una generación mejor ni peor. Hay sistemas corruptos que van olvidándose del ser humano, y cuando eso sucede, surgen expresiones como el freestyle. No es rebeldía vacía; es supervivencia emocional. Es la necesidad de nombrar el dolor para que deje de pesar tanto.

La serie nos muestra a una generación heterogénea, genuina, libre de prejuicios. Una generación que encontró en el freestyle un medio para hallar su propio camino. Y quizá eso es lo que más incomoda a quienes prefieren el orden establecido: que estos jóvenes no piden permiso para existir, simplemente existen. Días de Gallos nos recuerda que la poesía nunca muere, solo cambia de forma. Y que mientras haya sistemas que olviden al ser humano, habrá voces que se levanten para recordarnos que seguimos aquí, que seguimos sintiendo, que seguimos vivos.

Rubén Eduardo Barraza

Maestro en la Universidad La Salle // Experto en cine.

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