El eco incómodo de una sanción que el poder quiere silenciar

La sanción impuesta por el Consejo Nacional Electoral a la campaña de Gustavo Francisco Petro Urrego no se origina en un vacío político; por el contrario, emerge en un contexto donde la izquierda gobernante, el progresismo que la respalda y las fuerzas aliadas del oficialismo han estado buscando, durante meses, ocultar con un gesto lo que ya es evidente para una significativa parte de la población.


La determinación adoptada por el Consejo Nacional Electoral (CNE) de imponer sanciones a la campaña de Gustavo Francisco Petro Urrego no puede ser considerada como un asunto meramente administrativo, ni puede ser obviado por el país con la indiferencia que el Gobierno parece sugerir. Por el contrario, se trata de un aviso institucional que reabre uno de los temores más persistentes y peligrosos de la política colombiana: la posibilidad de que intereses oscuros hayan orbitado, influido o tenido acceso a una contienda presidencial. El discurso moralista que en su momento prometió «el cambio» actualmente sirve como una fachada para un poder que se resiste a rendir cuentas, deslegitima a los organismos de control y pretende convertir toda crítica en un ataque político. Y, a pesar de los intentos de silenciar esta conversación, la voz de la duda ya resuena con fuerza.

Mientras su presidente alega persecución y refuta cualquier acusación de financiamiento ilícito, se observan indicios perturbadores en su entorno: menciones en la Lista Clinton que no han sido plenamente esclarecidas, episodios de supuesta financiación irregular, alianzas ambiguas con grupos armados y un patrón de corrupción que se extiende al gobierno de manera cada vez más evidente. Sin embargo, Gustavo Francisco Petro Urrego desestimó la gravedad del pronunciamiento, descalificándolo de inmediato. Considera que se trata de una estrategia orquestada por sus oponentes. Su mandatario envolvió la situación en su característico discurso de victimización y rechazó todas las acusaciones: negó la existencia de financiamiento irregular, la entrada de fondos provenientes del narcotráfico en su campaña y la legitimidad del organismo que lo sancionó.

La negación como acto de reflejo, el señalamiento como mecanismo de defensa, o la narrativa del acorralado se presenta como un recurso político. No obstante, persiste un aspecto que requiere atención. Es importante destacar que este tipo de situaciones no pueden ser solucionadas únicamente mediante discursos o posts. Ciertamente, las palabras pronunciadas desde un atril en la Casa de Nariño no experimentan modificación alguna. Cuando un presidente rechaza la supervisión de los órganos encargados de vigilar la transparencia electoral, la ciudadanía se ve compelida a cuestionar las razones detrás de tal decisión, planteándose interrogantes tales como los temores, las estrategias evasivas o las verdades incómodas que se intentan ocultar.

En relación con la situación en Colombia, es un hecho ampliamente reconocido que durante el actual mandato, la relación con actores irregulares se ha caracterizado por gestos diplomáticos, concesiones, opacidades y escenarios de negociación improvisados. En lo que respecta a las disidencias, el ELN, las FARC y las bandas catalogadas como «organizaciones de carácter político», con el propósito de legitimar diálogos que no han generado paz, sino la expansión territorial de los grupos violentos, es preciso abordar esta situación con seriedad y eficacia. El Gobierno ha mantenido una postura firme en su compromiso con la «paz total», mientras que los grupos armados han progresado con la implícita aquiescencia de un Estado que ha optado por abstenerse de ejercer su autoridad.

En este contexto, la sanción emitida por el CNE no solo afecta a un aspecto jurídico, sino que también tiene un impacto significativo en la percepción pública. Es irrelevante la cantidad de veces que Gustavo Francisco Petro Urrego repita que no hubo fondos de procedencia ilícita. El problema radica en que el entorno político se ve afectado por decisiones, silencios y permisividades que fomentan la desconfianza. En el ámbito político, la sospecha debe ser combatida con transparencia absoluta, no con discursos incendiarios. Lo que resulta verdaderamente inquietante no es la sanción en sí misma, sino la reacción de su presidente, caracterizada por una falta de reconocimiento hacia una institución del Estado. Esta actitud compromete el equilibrio del sistema. Se trata de un mensaje que podría ser interpretado como una amenaza hacia los organismos de control.

Este tipo de poder, carente de límites y exigente de obediencia, constituye una amenaza significativa para la estabilidad de las democracias. La cuestión que el Gobierno no parece comprender en su totalidad es la siguiente: ¿cuál es la razón por la cual la campaña presidencial fue sancionada, por qué se adoptó una reacción tan defensiva y por qué el país percibe la existencia de un manto de duda que nadie se ha esforzado seriamente en disipar? En el marco de las relaciones internacionales y la convivencia pacífica, Colombia considera inaceptable que su mandatario descalifique públicamente al órgano electoral. Es imperativo reconocer que las denuncias legítimas no pueden ser tratadas como ataques personales. No es aceptable que se minimicen, reinterpreten u oculten los vínculos con actores al margen de la ley bajo la narrativa emocional del sensey de los humanos.

La transparencia no es un valor que se proclama, sino que debe ser demostrada. Es importante destacar que la legitimidad no se exige, sino que se construye. En el contexto actual, marcado por la sanción del CNE y la respuesta de Gustavo Francisco Petro Urrego, Colombia se encuentra en una situación de incertidumbre. Ciertamente, posee la facultad de plantear cuestiones que pueden resultar desagradables, y esto es algo que se merece. Son cuestiones que el país merece que se respondan con hechos irrefutables y no con discursos vacuos: ¿se sobrepasaron los topes? ¿se registraron o no ingresos prohibidos? ¿Por qué se obstaculiza la investigación? ¿A quién beneficia realmente el ruido que el Gobierno busca silenciar? Hasta que no se reciban respuestas claras, el impacto de esta sanción continuará siendo relevante. A pesar de los esfuerzos de su presidente por imponer su versión de los hechos, el país ha llegado a la conclusión de que hay aspectos que no están del todo claros.

La izquierda gobernante, el progresismo militante y las fuerzas políticas que orbitan alrededor del petrismo están intentando ocultar con artificios una realidad evidente: la financiación irregular, las conexiones con personajes cuestionados y las menciones en la Lista Clinton no son meras especulaciones de la oposición, sino señales de alerta que este Gobierno ha preferido ignorar o disfrazar de persecución política. Mientras Gustavo Francisco Petro Urrego y sus aliados elevan el puño enarbolando el discurso moralista, la realidad evidencia un gobierno atravesado por escándalos, contradicciones y un patrón de corrupción que se torna cada vez más difícil de ocultar a medida que se conocen nuevos capítulos. Se pretende imponer la idea de que todo se trata de un ataque contra «el cambio», sin embargo, en el fondo lo que se busca es proteger un proyecto político que ha perdido el brillo ético con el que se presentó inicialmente y que actualmente se encuentra navegando entre opacidades, declaraciones indignadas y un país que, a pesar de la narrativa oficial, ya no se muestra completamente conforme.

Es aconsejable que Colombia permanezca atenta ante la campaña que se avecina, que, aunque se presente como una renovación, sigue estando marcada por las mismas sombras que actualmente afectan al Gobierno. Las relaciones que ya han salido a la luz, y las que aún no se han destapado, muestran un proyecto político que ha demostrado su capacidad de convivir con la corrupción, ampararse en la opacidad y blindarse con discursos moralistas mientras erosiona la institucionalidad. Pretenden iniciar un nuevo proceso, pero se observa la persistencia de prácticas, actores y lealtades previas que han generado desconfianza en la población. El próximo capítulo electoral no puede escribirse con ingenuidad: si algo ha dejado claro este gobierno es que detrás de sus banderas progresistas se esconden intereses, alianzas y silencios que el país no puede volver a pasar por alto. Colombia ha aprendido de los errores del pasado y, en este momento, debe actuar en consecuencia. 

Andrés Barrios Rubio

PhD. en Contenidos de Comunicación en la Era Digital, Comunicador Social – Periodista. 23 años de experiencia laboral en el área del periodística, 20 en la investigación y docencia universitaria, y 10 en la dirección de proyectos académicos y profesionales. Experiencia en la gestión de proyectos, los medios de comunicación masiva, las TIC, el análisis de audiencias, la administración de actividades de docencia, investigación y proyección social, publicación de artículos académicos, blogs y podcasts.

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