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Durante años hemos hablado de brecha digital, de desigualdad de acceso, de monopolios tecnológicos, de economías de la atención y de cuerpos convertidos en mercancía. Sin embargo, faltaba una categoría que nombrara con precisión una forma de exclusión silenciosa pero cotidiana: la discriminación hacia quienes no logran encajar en las lógicas de visibilidad, rendimiento, estética, monetización y consumo que imponen las plataformas.
A ese fenómeno lo he denominado aporofobia digital. Un término que surge como extensión crítica del concepto de aporofobia desarrollado por la filósofa española Adela Cortina, quien definió esta como el rechazo al pobre por su condición de carencia. En el ecosistema digital, esa carencia ya no es únicamente económica: es también simbólica, estética, algorítmica, relacional y tecnológica.
Desde hace más de dos décadas mi ejercicio profesional en publicidad, producción multimedia, comunicación política, asesoría de personajes públicos, construcción de marca, medios y plataformas digitales me ha permitido observar desde adentro cómo operan los mecanismos de validación, visibilidad, cancelación, silenciamiento, precarización emocional y mercantilización de la identidad. A partir de esa experiencia situada —sumada a una formación técnica y académica sostenida en comunicación, marketing y narrativas digitales— comenzó a tomar forma una investigación que hoy se traduce en un libro próximo a publicarse.
La aporofobia digital no se expresa solamente cuando alguien no puede pagar un servicio de internet. Se manifiesta cuando una persona es invisibilizada por no cumplir con los códigos estéticos dominantes; cuando su discurso no es amplificado por carecer de patrocinio, pauta o estructura algorítmica; cuando no puede competir en un mercado de la apariencia que exige productividad constante, cuerpo normativo, éxito exhibido y consumo ostentado. También ocurre cuando el conocimiento que no es entretenido es descartado, cuando el silencio se castiga, cuando el error es convertido en linchamiento y cuando la dignidad se mide en métricas.
Nombrar esta forma de exclusión no es un ejercicio retórico; es una necesidad ética. Porque aquello que no se nombra se normaliza. Y aquello que se normaliza se reproduce.
El libro —actualmente en proceso de cierre editorial— recorre estas violencias desde múltiples dimensiones: el cuerpo como mercancía, la economía de la atención, la fe algorítmica, la aporofobia epistémica, el greenwashing digital, la explotación laboral tras las plataformas, el amor en tiempos de métricas, la soledad hiperconectada, el anonimato violento, la exclusión por conectividad, la manipulación política, entre otros fenómenos que construyen un sistema de jerarquías invisible pero eficaz.
No se trata de un texto contra la tecnología. Se trata de una investigación crítica sobre cómo la tecnología ha sido integrada en un modelo de poder que reproduce desigualdades bajo la apariencia de libertad, meritocracia y oportunidad.
Acuñar el término aporofobia digital no es adjudicarse una verdad absoluta, sino proponer una categoría para que esta forma de exclusión pueda ser estudiada, debatida, regulada y, sobre todo, cuestionada colectivamente. Porque mientras sigamos creyendo que todo es un problema individual de actitud, esfuerzo o talento, seguirá intacta la estructura que produce descartables.
La próxima publicación de este libro busca abrir esa conversación desde Colombia hacia un debate global: uno donde la dignidad digital no sea un privilegio, sino un derecho.













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