Desolación y Gallardía: Narrativas en Democracia

La construcción de la historia del 1/4 del Siglo XXI se bifurca como en antaño. Los colombianos, una vez más, acudimos como nuestros ancestros a presenciar como Nación la disputa de imaginarios contrastados; el lugar de un nuevo prócer y la condena del país que pudo ser ante la sangre, pero ahora, con la ventaja de no ser los primeros de la región en experimentar el probado negacionismo socialista.

La pugna del orden contra la deconstrucción moral de occidente se refleja en el Caribe y la claridad estratégica de Donald Trump para disuadir con poder armamentístico y bloqueando un paso clave en el tráfico de drogas, al ahora jefe terrorista Nicolás Maduro, quién financia directamente la narrativa gobiernista de Colombia, paradójicamente, liderada por un decadente exmilitante de las entonces guerrillas del M-19 y posesionado presidente en coalición -entre otros, incluidos delincuentes condenados por la justicia colombiana- con el Partido Comunes, brazo político de las FARC, socios del régimen narcoterrorista que ha secuestrado a Venezuela.

Han pasado 25 años del último siglo en los que transcurrió una pandemia, la firma de un acuerdo de paz, la pacificación democrática y la bonanza económica, la traición recurrente y la inestabilidad esperanzadora de contar aún con la Democracia en medio de tanto. A 9 meses de las tan anheladas elecciones de primera vuelta presidencial de 2026, los colombianos queremos insistir en dar a luz a un país justo, en medio de atentados que recuerdan con dolor lo cíclico de la violencia cuando la Patria es desolada.

La carga ideológica de este escrito está atravesada por la formación estructural en Derecho de la autora, pues la discusión narrativa sobre la que hoy se encuentra Colombia evidenciada en las creencias y sesgos culturales que vociferan las figuras predominantes en las respectivas aristas de la extrema polarización, pretende destruir más de 200 años de historia institucional republicana, que aún en medio de sus falencias y limitaciones a propendido por salvaguardar el principio supremo de Libertad por el cual han luchado tantas generaciones que con gallardía nos legaron un estatus ciudadano habilitado para elegir políticamente, superando con la razón cualquier resentimiento victimista tras la guerra.

La adecuada lectura de este tiempo podrá determinar lo que leerán las generaciones siguientes sobre nosotros y lo que hoy somos como colombianos. Nuestra bandera, por ejemplo, imprime una historia todavía vigente: Amarillo como el sol del caribe y el oro de nuestros suelos; Azul como los dos mares que nos abrazan y los ríos prominentes que nos recorren como territorio vivo; Rojo como la sangre derramada que también la conquista de nuestra propia lucha refleja. Hombres como Álvaro Uribe Vélez y Gustavo Petro Urrego, saben esto perfectamente.

Colombia, curiosamente, se conoce como “La Democracia más estable de Latinoamérica” y los estrechos vínculos históricos de nuestro país con Estados Unidos no habían sido un secreto ni un inconveniente para gobernar en esta dirección, hasta la llegada de Petro a la Casa de Nariño. No obstante, el discurso “antiyankee” o “antiimperialista” no es nuevo ni exclusivo del petrismo en Colombia, ya era de uso corrientes de movimientos como el MOIR, el partido Polo Democrático o de revolucionarios como Hugo Chávez o Fidel Castro, quienes admiraban geopolíticamente a la extinta URSS.

Colombia, particularmente, goza de un desarrollo constitucional y normativo que proyecta formalmente la representación del renombre democrático construido en la región y sostiene una base diplomática y comercial aceptable, pese a los consecutivos desaciertos del Jefe de Estado actual. El ruido ensordecedor de las bombas y los explosivos no silencia la voluntad movilizada de cada colombiano en las calles, entre silencios se murmura nuevamente “los buenos somos más”. Uribe escucha con el sigilo de la experiencia, y con el honor de quien ha servido con lealtad renuncia al derecho de solicitar la prescripción de un proceso jurídico en su contra, para probar ante los tribunales el respeto por su legado de una facción identitaria que ya lo sabe el héroe de este capítulo contra la miseria.

La Política de Seguridad Democrática, condecorada como tesis doctoral Summa Cumme Laude Honoris Causa por Harvard University, no solo consigue pacificar efectivamente el país durante la primera década del Siglo XXI haciendo posible un desarrollo social y económico excepcional hasta entonces, sino que además postula la inviolable Libertad de los colombianos a decidir sobre su vida y su destino sin temor a los violentos. La idea de país que Álvaro Uribe Vélez le entregó a Colombia es el límite que hoy preserva a la República de Colombia -democrática y libre- como (medianamente) la conocemos de la emboscada populista del Socialismo del Siglo XXI.

María Camila Chala Mena

Poeta. Abogada con énfasis en Administración Pública y Educadora para la Convivencia Ciudadana, Especialista en Gerencia de Proyectos y Estudiante de Maestría en Ciudades Inteligentes y Sostenibles. Fundadora de Ágora: Laboratorio Político. "Lo personal es político".

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