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“El examen combina técnicas de la jerarquía que vigila y las de la sanción Que normaliza”
Michel Foucault, Vigilar y Castigar (1975)
En el canto XII de la Odisea, Ulises había sido advertido sobre la letalidad de los cantos de las sirenas. Por ello, pide a sus marineros que se tapen los oídos con cera y que lo aten a él al mástil de la embarcación con la orden expresa de no liberarlo, aunque lo suplicase. Cuando escucha las voces, Ulises implora que lo desaten; sin embargo, sus compañeros permanecen firmes y tensan las cuerdas con mayor fuerza. Para liberarse de la muerte, el héroe había aceptado someterse a una decisión que no podría ya revocar. Esta historia permite comprender que, en ciertas circunstancias, renunciar temporalmente a la libertad puede ser una decisión razonable y necesaria.
¿Dónde termina la obediencia legítima y dónde comienza la sumisión voluntaria? ¿En qué instante acatar una orden nos despoja de nuestra responsabilidad moral? Con su decisión y desde su libertad, Ulises buscaba salvaguardar su vida y la de sus compañeros. No ocurre lo mismo cuando la obediencia se impone sin la posibilidad de hacer algún tipo de cuestionamiento o cuando se utiliza para justificar acciones que perjudican a otros. Esta distinción permite abordar un problema que atraviesa la vida de las sociedades: la relación entre autoridad, obediencia y responsabilidad moral. En Vigilar y castigar, Michel Foucault plantea los mecanismos mediante los cuales el poder disciplina los cuerpos y regula los comportamientos; en La lección de Auschwitz, Joan-Carles Mèlich invita a pensar qué sucede cuando se pierde la capacidad de reconocer al otro y responder ante su sufrimiento. Desde diferentes perspectivas, ambos autores ofrecen elementos en torno a los límites éticos de las instituciones.
La seguridad, el orden y la norma son condiciones necesarias para la convivencia. Sin embargo, ¿pueden estas justificar cualquier decisión adoptada por las autoridades? Toda sociedad requiere instituciones capaces de prevenir la violencia, investigar delitos y sancionar a quienes afectan los derechos de los demás. El problema ético surge cuando esos fines se convierten en motivo suficiente para adoptar cualquier decisión. La eficacia de una medida no garantiza su legitimidad, así como el cumplimiento de una norma no demuestra, por sí sola, que se haya actuado justamente. Una decisión también debe juzgarse por sus consecuencias, por los derechos que compromete y por la manera cómo trata a las personas involucradas.
En este punto, la obediencia deja de ser un asunto exclusivamente político o institucional y adquiere una dimensión ética. Quien cumple una orden no queda exento de responder moralmente por sus efectos. La historia ha mostrado que acciones profundamente injustas pueden realizarse mediante procedimientos administrativos, decisiones burocráticas y tareas ejecutadas con aparente transparencia. Auschwitz constituye un ejemplo de las expresiones más estremecedoras de esa realidad: millones de personas fueron perseguidas y exterminadas en el marco de un sistema organizado que convirtió la deshumanización en política. Su memoria obliga a preguntarse qué ocurre cuando la conciencia individual se subordina por completo a la autoridad y el otro deja de ser reconocido como alguien cuya vida importa.
En Vigilar y castigar, Foucault muestra que el poder no opera sólo mediante la prohibición o la violencia física, sino a través de mecanismos cotidianos que observan, examinan y normalizan a los individuos. El Panóptico – modelo de prisión donde se puede ser observado sin saber cuándo – ilustra cómo la vigilancia se interioriza y hace que cada persona regule su propia conducta. De este modo, el poder sanciona las transgresiones y, además define que es aceptable y quien se aparta de la norma. Su aporte no consiste en afirmar que toda autoridad sea injusta, sino en plantearse cómo funciona, a quien beneficia, sobre quién recae y qué posibilidades hay de cuestionarla.
Esta reflexión puede observarse en determinadas políticas de seguridad adoptadas en la época actual. En los territorios palestinos ocupados, el uso de reconocimiento facial y los controles de movilidad han sido documentados por Naciones Unidas y organizaciones de derechos humanos. El problema ético no radica en los dispositivos, sino en las condiciones de uso, en la asimetría entre quien observa y es observado, así como los efectos que estas prácticas tienen sobre la libertad. En el Salvador, por su parte, el régimen de excepción impulsado por el Gobierno ha mostrado eficacia en la reducción de la violencia pandillera, pero ha sido cuestionado por detenciones arbitrarias, torturas y vulneraciones al debido proceso.
Ambos casos responden a realidades diferentes y no deben confundirse. No obstante, permiten examinar una tensión común: proteger la población no exime al Estado de velar por el respeto de la Dignidad Humana. La seguridad es un bien público, pero no puede convertirse en automatización ilimitada para vigilar, detener o castigar. Cuando la tranquilidad de unos se edifica sobre la indefensión de otros, se hace necesario preguntar quien asume el costo y qué limites se han dejado de respetar.
La apuesta de Mèlich permite discernir esta pregunta. En la Lección de Auschwitz, la memoria no aparece como un ejercicio para conservar el pasado, sino como una responsabilidad frente al presente. Auschwitz devela las consecuencias de una sociedad que convirtió a un pueblo en categorías despreciables, les negó su singularidad y organizó su exterminio. El argumento de Mèlich no pretende establecer equivalencias entre aquel acontecimiento y lo que ocurre en la actualidad, sino en cuestionar las formas de pensamiento que hacen posible que una vida pierda valor ante los ojos de los demás; allí donde una persona es reducida a amenaza, número o problema que deba desaparecer, la reflexión ética se vuelve indispensable.
Foucault y Mèlich no plantean el mismo problema ni ofrecen la misma respuesta. El primero ayuda a comprender las relaciones de poder que producen obediencia; el segundo, recuerda que la ética comienza cuando el sufrimiento del otro deja de ser indiferente. Su diálogo permite sostener que una sociedad no puede medir la justicia únicamente sólo por una orden que imponer o la eficacia de sus mecanismos de control. También debe examinar los medios que utiliza, las vidas que afectan sus decisiones y la responsabilidad de quienes ejecutan. Las normas son necesarias y el castigo puede ser legítimo, pero su legitimidad depende de que respete la dignidad humana y los derechos del hombre, incluso de quienes han cometido delitos.
La memoria de Auschwitz no debería convertirse en una referencia distante para condenar las atrocidades de otros tiempos mientras evitan examinar las propias decisiones. Su existencia conlleva a preguntar qué hacemos cuando obedecemos, qué justificamos cuando castigamos y qué dejamos ver cuando el miedo conduce a aceptar que el sufrimiento de otros no importa.
Ulises necesitó ataduras para resistir el canto de las sirenas; una sociedad requiere ciudadanos e instituciones capaces de pensar, cuestionar la autoridad y responder por las consecuencias de sus actos. La verdadera prueba de una sociedad no está en conseguir obediencia, sino en conservar la conciencia para reconocer cuándo una orden, una norma o una decisión se han vuelto injustas.
¿De qué sirve imponer el orden si, para conseguirlo, olvidamos porqué debemos respetar la vida de los demás?
















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