Lo que pasó en las elecciones de EE. UU.

Estoy en Argentina, mirando por televisión las “elecciones de medio término” de Estados Unidos. Los demócratas avanzan y algunos analistas anuncian problemas para Trump. Otros, más entusiasmados, especulan con que Milei podría quedarse sin uno de sus principales padrinos internacionales.

Me preparo una aromática, que acá le dicen té. La dejaron los anteriores huéspedes del Airbnb. Quisiera café, pero es lo que hay. Tampoco estoy en condiciones de exigir demasiado: ni a los anfitriones de este apartamento ni a la democracia estadounidense. Ni a nadie en general (lo dejo hasta ahí para no ponerme muy existencial, jajaja).

(…)

En Colombia tenemos una relación bastante curiosa con las elecciones norteamericanas. Cada elección esperamos que dos partidos financiados por millonarios decidan cuál de ellos va a tratarnos con un poco más de delicadeza. Nuestra ambición geopolítica a veces se pasa de humilde, rayando en la sumisión: algo así como celebrar que el dueño de la fábrica haya decidido cambiar al capataz que nos gritaba por otro que saluda antes de descontarnos el salario.

Y, sin embargo, esta vez me alegro un poquitito.

No porque crea que el Partido Demócrata vaya a emancipar a América Latina. Sería demasiado pedirle a una organización política que ni siquiera ha conseguido emanciparse de Wall Street. Las intervenciones militares, las sanciones económicas y la subordinación de nuestros países tienen una historia bastante más larga que las extravagancias de Trump.

Cualquiera que se acerque con un poquito de rigor a la historia política y económica de la modernidad sabrá que el sistema capitalista tiene la extraordinaria capacidad de cambiar de rostro, de tono y de color, sin alterar por ello su lógica interna de acumulación.

Sin embargo, prefiero guardarme la superioridad moral de los que creen haber descubierto todos los secretos de la historia. Porque una cosa es comprender que el liberalismo administra un orden social profundamente desigual y otra, bastante distinta, concluir que da exactamente lo mismo quién gobierne. A veces, cierta izquierda intelectual parece tan preocupada por demostrar que todos los políticos burgueses son iguales que termina regalándole a la extrema derecha el único favor que necesitaba: que dejemos de distinguir los peligros.

No es lo mismo un gobierno que debe justificar sus abusos ante instituciones, órganos de control, movimientos sociales y una prensa incómoda que otro que convierte la persecución de sus adversarios en espectáculo público. No es lo mismo una democracia liberal que incumple sus promesas de igualdad política, pero en la que todavía podemos luchar por hacer efectivos los derechos conquistados, que un proyecto autoritario empeñado en destruir incluso las libertades desde las cuales podemos disputar ese incumplimiento.

Por supuesto, el primero puede preparar las condiciones del segundo. La historia ha tenido la desagradable costumbre de demostrarlo.

En todo caso…

Las instituciones liberales no eliminan la dominación de clase, pero pueden ofrecer un terreno desde el cual combatirla. No son la emancipación, aunque su destrucción puede alejarnos todavía más de ella. La libertad de expresión no reparte la riqueza, pero es preferible poder denunciar al propietario de la empresa sin terminar preso (o muerto) por hacerlo.

Es como esas parados de “mal menor” en la que tanto nos vemos involucrados los seres humanos…

Pienso que una de las grandes tragedias de estos tiempos raros y angustiantes es que millones de personas, cansadas de una democracia que les reconoce derechos mientras les niega condiciones materiales para ejercerlos, terminen entregando esos mismos derechos a quienes prometen mejorar sus condiciones materiales de existencia a punta de “orden” y “mano de hierro”.

Como Milei en Argentina, en Colombia también tenemos a un personaje que parece de comedia hasta que racionalizamos la tragedia que representa. Él también se cree libertario con “mano de hierro”. Él también se cree un animal feroz y dice que muerde duro. Él también, como el “León” argentino, logró conquistar una porción de la población decepcionada con la democracia.

Nuestra caricatura de Milei, que, como dije en otro texto, estéticamente es la combinación de Diomedes Díaz y Gianluca Vacchi (ahora con toques de Sylvester Stallone), sueña con gobernar a punta de amenazas, cruzadas morales y enemigos imaginarios. Y encuentra en Trump, como Milei, no solamente un aliado, sino un respaldo político, material y simbólico (casi espiritual) para convertir el resentimiento en programa de gobierno. El Tigre (cada vez más de papel), al igual que el León (cada día más mueco), necesitan que desde la Casa Blanca alguien les confirme que sus delirios pueden llegar a convertirse en política de Estado.

Por eso una derrota de su proyecto en Estados Unidos, incluso parcial, importa. Cuando el fascismo retrocede en algún lugar, sus imitadores pueden perder un poco de la autoridad que habían tomado prestada. No es una transformación de las relaciones de producción. Pero tampoco es poca cosa impedir que la barbarie se convierta en sentido común.

Aunque aquí aparece otro problema. Porque también sería bastante triste que nuestra imaginación política terminara reducida a esperar que los norteamericanos eligieran periódicamente a un imperialista más educado. No deja de ser una forma bastante sofisticada de dependencia: hasta nuestras esperanzas de libertad quedarían sometidas al calendario electoral de Washington.

En fin… la aromática ya está fría. Yo quería era un tinto, ome, ome.

(Nota: por acá no pidan tinto, como en Europa, les traerían un vino).

(…)

Voy a cambiar de canal. A ver si encuentro alguna novela o película argentina para seguir deleitándome con ese acento que tanto me gusta, pero que por tímido que soy no he podido escuchar mucho en persona. O hasta un programa de chismes, cualquier cosa menos política.

Bueno, diré esto ultimito… Creo que los demócratas seguramente ganarán las elecciones, los grandes capitales encontrarán la manera de acomodarse y seguir ampliando sus ganancias. Pero nosotros, argentinos y colombianos, tendremos que seguir defendiendo la universidad pública, los derechos laborales, las libertades democráticas y los derechos, entre otros, de la población LGBTIQ+. A propósito, hoy había una movilización en Rosario contra los feminicidios y travesticidios. Nuestros problemas son los mismos.

En todo caso, habrá que seguir construyendo una fuerza popular capaz de disputar no solamente quién gobierna, sino para quién se gobierna. Habrá que defender las libertades conquistadas y luchar por aquellas que todavía nos deben. Porque yo, cada día más viejito, más cojo y más responsable (o temeroso) con lo que digo, sigo creyendo que la democracia, con todas sus insuficiencias, es un terreno de lucha que sería absurdo abandonar precisamente cuando más la necesitamos.

Y adelantándome a los reproches de algunos amiguitos de viejas tintiadas marxistas y anarquistas, debo confesar que, en medio de mi vejez prematura (o no tan prematura), mi creciente amargura y esta maluca costumbre de volverme un “antichévere”, sigo sin encontrar contradicción alguna entre alegrarme por una derrota de la extrema derecha y continuar confrontando al capitalismo.

A fin de cuentas, defender la democracia no significa conformarse con ella tal cual se nos presenta hoy.

Juancho Muñoz

Diputado de la Asamblea de Antioquia, sociólogo de la Universidad de Antioquia, Magíster en Desarrollo de la Universidad Pontificia Bolivariana y defensor de Derechos Humanos, docente-investigador.

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.