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Esta columna es un espacio dedicado a la búsqueda del sentido de las palabras. Un ejercicio arqueológico, etimológico y, si se puede decir, biográfico. Cada entrega nos permitirá conocer la historia, el significado, el uso y el sentido de una palabra.
Mauricio A. Montoya V.
“¡Oh selva, esposa del silencio, madre de la soledad y de la neblina! ¿Qué hado maligno me dejó prisionero en tu cárcel verde?”
Arturo Cova (personaje de “La Vorágine”).
Para quienes nunca hemos pisado la selva, la novela de Evelio Rosero, “Lluvia de frailes en la selva”, es un viaje cartográfico que nos lleva por ríos, montañas, mesetas, islotes, pantanos y bosques húmedos; y nos pone frente a jaguares, caimanes, mosquitos, serpientes y chimpancés, mientras nos narra las ambiciones de unos, los anhelos evangelizadores de otros y el mutismo de quienes debieran ser los protagonistas, pero no lo son.
Se cree que la palabra selva apareció por primera vez en diccionarios castellanos como el “Vocabulario español-latino”, de Antonio de Nebrija, publicado en Salamanca en 1495. Allí, el gramático español consignó: “selva dixo Juan de Mena por bosque”, refiriéndose al poeta de Córdoba (España), quien había definido así la selva en su libro “El laberinto de fortuna”. A pesar de todo esto, no sería descabellado pensar que el término selva y todo lo que este implica fueran fruto de lo que conquistadores como Vasco Núñez de Balboa y Martín Fernández de Enciso se encontraron al pisar tierra firme y fundar, en 1550, en medio de la densa selva, Santa María la Antigua del Darién.
La selva, en todas sus dimensiones, ha sido, a lo largo de la historia, el escenario principal de obras literarias, pictóricas y cinematográficas. “La Vorágine”, de José Eustasio Rivera; “El sueño”, del pintor postimpresionista Henri Rousseau; o “El abrazo de la serpiente”, un filme dirigido por Ciro Guerra, son expresiones artísticas que permiten al espectador acercarse a un mundo misterioso que se revela a quien quiere y devora a quien no.
En las fábulas clásicas o en cuentos como los recopilados por el autor británico Rudyard Kipling en“El libro de la selva”, afloran relatos que desnudan la selva y la convierten en un microcosmos en el que la fauna, la flora y la humanidad interactúan para enseñarnos, alegóricamente, sobre los peligros, defectos, hábitos y virtudes que nos definen como sociedad.
Mardoqueo Vanín, una figura casi mesiánica que Rosero presenta satíricamente, es el reverso de una moneda que estampa en la otra cara a Julio César Arana, “el barón de las cuacherías”, de las que escribe Rivera. Cada uno tiene su delirio. El primero, místico; el segundo, codicioso. Sin embargo, ambos son el mismo rostro de la destrucción que sirve a intereses particulares, llámense religiosos o capitalistas.
En otro cuadro de la narración aparecen las monjas y las prostitutas, figuras accesorias que la religión y la sociedad desprecian y utilizan al mismo tiempo. Dídima la pura, religiosa piadosa y lasciva, se refleja en la Nena Madagascar, cortesana avezada en las artes amatorias. Esta última encuentra su redención en Dídima la pura al poseerla y salvarla de las garras morbosas del gigante extranjero.
Un espacio curioso en el imaginario de la selva, al menos en sus territorios fronterizos, son los burdeles. Un lugar con sucursales y destinado, como dice Rosero, a “dondequiera que existan soldados y obreros y soledad”. Y también mineros. Ya sea La Meca, nombre del prostíbulo que describe Rosero; La casa verde o el contingente de prostitutas (visitadoras) de las que habla Mario Vargas Llosa en sus novelas “La casa verde” y “Pantaleón y las visitadoras”, estos centros de lenocinio son, posiblemente, la única oportunidad que tienen algunos para satisfacer sus deseos reprimidos. No en vano, los hombres que habitan en la selva que recrea Rosero llaman a la Nena Madagascar, dueña del prostíbulo, la “Santa Patrona de la Alegría”.
Las fuerzas militares, el poder político y los tentáculos del capital fraguan la destrucción de la selva y sus habitantes, amparados en el celo espiritual de una iglesia que es capaz de envenenar a su pontífice, sacrificar a una camada de misioneros y condenar a un par de ellos a la pena capital por blasfemos. Tan solo Sor Teodora, monja hechicera y conocedora de venenos; el franciscano Remolino Santángel, joven, inocente y entregado en su desnudez a la manigua; y el monje agustino Augusto de Jesús Recto Pacífico, académico que se decanta en la locura, han descubierto las intenciones de la misión. Sus desvaríos, paradójicamente, son el sinónimo de la lucidez.
Tal vez —esta es una mirada subjetiva—, el general Máximo Agrícola sea el personaje más relevante de esta obra, ya que él encarna, en su apellido, la disputa entre aquellos que defienden una selva virginal contra los que buscan hacer de ella una jungla de cemento. Una metáfora de lo que Guns N’ Roses cantara en su sencillo “Welcome to the Jungle”.
De todo esto y mucho más nos habla Rosero. No obstante, como él mismo dice repetidamente en las páginas de la novela, al referirse a los hechos que cuenta y a su veracidad, mediante una reflexión retórica: “pero quién sabe, quién puede saberlo”.














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