El ruido de las metáforas al caer

Noticia del día: La Paloma de la Paz, el emblemático monumento que el maestro Fernando Botero donó al país el 24 de septiembre de 2016 en conmemoración a la firma del Acuerdo de Paz entre el Estado colombiano y la guerrilla de las Farc, se cayó de su pedestal en la Sala 14 – La Rotonda del Museo Nacional. ¿Quién no conoce a La Paloma? Se trata de la inmaculada Paloma de pico dorado y con “problemas” de obesidad que armó su primer nido en los corredores de la Casa de Nariño al cierre del Gobierno Santos pero que a los pocos meses salió despavorida hacia el Museo Nacional porque al entonces presidente Iván Duque “le caía gorda”. Volvería a armar su segundo nido en la Casa de Nariño con la llegada al poder de Gustavo Petro.

La Paloma de la Paz es la principal metáfora artística que dejó el cierre del proceso de negociaciones de La Habana a finales de ese turbulento –e inolvidable– 2016. Y si la palabra metáfora en su raíz griega proviene de μεταφορά (metaphorá), que significa traslado o desplazamiento, en el sentido más literal de la palabra, La Paloma alzó vuelo y se desplazó de su segundo nido hacia el Museo Nacional apenas De la Espriella erigió la primera piedra de su “Patria milagro”. Tal vez sorprendida porque por primera vez en mucho tiempo un presidente no la menciona en su discurso de posesión se fue desplazando, arrinconada, tambaleando, hasta que cayó de un tercer piso. Como las perspectivas de la paz negociada en el Gobierno de De la Espriella.

Curiosamente, La Paloma se cayó a los pocos días de recordar –porque no estamos en un momentum político de conmemoración– los diez años del plebiscito, esa otra metáfora artificial, sentida y dolorosa, que la noche del 2 de octubre de 2016 dio cuenta de la enorme profundidad de la grieta que el conflicto social y armado ha dejado en un país con millones de víctimas. El triunfalismo de Juan Manuel Santos y sus aliados políticos se cayó estruendosamente ante una realidad inocultable: la división –mitad y mitad– entre el sí y el no. División con visos metafóricos que sigue permeando la vida política del país elección tras elección. Metáfora de un gobernante que por exceso de vanidad y afán de ocupar el selecto panteón de los premios Nobel se jugó la paz en las urnas y se lo ganó la polarización.

Y la paz quedó entrampada y políticamente deslegitimada, aferrada con todas sus fuerzas al artículo 22 de nuestra profanada Constitución Política que la mandata como “un derecho y deber de obligatorio cumplimiento”. Derecho y deber que el peso abominable de la historia, la geopolítica de los poderosos, las indomables circunstancias, en últimas, el ego de quienes nos gobiernan –cada vez más encumbrados sobre el hartazgo electoral con el gobernante anterior– ha desplazado en su condición esencial de obligatorio cumplimento, convirtiendo su búsqueda, compleja y frustrante por naturaleza, en una imposición militarista del vengador que camina entre cadáveres. Se cayó La Paloma del pedestal y aterrizó el águila hambrienta y sedienta del Escudo de las Américas. No es una metáfora. Dice la frase clásica: «Si quieres la paz, prepárate para la guerra».

A diez años del plebiscito, a diez años del Acuerdo de Paz, a pocos días de que se cayó La Paloma de la Paz en la Sala 14 – La Rotonda del Museo Nacional. ¿Qué nos queda? Tal vez la metáfora de la esperanza que no muere y, si sentimos que muere, pues que resucita, que se niega a extinguirse, a desaparecer, que vuelve de entre los gobiernos. Sin ruido, o con mucho ruido de fondo, distorsionado por el show de temporada, pero que ahí sigue, en su condición de obligatorio cumplimiento. A la espera de que el águila hambrienta y sedienta del norte se vaya o la espantemos. Ya veremos. Todos es posible, porque las metáforas, esencialmente son movimiento y desplazamiento, vida que se nutre de sí misma, dominio inabarcable.

¡Qué La Paloma de la Paz alce vuelo de su caída!

Fredy Chaverra Colorado

Politólogo, UdeA. Magister en Ciencia Política. Asesor, investigador y editor.

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