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Nuestras vidas siempre están influidas por las personas que nos han rodeado, principalmente en nuestro entorno familiar. Y parte de nuestras expresiones, rasgos, comportamientos e ideas del mundo provienen de nuestra familia. Y lo que somos es nuestro entorno y su gente. Esta columna es un homenaje a un ingeniero mecánico que migró a Bogotá por una mejor educación y oportunidades desde la región Caribe, que fue testigo de los cambios hacia la modernidad entre las dos mitades del siglo XX y que su capacidad de trabajo, inventiva y generosidad le alcanzó no solamente para aportar a su país, construir un hogar y ser generoso aún con las personas que no eran de su núcleo familiar. Una historia común y al mismo tiempo poco común a nosotros.
“El bárbaro, o totalmente se burla, o totalmente venera. La civilización es sonrisa que mezcla discretamente ironía y respeto”
Nicolás Gómez Dávila, filósofo y políglota colombiano. Cofundador de la Universidad de los Andes (1913-1004)
RIGAIL, ESE HOMBRE CON ESE NOMBRE
Soy un hombre de pocas certezas en la vida. Pero de una certeza fija de las pocas que poseo es que el nombre “Rigail” no existe en una persona viva aparte de mi tío político o adoptivo en todo el país. Rigail Enrique de Jesús Macías Barraza, nacido en Aracataca, Magdalena el 3 de noviembre de 1929, hijo de un militar retirado bogotano raizal que se enamoró del Caribe y decidió montar la farmacia del pueblo aprendiendo de los estadounidenses de la United Fruit Company -compañía multinacional que se dedicó en Colombia y varios países de la región a concentrar gran parte de la explotación del comercio del banano- y de una mujer costeña que se enamoraría de él.
Disciplina recia, salir adelante frente a las dificultades de una región que más allá de la presencia de las multinacionales, como le ocurriría al Magdalena Medio con el descubrimiento del petróleo, eran pocas. Y al igual que los vecinos, la familia de Gabriel García Márquez, y muchas familias costeñas de todas las condiciones sociales, apenas tenían la oportunidad enviaban a sus hijos al interior del país -no solamente a Bogotá, sino a sus municipios vecinos; y a las ciudades principales del departamento de Boyacá como Tunja, Sogamoso o Duitama- indistintamente a colegios de élite, internados administrados por comunidades religiosas católicas, en menor medida por las Fuerzas Armadas o totalmente del Estado -como internados o colegios normales- donde tendrían el hospedaje, la comida, la disciplina y un nivel académico para los estándares educativos de la época mucho mejor que el de la periferia, y así la esperanza de lograr ingresar a la escasa oferta de educación superior del país.
A finales de los años cincuenta llega a Bogotá, una ciudad fría, pequeña y que estaba dejando de ser una aldea gigante, fea y mal fundada con ínfulas de ciudad a ser a punta de crecer huyendo de las ruinas del 9 de abril de 1948 -que mi tía, Inés de Macías Armesto vería de niña en su ciudad natal, Barrancabermeja con tan solo seis años- y satisfacer la alta demanda de vivienda a toda la migración proveniente de la violencia política y de la falta de oportunidades indistintamente. Esa ciudad, tardaría décadas en parecerse a algo “cosmopolita”. La xenofobia regional -para mí igual o peor que con los extranjeros- es algo que aún, solapadamente existe entre todo el buenismo postizo de la actualidad social. Pero sigue existiendo, y vaya que los ciudadanos de la región Caribe lo sufrieron hasta relativamente muy poco tiempo en la década de los 2000.
Pasando del bachillerato en un internado religioso -alternando los juegos infantiles y los amigos con el insólito ejercicio del activismo juvenil yendo a las concentraciones del Gimnasio Moderno donde Alberto Lleras Camargo y Guillermo León Valencia eran oradores de la oposición contra el gobierno militar de Gustavo Rojas Pinilla-, pasando a estudiar en la Universidad de América ingeniería mecánica, trabajando en lo que saliera desde el control de orden público y otros trabajos hasta lograr entrar a Puertos de Colombia, una entidad muy importante para el país hasta que dentro de la reestructuración del Estado colombiano a principios de la década de 1990 en el Gobierno de César Gaviria, como muchas otras industrias y empresas públicas sería cerrada, generando que se pensionaran muchos de sus trabajadores, en condiciones muy ventajosas solo equiparables a entidades como el Banco de la República. Lamentablemente, personas inescrupulosas abusaron del sistema, falsificaron evidencias laborales sacando pensiones multimillonarias en un entramado de corrupción que enlodó el nombre de FONCOLPUERTOS -fondo de liquidación y pasivo pensional- generando, que a él y a muchos, en los últimos años les quitaran parte del monto mensual de pensión, alegando que el administrador liquidador tuvo participaciones en casos privados de falsas pensiones.
Pero en todo ese marasmo, los recursos de ese trabajo hicieron que la familia que conformaría con la señora Inés, quien llega a Bogotá a los dieciséis años proveniente de Barranquilla en busca de apoyar a sus padres -mis abuelos maternos- quienes terminaron allí por algunas malas decisiones financieras y de vida que tomaría su padre, don Ricardo Armesto Cabrales (1905-2001) después de gozar de una buena posición en Barrancabermeja por trabajar como maquinista del tren de la Tropical Oil Company -que sería estatalizada en 1951 y se transformaría en la actual ECOPETROL-. Sus hijos Luis Enrique (1973) y Diana Patricia (1976) gracias a ello asistieron a colegios que en ese entonces eran de clases privilegiadas y vivirían la transformación positiva de su condición de vida pasando de vivir en el barrio Santa Fe -cuando aún era un lugar sano y tranquilo-, Ciudad Kennedy, el actual barrio Galerías o Sears como se llamaba en esa época -por un prestigioso almacén americano que se iría del país en la década de los noventa- para vivir finalmente en un conjunto cerrado en el sector de las Villas en la localidad de Suba, ya en una casa propia que venderían años después por circunstancias internas de familia yendo a establecerse al sector de Mazuren.
Hombre apasionado por la lectura de libros de todo tipo, cuidadoso con el lenguaje, amante de la prensa tradicional en papel siendo por muchos años suscriptor de El Espectador y después de El Tiempo hasta los últimos días que su salud y condiciones le permitieron leer y estar activo con esa misma vitalidad que era autónomo, cocinaba y hacía los oficios de la casa sin concebir en lo más mínimo la flojera o evasión de las responsabilidades en un hogar o comunidad -algo muy difícil de entender sobre todo en la infancia y la adolescencia sobre todo en su forma recia y fuerte de imponer la disciplina como en otros tiempos-.
Tanto su biblioteca como sus historia y anécdotas del pasado fueron durante años mi fuente sin quererlo de la vocación. Desde las viejas revistas Semana -de la época de la Asamblea Nacional Constituyente- y los viejos ejemplares de El Tiempo que llegaban a la casa de mi abuela donde viví gran parte de mi vida fueron mi entrada a la lectura, a conocer otros mundos y a ver como majestuosa la política y sus formas que pretendía imitar y que veía como el culmen y propósito de la cultura durante los primeros diez años de vida en circunstancias disfuncionales alarmantes -aún para los estándares familiares colombianos, pero eso es otra historia-. Su biblioteca tenía desde enciclopedias gigantes por tomos hasta libros de mecánica pasando por cocina, ciencia, tecnología y llegando a haber hasta historia del Reinado Nacional de la Belleza (y algunos libros ocultos de marxismo y de materialismo dialéctico, disciplinas que estoy retomando su estudio en el presente).
“¡Yo no te doy el pescado, te enseño a pescar!”, máxima atribuida a Confucio que me marcó la vida frente a la visión del sacrificio cuando a los diez años la escuché junto a otra respuesta que tendría frente a la repetición inconsciente de una frase que repetía sin cesar mi abuelo Ricardo al emborracharse como haría hasta que dejó de fumar y el alcohol a los últimos años de su vida por orden médica: “Es que los godos son malos”. La posterior vocación que me haría entrar al Partido Conservador Colombiano, y posteriormente tomar posición por el institucionalismo y, si se quiere por un conservatismo progresista fue la versión de la historia conservadora que mi tío me dijo y que poco se escucha públicamente en la opinión pública colombiana dominada por las élites liberales y posteriormente por las diferentes narrativas de izquierda.
No tragar entero, respetar las tradiciones, leer entre líneas los prejuicios y lugares comunes de Bogotá -como lo he hecho siempre- y no imitar nunca las malas conductas de nadie, así estén normalizadas: desde las malas palabras hasta las actitudes que normalizan la corrupción, la mediocridad y el conformismo. Pero sobre todo su mayor enseñanza que rescato en cada momento es el trato igualitario y de ayuda a esas personas que trabajan ayudándonos: desde las que trabajan en seguridad, servicios generales y la amabilidad siempre con todas las personas, en especial de las posiciones más humildes, porque su trabajo es vital e importante, pero más su condición de personas.
En las culturas de la India y el mundo musulmán, si un hombre es querido y considerado bueno por su comunidad, su entorno y familia tendrá muchas personas queriendo cargar su féretro. Eso fue lo que pude observar tanto hace un año en las exequias en Jardines de Paz, como el pasado domingo 4 allí mismo en la misa anual conmemorativa, ya con menos personas conocidas presencialmente, pero si siguiendo la misa -que se transmite en las redes sociales del servicio funerario- con el amor, los recuerdos y la gratitud a un ser humano que dejó en este mundo todo lo que se pudiera definir como legado.
Las líneas del poema que mi primo Luis Enrique no ha leído públicamente y que solamente su esposa Adriana y yo conocemos que resume el amor, la gratitud y los tres valores de Rigail: honorabilidad, gran cultura y amor por el hogar. Lo que nos hizo personas, una familia y una historia que con sus vericuetos y desvíos, siempre nos hará transitar el tiempo que sea necesario y que nos depare el Destino a cada uno de nosotros.
¡Hasta siempre tío! Prometo ser mejor de lo que he sido y estar a la altura de su generosidad, afecto y apoyo. En su memoria irán mis triunfos académicos, políticos y empresariales si los hay. Mi tía y mis primos no estarán más solos.















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