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América Latina atraviesa hoy una coyuntura que parece confirmar una hipótesis que circula desde hace algunos años: la reactivación del Plan Cóndor. Los casos de Honduras, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Colombia, Perú y Argentina ofrecen elementos suficientes para sostenerla.
Recordemos que esta operación política se extendió entre 1954 y 1991, y que el golpe de Estado contra Jacobo Arbenz en Guatemala y la Constitución colombiana marcan su apertura y su cierre.
El fraude electoral en Ecuador con Daniel Noboa y el secuestro del presidente de Venezuela dan continuidad a ese proceso, que luego se proyecta sobre Colombia, Chile, Perú y otros países de la región.
La captura en Bolivia de Cerimedo, operador político (broker) de la corriente internacional de la ultraderecha en América Latina, aporta el dato que describe la red, conecta los casos anteriores y verifica la hipótesis.
Ahora, para que esto sea posible ha debido producirse, en ambos periodos, una convergencia entre actores que defienden intereses económicos extractivos, mafiosos y especulativos, unos liderazgos nacionales con sentido afectivo por USA, capaces de controlar a la oposición moderada propia y de movilizar movimientos sociales fascistas, frente a una amenaza concreta: el avance de un movimiento por la justicia global, bien sea climática, de género, étnica o socialista, cómo lo fue en su momento.
A este cuadro externo se añaden factores internos de las propias organizaciones en disputa contra esas tendencias. La fragmentación, la dependencia de figuras personales y la distancia entre dirigencias y bases limitaron su alcance, aun cuando su capacidad de convocatoria y su presencia habían aumentado.
¿Cómo gestionaron las sociedades esos episodios y lograron derrotarlos? Ha sido un proceso complejo, pero al menos tres aspectos pueden reconocerse en la investigación social. El primero fue una articulación colectiva en cada nación de movimientos resistencia civil, expresada en acciones colectivas territoriales con efectos más allá de las fronteras. El segundo, un pacto mínimo que rehízo el contrato social, con élites críticas bajo contención. El tercero, un reacomodo internacional tras la distensión del conflicto global, es decir, tras el desactivamiento de los grandes discursos de justicia.
¿Por qué se repite? Porque no se ha hallado una respuesta colectiva de fondo y la concertacio (a lo chilena lo agrava). En el orden nacional, esas sociedades apenas lograron deponer a sus líderes fascistas, y ni siquiera eso fue lo habitual, mientras las estructuras locales e internacionales conservaron intacta su capacidad de reacción.
Ahora, formular esa respuesta para el presente aún no es pertinente, pues cada época tendrá la posibilidad de repetir la historia como caricatura o como novedad. Por ahora se trata de señalar un conjunto de elementos y de volver a hacerlos posibles en la gente.
No debemos naturalizar la muerte de ninguna manera, y menos aún la que produce la guerra contra la gente pobre, sea legal o ilegal su actividad. Ese es un criterio de protección. El propósito político y social es el bien común y la vida buena, no la amenaza, la sorna, el desprecio y la humillación de quien tiene avaricia y la presenta con altivez ante el hambriento.
Los dueños de los medios de producción deben emprender acciones para democratizar su capacidad productiva, o de lo contrario la sociedad deberá arrebatársela. La tiranía de sus entornos laborales, además del robo de la ganancia, es una ignominia y un delito contra la humanidad.
Reconocer que estamos ante un nuevo ciclo no equivale a resignarse ante él. Que la historia haya tendido a repetirse no significa que esté obligada a hacerlo indefinidamente, y la diferencia entre repetir y renovar depende de lo que cada sociedad haga con su memoria. De ahí que convenga fijar un umbral que ninguna coyuntura pueda rebajar: la vida de las personas, empezando por las más pobres, no se negocia ni se justifica en nombre del orden, la seguridad o el mercado.
Ese umbral puede, además, operar como punto de encuentro. Las luchas climáticas, feministas y socialistas, que el poder percibe como un peligro común, hallan en la defensa de la vida un terreno compartido desde el cual coordinarse sin borrar sus diferencias. Si antes la articulación fue a la vez nacional, territorial y regional, y fue justamente eso lo que los poderes locales e internacionales debieron desactivar, hoy toca reconstruirla con más paciencia organizativa, con autocrítica sobre las debilidades propias y con menor dependencia de quienes se dejaron contener.
De este modo, los sectores críticos de las élites (intelectuales, políticos y económicos) enfrentan una disyuntiva: dejarse amansar otra vez o acompañar a los pueblos en el reparto del poder hoy concentrado. La codicia que se exhibe con soberbia ante quien tiene hambre no es una fatalidad económica sino una elección política, y como tal puede ser disputada.
Podemos, entonces, recuperar una senda hacia una humanidad en paz, con pan y felicidad.















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