Durante siglos, la imagen del poder tuvo rostro masculino. Los códigos con los que aprendimos a concebir la figura de un gobernante —autoridad, firmeza, ambición, confrontación, seguridad e incluso cierta dosis de arrogancia— se forjaron en un mundo en el que quienes ocupaban los principales espacios de decisión eran, casi exclusivamente, hombres. A medida que las mujeres comenzaron a entrar de manera más visible en la política, no solo tuvieron que competir por votos, defender propuestas o probar su capacidad: también tuvieron que aprender a habitar un modelo de liderazgo que no había sido construido pensando en ellas.
De ahí surge una paradoja que continúa siendo relevante: una mujer debe acreditar que posee suficiente carácter para ejercer el poder, pero puede ser castigada socialmente cuando parece tener demasiado. Debe ser firme, pero no agresiva; segura, pero no arrogante; empática, pero no emocional; aspirar muy alto, pero mesuradamente; cuidar su imagen, pero sin preocuparse especialmente por ella. Y, quizá lo más complejo, debe demostrar autoridad sin dejar de resultar agradable.
No se trata únicamente de una percepción. Un metaanálisis publicado en Journal of Communication, que examinó 90 estudios y más de 750 mil noticias, encontró que las mujeres políticas reciben mayor atención por su apariencia, vida familiar y género que sus colegas hombres. La evidencia sobre otras formas de sesgo es más compleja y varía según el contexto, una realidad que debemos reconocer si queremos discutir el tema con seriedad.
Esto no significa que toda crítica dirigida hacia una mujer sea machista, ni que los hombres estén exentos de ataques personales. Significa algo mucho más interesante: vale la pena preguntarnos qué estamos evaluando al juzgar a una mujer que pretende gobernar.
Margaret Thatcher entendió muy pronto que el poder no solamente se ejerce: se encarna. Su voz, su vestimenta, su postura, su cabello y su dicción integraron una identidad política de rasgos inconfundibles. Se puede estar completamente en desacuerdo con Thatcher y, aun así, estudiar la enorme sofisticación de la composición de su imagen. Era una mujer incursionando en un territorio históricamente masculino que tuvo que desarrollar una presencia acorde con las exigencias de ese escenario.
Décadas después, Hillary Clinton expuso otra cara del mismo problema. Su trayectoria fue analizada a lo largo de los años en torno a conceptos en tensión: competente, pero fría; preparada, pero calculadora; fuerte, pero poco cercana; experimentada, pero excesivamente ambiciosa. Investigaciones sobre la cobertura mediática de Clinton han utilizado su caso para estudiar el llamado «double bind»: el conflicto derivado de adoptar características tradicionalmente asociadas con el liderazgo mientras se espera de una mujer que conserve atributos culturalmente vinculados con la feminidad.
El escrutinio no termina en el carácter: se extiende a la vida privada. La vida familiar de las mujeres en política suele atraer más atención que la de sus colegas hombres. Pensemos en una pregunta, a primera vista, inocente: «¿Cómo combinará la maternidad con un cargo tan demandante?». Es perfectamente legítimo hablar sobre cómo conciliar familia y responsabilidades públicas. Lo revelador es preguntarnos por qué la misma preocupación se produce con mucha menos frecuencia cuando quien aspira al poder es un padre.
La maternidad de Jacinda Ardern, en pleno mandato como primera ministra de Nueva Zelanda, dio mayor visibilidad a ese fenómeno. No es que su situación familiar fuera irrelevante o que estuviera prohibido hablar de ella. Lo interesante era observar el peso que esa circunstancia personal podía adquirir en la valoración pública de su aptitud para desempeñar el cargo, una dinámica bastante menos común ante la paternidad de un jefe de Estado.
Las redes sociales añadieron una nueva dimensión. En otra época, la narrativa política estaba mediada principalmente por periodistas, editores, partidos, columnistas y medios de comunicación. Hoy cualquiera puede dirigirse directamente a una figura pública desde su teléfono. Eso democratizó el intercambio y, al mismo tiempo, el insulto. Una mujer con presencia pública puede abrir sus redes y encontrarse en apenas unos minutos con miles de opiniones no sobre aquello que propone, sino sobre su cuerpo, edad, rostro, ropa, voz o vida privada.
Cabe introducir un matiz: los hombres también reciben insultos, amenazas y campañas de desprestigio. Lo fundamental no es convertir el debate en una competencia para determinar quién sufre más: es analizar cómo se configura el ataque y en qué momento dejamos de rebatir una posición política para comenzar a juzgar a la persona por no cumplir con lo que esperamos de una mujer.
Gloria Álvarez: el precio de desafiar las expectativas
Es aquí donde llego a un caso que conozco mucho más de cerca. Actualmente trabajo con Gloria Álvarez desde Majo Salinas PR & Management, acompañando parte de su estrategia de comunicación, relaciones públicas, medios, posicionamiento y gestión de oportunidades. Lo aclaro porque considero importante que quien lea esta columna comprenda desde qué lugar escribo. No pretendo ser una observadora neutral de Gloria; tampoco escribo para pedir indulgencia hacia ella. Mi argumento es, de hecho, todo lo contrario: quiero que sus ideas reciban más escrutinio, no menos.
En 2019, Gloria anunció su intención de aspirar a la Presidencia de Guatemala; tenía 34 años. En ese momento existía un impedimento jurídico real: la Constitución Política guatemalteca establecía una edad mínima que ella aún no alcanzaba para ejercer la Presidencia. Eso es un hecho y no tiene sentido disfrazarlo de discriminación. Sin embargo, esa realidad jurídica convivía con otro tipo de cuestionamiento: no solo era demasiado joven para cumplir el requisito constitucional; a ojos de algunos, parecía demasiado joven para ser tomada en serio.
Transcurrieron los años. Gloria siguió estudiando, escribiendo, publicando libros, impartiendo conferencias, debatiendo y participando en la conversación pública internacional. Y ocurrió algo revelador: la mujer que antes era “demasiado joven” empezó a recibir comentarios porque ahora supuestamente “se ve vieja”.
De esa contradicción surge una pregunta inevitable: ¿cuál es la edad correcta?
Cuando una mujer es descalificada, primero por su juventud y después por el paso del tiempo, quizá la edad nunca fue realmente el problema. Cambió el argumento; el foco continuó puesto sobre ella.
Lo mismo sucede con sus credenciales. Gloria ha construido una trayectoria como politóloga, autora, conferencista y divulgadora de ideas. Una parte importante de su trabajo ha consistido en acercar conceptos políticos, económicos y filosóficos a públicos no expertos. Esa capacidad merece reconocimiento: puede abarcar el populismo, la libertad individual, las instituciones, la democracia o la economía y convertir asuntos complejos en una plática amena para una persona que nunca ha estudiado Ciencia Política.
Esto no significa que sus conclusiones sean correctas por definición. Un currículum no transforma una opinión en verdad. Significa que hay argumentos que discutir. ¿Qué premisa de Gloria es equivocada? ¿Qué dato no se sostiene? ¿Qué interpretación del liberalismo es incorrecta? ¿Qué propuesta para Guatemala sería mejor? Ahí empieza un debate intelectualmente sustantivo. «Está vieja» no refuta absolutamente nada.
A esto se suma su estilo. Gloria habla fuerte, gesticula, confronta, provoca y no muestra especial interés en pasar desapercibida. Puede gustar o incomodar. Ambas reacciones son legítimas. No obstante, vale la pena contrastar ese estilo con la manera en que hemos consagrado la imagen pública de algunos hombres.
Javier Milei, por ejemplo, hizo de la intensidad una parte central de su personaje político: gritos, grandilocuencia, polémicas y expresiones deliberadamente incendiarias y provocadoras. Para una parte de su audiencia, esos atributos reforzaron su autenticidad. Eran pasión, rebeldía, carácter, determinación. Si una mujer muestra una intensidad similar, pueden aparecer con mayor facilidad otros adjetivos: «estridente», «exagerada», «emocional» o «histérica».
¿Significa eso que cualquiera que considere excesivo el estilo de Gloria es sexista? ¡Claro que no! El estilo comunicativo también puede y debe criticarse. La cuestión de fondo apunta a una distinción más sutil: ¿interpretamos una intensidad equivalente de la misma forma cuando proviene de un hombre y cuando proviene de una mujer?
No quiero que critiquen menos a Gloria: quiero que la critiquen mejor. Impugnen su liberalismo, interpelen su visión del Estado, contradigan su interpretación del populismo, pregúntenle por Guatemala, pongan a prueba sus propuestas, identifiquen inconsistencias y exíjanle datos. Eso es exactamente lo que debería ocurrir en una sociedad libre. Gloria no necesita protección frente a las ideas contrarias; ninguna figura pública debería necesitarla.
Porque si después de libros, conferencias, entrevistas y años de participación en la conversación pública la respuesta más elaborada que ofrecemos es «está vieja», «está fea», «está loca» o «está histérica», entonces no hemos refutado a Gloria: simplemente hemos abandonado el debate.
De la descalificación a la escritura de un libro
Aquí la historia adquiere otra dimensión. Evidentemente, la exposición pública tiene consecuencias que no siempre vemos desde fuera. Detrás de una cuenta con miles de comentarios existe una persona que los recibe. Detrás de una campaña digital hay alguien que tiene que aprender a discernir entre una objeción legítima y una incitación al conflicto, entre un intercambio de ideas y un ataque personal, y entre el ruido cotidiano y una amenaza real.
Gloria lleva años viviendo esa experiencia y ha hecho de ella materia de trabajo. Su más reciente libro, Cómo defender la libertad y no suicidarte en el intento, aborda precisamente el ciberacoso, la cancelación y el costo de defender ideas públicamente en la era digital.
El origen de esta obra tiene una particularidad: no responde exclusivamente a una reflexión teórica sobre las redes sociales, sino a lo vivido al otro lado de la pantalla. Gloria sabe lo que significa ser tendencia, recibir ataques, enfrentarse a campañas digitales y descubrir que defender la libertad de expresión implica, además, desarrollar herramientas para resistir emocional y profesionalmente en un entorno que puede resultar extraordinariamente hostil.
Lejos de pretender que las agresiones desaparecieran —algo prácticamente imposible para cualquier figura pública—, Gloria aprovechó lo aprendido a lo largo de los años para proporcionar conocimientos que pueden resultar útiles a otras personas.
¡Y por eso la gira del libro le da continuidad a ese mismo diálogo!
El próximo 16 de octubre de 2026, Gloria Álvarez estará en la Feria Internacional del Libro Monterrey (FILMTY), en CINTERMEX, para presentar Cómo defender la libertad y no suicidarte en el intento. El encuentro tendrá lugar de las 16:00 a las 16:50 horas en el Auditorio JAC, seguido de una firma de ejemplares de las 17:00 a las 19:00 horas en Mesa 2.
Mi invitación no es «ve porque tienes que estar de acuerdo con Gloria». No. Mi propuesta es otra: ¡ve y escúchala! Si coincides con ella, pregúntale; si tienes dudas, pregúntale; y si estás profundamente en desacuerdo, probablemente tengas todavía más razones para hacerlo. Una sociedad libre no necesita que sus ciudadanos piensen igual: necesita que sean capaces de escuchar una idea que les incomoda y responder con otra.
Actualmente trabajamos para ampliar la gira de Gloria Álvarez y llevar sus ideas a nuevos espacios. Si representas a alguna feria del libro, universidad, organización, think tank, medio de comunicación, empresa, festival, foro o institución y te interesa contar con ella en tu ciudad o país para una conferencia, presentación de libro, entrevista o participación especial, puedes consultar su Press & Media Center. Allí tendrás acceso a su trayectoria, biografía, libros, fotografías, materiales para prensa e información de contacto.
Después de tantos años juzgando a Gloria por ser demasiado joven, demasiado intensa, demasiado ruidosa o ahora, ¡demasiado vieja!, quizá sea momento de intentar algo distinto: escuchar lo que tiene que decir.
Luego podremos concordar, disentir y debatir por horas. Así, al menos, estaremos recuperando algo que la política requiere desesperadamente: discutir ideas con ideas.

Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.














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