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Una cosa es cuando un adulto me pregunta qué es la inteligencia artificial y otra muy distinta es cuando me dice cómo puedo prender este celular para llegar a ella. La primera pregunta pide una explicación mientras que la segunda nos empieza a mostrar que hay otra discusión en otro lugar, justo uno que casi nunca aparece en los debates donde tanto se habla de esta tecnología.
Veo todos los días los debates, que por cierto considero necesarios. Veo a los grandes creadores de modelos de IA sostener decisiones y conversaciones que deberían ser tema de todos, como los sesgos de los modelos, los derechos de autor, el plagio, el temor por el reemplazo de empleos, el uso de datos personales, el sacrificio del pensamiento. Pero casi todos parten de un supuesto que rara vez se dice en voz alta y es que quien escucha ya tiene conexión, un dispositivo decente y ya sabe cómo usarlos. Sin embargo, para no quedarme con esa sensación, traigo unos datos que pueden aterrizar otras realidades a ver si logramos entender esto que llaman como “fenómeno” o “tecnodistopía”, porque a mí las realidades me han obligado a pararme en otro lugar y quedar con otra parte del cuento.
Empiezo por los adultos mayores, de quienes ya he escrito y que mi afinidad me convoca a mirarlos primero a ellos. La gran encuesta TIC del año 2017 mostró que el 43% de los mayores de 55 años no usaba internet porque no sabía cómo y en cifras más recientes del DANE muestran esa misma dirección. Más de 6 de cada 10 adultos mayores encuestados no usan internet y dicen que no lo hacen porque no saben cómo. Es ahí donde podemos decir que no es rechazo hacia la tecnología, muchísimo menos es desinterés, yo creería más bien que nadie les ha mostrado dónde dar el primer paso al acceso con confianza.
Y no es solo cuestión de edad, porque hay otras miradas y una es a las escuelas rurales. Me pareció en medio de tantas fuentes una muy diciente de algunos observatorios educativos con datos del Ministerio de Educación, el DANE y el Icfes, donde estimaron que el 70% de las instituciones rurales no tiene acceso a internet y que si bien existen buenos avances como el reporte del Ministerio TIC de escuelas rurales conectadas, que pasaron de 4.275 a más de 19.544, aún la desconexión es amplia. Pese a eso, en los retos, veo a la Inteligencia Artificial Generativa como gran aliada. Porque es claro que conectar una obra o edificación no está garantizando para nada que quienes están dentro sepan qué hacer con esa conexión, ni que el contenido les llegue en un lenguaje que entiendan y que puedan verificar.
También hay una preocupación notable en los medios y en las aulas, y es la pérdida de habilidades blandas o de creatividad por causa de las automatizaciones, pero pasa algo con las cifras de la lectura que muestran que al 2025, en nuestro país, casi 2 millones de personas de 10 años o más no saben leer ni escribir…entre ellas personas en zonas rurales. Yo sí considero que antes de ponerle barreras hay que hacer que una herramienta que se maneja con la voz y responde en lenguaje cotidiano pueda volverse útil y de aprendizaje guiado para muchas de ellas. Haciendo la salvedad de que claramente se necesita a alguien que primero tiene que explicarles por qué existe y cómo se usa.
Para ir finalizando el tema con cifras, me gusta dar una mirada rápida para hablar del trabajo porque cuenta una historia similar. El DANE reportó que la informalidad fue de 54,6% en el trimestre mayo a julio de 2026. Una cifra que no deja de preocupar desde hace muchos años y que es una de las que más disputas o narrativas le imponen según el indicador que quieran evaluar. Lo que sí considero al menos en estas letras es que el sostenimiento de un negocio sin cotizar, de esos emprendedores que son los que resuelven su vida con revender o hacerse al diario ya pueden apoyarse en esas habilidades guiadas desde su celular con herramientas de Inteligencia Artificial Generativa que les ayudan con ideas, pequeñas acciones a partir de textos para crear ofertas, publicidades y elementos que nunca han podido hacer sea por falta de formación, recursos o desconocimiento.
Es por esto y por otras dudas que rondan ante este “boom” de aplicaciones impulsadas por Inteligencia Artificial y el acceso a ella de cualquier persona con internet y un dispositivo sea computador o celular, que creo que el debate tiene que ampliarse hacia otros derechos digitales, y no quedarse solo en si la IA es buena o mala. ¿Quién tiene derecho a conectarse y en qué condiciones? ¿A recibir información que pueda entender? ¿A que un trámite digital tenga una alternativa presencial cuando no puede hacerlo en línea? ¿A saber qué se hace con sus datos? ¿A que le expliquen cómo reconocer una llamada o un mensaje fraudulento antes de que le vacíen lo que tiene en la cuenta? Son preguntas anteriores a cualquier discusión sobre algoritmos, y que no deberían darse por resueltas. Me gusta a propósito de esto una frase de Gustavo Beliz, muy sencilla pero aterrizada: “El genio de la IA ha salido de la botella y no volverá a su origen”.
Ahí es justo donde creo que los comunicadores tenemos una tarea que no es menor porque palabras como prompt, modelo de lenguaje, alucinación o algoritmo nos suenan normales porque trabajamos con ellas todos los días. Pero es claro que para buena parte del país es solo ruido o de “otro mundo”. Desescalar el lenguaje no va a hacer pequeño el conocimiento ni va a quitarle rigor a lo que se dice, pero ayuda mucho a traducir con cuidado, poner en común lo que sabemos para que las decisiones sobre estas tecnologías las pueda entender y discutir cualquier persona, y no solo quien ya habla ese “idioma” fuera de la informática. Es, en últimas para concluirlo, un asunto de derechos.
Dejo una pregunta para la próxima vez que hablemos de inteligencia artificial tomando un café, en una clase o en una columna como esta: de las personas que estamos nombrando, ¿cuántas entenderían lo que estamos diciendo?














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