Los políticos prometen arrebatarles el poder a las “explotadoras y codiciosas corporaciones” para entregárselo a la “sociedad”. Nada más lejos de la realidad. Y si alguien todavía lo duda, basta con acudir a los Socialistas Democráticos de América, que ya ni siquiera se molestan en disimular sus intenciones. En julio, la organización publicó un manifiesto en el que exigía a Estados Unidos «establecer la propiedad pública de las corporaciones más grandes y las industrias esenciales para garantizar el control democrático y la rendición de cuentas ante el pueblo».
Esa no es una propuesta para aumentar los impuestos, endurecer las regulaciones o ampliar el Estado de bienestar. No. Es una exigencia de sustituir la propiedad privada de las empresas más grandes de mi país por la propiedad gubernamental.
El lenguaje está diseñado para resultar atractivo. Y vaya si lo consigue: ¿por qué un puñado de multimillonarios debería controlar las grandes corporaciones mientras todos los demás nos quedamos atrás? ¿Por qué no debería el “pueblo” ser propietario de esas empresas?
«¡No más ejecutivos codiciosos acumulando fortunas y trabajadores ganando una miseria!» (Ajá, claro). «No hace falta nacionalizar todas las empresas, sino únicamente aquellas industrias “esenciales” consideradas demasiado importantes para operar con fines de lucro o permanecer en manos privadas». Suena razonable, ¿verdad? Después de todo, el poder finalmente pasaría de las malvadas empresas a la sociedad.
¡Hombre, si fue prácticamente la misma fórmula con la que Fidel Castro les vendió el comunismo a los cubanos! La historia demuestra que la “propiedad del pueblo” suele traducirse en control gubernamental. Porque, claro, el poder no termina en el pueblo, sino en los despachos de los políticos y los burócratas. ¡Qué sorpresa!
Castro no se presentó ante los cubanos proclamándose comunista ni prometiendo someter cada rincón de la economía nacional a la autoridad del Estado. Afirmaba luchar contra la corrupción, la desigualdad y la concentración de la riqueza. La propiedad privada y el capitalismo se convirtieron en los villanos de la película. ¿La solución? Colocar las principales industrias del país bajo el control del “pueblo”.
La retórica parecía justa y humana. Los propietarios adinerados perderían poder y los cubanos comunes lo ganarían. La primera parte ocurrió… la segunda no.
Los particulares perdieron el poder, pero este jamás llegó al cubano de a pie. ¡El Estado lo acaparó por completo! Hoy, los cubanos padecen represión política, escasez crónica y pobreza extendida.
«Nada te pertenece. Todo le pertenece al gobierno», recordó la gran Rosa García, una sobreviviente de la Cuba castrista, en una entrevista para Young Americans Against Socialism. Rosa presenció la transformación de primera mano. Recuerda que Castro les aseguraba a los cubanos que su revolución no era comunista. Muchos le creyeron; algunos colgaron carteles en sus puertas que decían: «Esta casa es tuya, Fidel».
A medida que se expandía el control gubernamental, los derechos de propiedad privada fueron arrasados. Con ellos, se esfumó la posibilidad de adquirir bienes, generar riqueza o tomar decisiones económicas básicas sin el permiso del Estado.
Cuando la familia de Rosa solicitó salir de Cuba, funcionarios gubernamentales acudieron a su casa e hicieron un inventario de todas sus posesiones para impedir que se llevaran nada. Los utensilios, la ropa y hasta los objetos más cotidianos eran considerados propiedad del gobierno. ¡Esa es la realidad detrás del lenguaje idílico de la propiedad colectiva! Lo que supuestamente es de todos termina a merced de quienes ejercen el poder.
La propiedad pública conlleva enormes costos económicos. La propiedad privada ofrece a las personas incentivos para crear, invertir, innovar y satisfacer las necesidades de sus clientes.
Cada teléfono inteligente, computadora portátil, medicamento que salva vidas, plataforma digital y demás productos de los que dependemos existen porque alguien tuvo la libertad de asumir un riesgo y la oportunidad de cosechar los frutos de su éxito.
Antes de la revolución de Castro, Cuba figuraba entre los países más prósperos de América Latina. Actualmente, atraviesa una profunda crisis económica, con aproximadamente el 94 % de su población en situación de pobreza extrema, según el Observatorio Cubano de Derechos Humanos.
Suprime la propiedad privada y haces algo más que redistribuir la riqueza: socavas la motivación para construir empresas, desarrollar tecnología, crear empleos y forjar la prosperidad que esas actividades hacen posible.
Los partidarios del socialismo democrático objetarán razonablemente que el «Estados Unidos moderno» no es la «Cuba revolucionaria». Estados Unidos tiene instituciones más sólidas, una cultura política diferente y protecciones constitucionales que Cuba no preservó. La propiedad pública de una empresa no desemboca automáticamente en un Estado comunista de partido único. No obstante, esa distinción no elimina el peligro subyacente.
La nacionalización comienza con los blancos más fáciles: empresas altamente rentables, multimillonarios acusados de ganar demasiado e industrias que los políticos catalogan como estratégicas y pretenden arrebatar al sector privado.
Una vez que la sociedad acepta el principio de que el gobierno puede sustituir la propiedad privada siempre que los políticos decidan que un propietario es demasiado rico o una empresa demasiado importante, desaparece cualquier límite claro a esa facultad.
¿Por qué detenerse en las corporaciones más grandes? Toda industria colocada bajo propiedad pública les otorga a los funcionarios gubernamentales mayor potestad para determinar cómo se utilizan los recursos, qué servicios se ofrecen y quiénes pueden acceder a ellos.
La historia de Cuba demuestra la rapidez con la que el control de unas pocas “industrias clave” puede desencadenar una ofensiva contra la propiedad privada. Sería ingenuo que Estados Unidos adoptara ese principio creyéndose inmune a la tentación de extenderlo.
La propiedad pública no le entrega el poder al pueblo: se lo concede al gobierno y le pide a la ciudadanía que confíe en que este jamás abuse de él.
Esta columna fue publicada originalmente en inglés por Blaze Media y en español por El Insubordinado.














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