Lioness: la guerra que llevamos dentro

Detrás del espionaje, las misiones encubiertas y las traiciones, la serie de Taylor Sheridan deja una pregunta incómoda: ¿y si el enemigo nunca estuvo del otro lado de la frontera?

Desde niño aprendí que el mundo se dividía en buenos y malos. Lo aprendí en las caricaturas, en la escuela y en los noticieros de la noche. Con los años esa línea se fue borrando, y hoy, después de ver el cierre de la tercera temporada de Lioness, me pregunto si alguna vez existió. Paramount+ estrenó este 20 de septiembre el último episodio de la temporada de la serie creada por Taylor Sheridan, con Zoe Saldaña al frente como Joe McNamara, la agente de la CIA que dirige un programa de mujeres infiltradas en los círculos más peligrosos del planeta. Acompañada otra vez por Nicole Kidman y Morgan Freeman, esta entrega se mueve entre redes ocultas, operativos extranjeros y traiciones personales. A primera vista parece otra historia de misiones, disparos y secretos de Estado. Pero debajo de todo ese aparato militar hay algo más inquietante: nadie en la serie se siente el villano. Todos creen estar del lado correcto.

Nacemos en un mundo que ya estaba dividido antes de que llegáramos, y pasamos la vida defendiendo fronteras que nosotros no trazamos.

Y ahí está, creo, el verdadero conflicto. Un estadounidense crece con una historia que le explica quién es su país; un ruso, con otra; un mexicano, con otra más. Cada bandera trae consigo héroes, enemigos, himnos y muertos que debemos recordar. Nacemos en un mundo que ya estaba dividido antes de que llegáramos, y pasamos la vida defendiendo fronteras que nosotros no trazamos. De alguna manera nos programan la familia, la escuela, la religión, la patria y hasta las heridas. Lo grave no es eso. Lo grave es que un día confundimos esa programación con la verdad. Por eso me llamó la atención la manera en que Lioness retrata a potencias que se amenazan, se espían y se sancionan, pero nunca dejan de hablarse. Rusia y Estados Unidos, en la ficción y fuera de ella, parecen saber que incluso para ser enemigos necesitan conversar. No creo que exista una habitación secreta donde se reparten el mundo mientras fingen odiarse. La explicación es más sencilla y, al mismo tiempo, más confusa: somos contradictorios. Negociamos con quien despreciamos, necesitamos al adversario y defendemos en público lo que en privado sabemos que es mucho más complicado.

Mientras veía a Joe partirse entre la misión y su casa, entre el deber y su familia, pensé que quizá llevamos siglos buscando las causas de nuestras guerras en lugares demasiado complicados. Tal vez estaban escritas desde hace mucho: soberbia, avaricia, ira, envidia. Los llamamos pecados capitales y, creyentes o no, es difícil mirar la historia sin encontrarlos caminando entre sus páginas. ¿Cuántas fronteras se dibujaron con soberbia? ¿Cuántos imperios crecieron por avaricia? ¿Cuántas venganzas empezaron con un arranque de ira? Hemos cambiado las espadas por drones y los castillos por centros de inteligencia, pero seguimos cargando los mismos demonios.

Hemos cambiado las espadas por drones y los castillos por centros de inteligencia, pero seguimos cargando los mismos demonios

Lo que más me incomoda es lo cómodo que resulta pensar que el problema está en Washington, en Moscú o en cualquier oficina donde alguien observa un mapa. Así podemos señalarlo y convertirlo en enemigo. Mucho más difícil es aceptar que esas mismas fuerzas viven, en proporciones infinitamente menores, dentro de nosotros. También queremos tener la razón, también acumulamos, también nos enfurecemos. La diferencia, me parece, es solo el tamaño del tablero. Lioness no es una serie perfecta; a ratos se pierde entre balaceras y exceso de testosterona. Pero en sus mejores momentos nos recuerda que ningún sistema político ha logrado escapar de la naturaleza humana. Podemos derribar gobiernos, inventar ideologías y cambiar banderas. Sin embargo, si quien levanta la nueva bandera carga la misma soberbia y la misma ira, tarde o temprano terminará construyendo aquello que juró destruir.

Quizá por eso seguimos peleándonos. Porque hemos intentado corregir el mundo sin corregir al ser humano. Y mientras no lo entendamos, seguiremos como aquel niño que aprendió a dividir el mundo en buenos y malos: buscando al enemigo del otro lado del mapa, sin atrevernos a mirar el único territorio que nunca hemos querido conquistar, el propio.

Rubén Eduardo Barraza

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Rubén Eduardo Barraza

Maestro en la Universidad La Salle // Experto en cine.

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