Hay gestos que no se miden por el aplauso ni por el protocolo: se miden por la incomodidad que provocan. El discurso de Javier Milei ante la Asamblea General de las Naciones Unidas pertenece a esa estirpe. En el corazón mismo de la burocracia internacional, el presidente argentino eligió no suavizar, no contemporizar, no traducir su pensamiento al idioma de las resoluciones vacías. Prefirió, como él mismo recordó, «una verdad incómoda a una mentira confortable». Y lo hizo con una coherencia que resulta casi escandalosa en un escenario donde la coherencia suele considerarse de mal gusto.
Milei no improvisó una provocación. Desplegó una línea de argumentación que viene sosteniendo desde que llegó al poder: la ONU ha devenido una institución inútil que alimenta una casta de parásitos fatalmente arrogantes disfrazados de burócratas bien intencionados. No es una frase aislada. Es el diagnóstico de quien observa, sin sentimentalismo, el abismo entre las palabras fundacionales del organismo y su práctica real. Donde debía garantizar la seguridad colectiva y los derechos humanos, ha tolerado el caos, la violencia y el terrorismo internacional; donde debía defender la soberanía de sus miembros, ha mirado hacia otro lado en la cuestión de Islas Malvinas; donde debía preservar la libertad, impulsó durante la pandemia un experimento global de control social disfrazado de ciencia.
La valentía no consiste solo en pronunciar estas palabras: consiste en hacerlo sabiendo que se enfrentará a la reprobación automática de quienes confunden multilateralismo con subordinación y diplomacia con hipocresía. Milei no pidió permiso para reclamar lo que Argentina considera una causa nacional; recordó que las resoluciones de la ONU sobre las Malvinas llevan décadas en los archivos, intactas e impotentes, mientras la otra parte actúa en sentido contrario. ¿De qué sirve una resolución si no tiene consecuencias? La pregunta es demoledora porque es sencilla, y la respuesta, implícita, es aún más clara: una institución que no logra que sus palabras pesen sobre los hechos pierde autoridad.
Esa coherencia se extiende también al alineamiento geopolítico. Milei no se limitó a criticar. Proclamó, sin ambages, que Argentina está con Occidente… y con Israel. En un foro donde votar sistemáticamente contra el Estado hebreo se ha convertido en un ritual, esa declaración no es retórica: es una posición de principios. Del mismo modo, al rechazar la injerencia estatal en el desarrollo de la inteligencia artificial y reivindicar la libertad como motor de productividad —con Adam Smith de fondo—, no está improvisando un discurso tecnológico. Está aplicando a la frontera del siglo XXI la misma lógica que aplica a la economía y a la soberanía: la libertad no es un riesgo que deba ser administrado por burócratas, sino la condición de la prosperidad.
Europa, tan aficionada a los consensos blandos y a las condenas selectivas, debería prestar atención. Porque lo que Milei ha hecho no es un capricho de outsider: es la afirmación categórica de una idea elemental. Las instituciones internacionales no tienen valor por el solo hecho de existir. Lo tienen en la medida en que sirven a la soberanía de las naciones libres, a la seguridad colectiva real y a la dignidad de las personas. Si dejan de hacerlo, degeneran en lo que él ha descrito sin adornos: una organización que alimenta parásitos.
Hay quienes verán en este discurso una falta de tacto. Otros, una provocación innecesaria. Se equivocan. En un mundo saturado de eufemismos, resoluciones sin consecuencias y moralismo sin poder, decir la verdad con claridad no es una falta de elegancia: es un acto de valentía. Y la coherencia con la que Milei ha enarbolado esa verdad —durante la pandemia, en su respaldo a Israel, en el reclamo de las Malvinas y en su defensa de la libertad tecnológica— eleva ese acto a algo todavía más infrecuente: un ejemplo.
La paz, la soberanía y el progreso no se construyen con frases de consenso: requieren intereses definidos, aliados identificados y la capacidad de llamar a las cosas por su nombre. Milei así lo ha demostrado. Y por eso, en el templo de los eufemismos, su voz ha resonado con la fuerza de las convicciones que incomodan y la contundencia de aquellas que se resisten al silencio.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.














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