2025 no fue un año de errores aislados ni de “malas interpretaciones”. Fue el año en que el poder dejó de disimular.
Los hechos ocurridos en México durante este año revelan una constante preocupante: un gobierno que se dice del pueblo, pero que desprecia sistemáticamente al ciudadano, especialmente cuando ese individuo piensa distinto, cuestiona o simplemente no aplaude. Quien disiente deja de ser “pueblo sabio y bueno” para convertirse, según la narrativa oficial del momento, en financiado por la “oposición”, el “neoliberalismo”, la “ultraderecha” o cualquier etiqueta útil para deslegitimar su voz sin debatir sus argumentos.
La represión que hoy se vive en México no llega, al menos todavía, con tanques ni escopetas. Se aplica de manera mucho más sofisticada y peligrosa: ultravigilancia política, estigmatización pública, persecución selectiva y uso del aparato estatal –con recursos públicos– para intimidar. El caso de Edson Andrade no es una anomalía: es una advertencia. No es el único, pero sí el mensaje más claro: disentir tiene costo.
Lo más grave es que esta lógica ya no se limita a actores políticos tradicionales. La oposición dejó de ser únicamente “los partidos” y pasó a ser cualquier persona, sin importar raza, género o edad, que no acepte la narrativa oficial. Bajo esta lógica, el punto más alarmante del año fue la llamada Marcha de la Generación Z, tratada no como una expresión legítima de inconformidad, sino como una amenaza. Desde el discurso oficial se sembró sospecha, se señaló y se etiquetó. Pavoroso. Cuando un gobierno comienza a ver a sus jóvenes como enemigos potenciales, el problema sale del terreno político y cae en el moral.
Al mismo tiempo, se utilizó una estrategia recurrente: desviar la atención del autoritarismo señalando agravios simbólicos. Un clásico de La mañanera de Sheinbaum fue que la crítica legítima fuera desplazada por la victimización política, utilizando incluso la condición de mujer de la presidente como escudo discursivo. Defender la dignidad de las mujeres es una causa liberal irrenunciable; instrumentalizar el género para evadir la realidad no lo es. Cuando el poder se protege con identidades en lugar de responder con argumentos, algo se está rompiendo.
En cuanto al gasto público, solo evidenció una desconexión absoluta entre las prioridades de los mexicanos y los hechos. La inversión en seguridad, el problema común más urgente, no fue significativa; menos aún lo fue el abasto de medicinas. Lo que sí fue notorio fueron las compras millonarias, los proyectos faraónicos y los contratos opacos. No hay austeridad cuando se trata del poder; solo hay desprecio cuando se trata del ciudadano común. Se recorta en salud, se improvisa en educación, se minimiza la inseguridad, pero no se escatima en propaganda ni en mecanismos de control.
Lo que sucede dentro del país se refleja sin matices en el extranjero. La política exterior mexicana dejó de ser neutral para convertirse en cómplice del autoritarismo. Defender al régimen venezolano bajo el pretexto de la “soberanía de los pueblos” no es diplomacia: es marcar una postura ideológica clara. Una postura que rechaza la libertad cuando resulta incómoda, razón por la cual se evita reconocer a figuras como María Corina Machado, y que prefiere el autoritarismo cuando es afín. Un gobierno que no condena dictaduras no es prudente: es coherente con su propio proyecto de poder.
2025 nos dejó una lección incómoda pero urgente: la democracia no se pierde de golpe, se erosiona. Se erosiona cuando el poder se siente moralmente superior, cuando el disenso se vuelve sospechoso, cuando el ciudadano deja de ser sujeto de derechos y se convierte en obstáculo. La crítica no es odio ni nostalgia. No. Es la defensa básica de algo elemental: la libertad individual, los límites al poder y la dignidad del ciudadano.
Si este año nos enseñó algo, es que callar no es neutralidad: es concesión.












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