Opinión

¡Cómo me duele matarte!

Viernes, pasada la medianoche, sobrio y con una angustia deshinibida pienso en matarte. Sé que no es fácil, y que el instinto muchas veces pasa a ser una decisión –en ocasiones coherente y muchas otras veces más aislada de la razón–.

No te merezco, quizá tampoco me mereces tu a mi, ni nadie de ellos, de los que no están presentes pero siempre tienen su boca lista para expresar odio, para juzgar, para pasar de la crítica constructiva a la criticadera; por ellos, paradójicamente, es que aún sigues viva, que no he decidido matarte.

No quiero justificarme por hacerte daño, solo tengo mil razones para acabar contigo, ya intenté cambiarte, moldearte a mí manera y encasillarte en ello que a todos pudiese gustarle, te volví mí musa, mi más hermosa producción; te hice real en un mundo donde pocos creen en ti y, menos aún, tienen la valentía para engendrarte de manera libre, imparcial, sin sesgo alguno.

Ya te amé, te odié, renegué de tí… hasta te olvidé; también quise retomarte, con pasión, con ternura, acariciándote con mi pluma, dibujándote en los mejores lienzos. ¡Ya no sé qué más hacer contigo! ¡Cómo me duele matarte!

Ya te formé, te eduqué… te di la oportunidad de crecer conmigo, te tuve siempre a mi lado, te hice mi sombra, parte de mí, mía tan mía y moldeada por tantos… pero al fin de cuentas mía, tan mía y solo mía.

Sábado, sigue siendo de madrugada, no dejo de pensar en ti, en tus múltiples formas, en ti que eres lenguaje universal, amor de muchos odio de otros tantos, desvelo de casi todos. Tu, compañera nocturna, taciturna, amiga de mi bohemia y complaciente de mis temores, tu tan tú, solo tú en un universo incompresible y poco tolerante, un mundo que anhela matarte como yo, solo yo, tan yo que me asfixio con tu complejidad, me pierdo entre tus líneas y deliro con aprehenderte, poseerte, dominarte, tenerte sujeta a mi, esclava de mis deseos y reveladora de mis demonios. Tu, subyugada a mí, parte mía y presa en mí cárcel carnal.

Ya no sé cómo desprenderme de ti, ya no sé cómo acabarte, como desdibujar tus huellas, como borrarte, matarte para siempre. Ya no sé si me haces bien o mal, ya no puedo ni quiero vivir sin ti, ya eres mía tan mía como yo tuyo tan tuyo, eres gloria en mi universo existencial, eres éxtasis en un manantial de letras para un ser hedonista como yo. Eres mi karma y a la vez mi nirvana, eres mi constructo de dios.

Ya no estoy seguro de matarte, y ¡cómo me duele hacerlo!, ahora solo quiero evocarte, pintarte, hacerte real en una época donde has perdido valor, donde si alguien te crea lo hace por deber social, laboral, con desprecio hacia ti y develando frivolidad. Ahora solo quiero escribirte, escritura, por siempre, hasta el fin de mis días y dibujarte en mi tumba, en el lienzo eterno, como epitafio marcado para un hombre que solo vivió por ti.

Esto fue escrito por

Henry Orozco

Un hombre apasionado por la escritura, la narrativa y el periodismo. Estudiante de Comunicación Social, amante de las historias e interesado en las nuevas tecnologías. Ha escrito para diferentes medios locales y nacionales; además, incursiona en el mercado digital como influenciador en redes sociales.