Proceder o vivir ¿la ciencia para qué?

En los planes de estudio de todas las disciplinas es usual dedicar una parte del tiempo de los estudiantes universitarios a un espacio académico que tiene mucho sentido: la epistemología. Sin embargo, es usual pensar que esta ciencia filosófica, encargada de pensar la ciencia y sus métodos, cae en un procedimentalismo de hartazgo que conspira contra la misma idea de un saber para la vida. En efecto, inscritos en las dinámicas académicas del pensar correcto y de estandarización, se ha solido interpretar que la ciencia debe ser estudiada como un modo de proceder, un método que resolverá todas nuestras relaciones con el conocimiento y su impacto en la sociedad. Es por ello que resulta conveniente preguntarnos sobre el para qué de la ciencia.

Una respuesta a esta finalidad es la siguiente. Se hace ciencia con la intención dominar el estudio de los fenómenos a través de la metodología. Esta es la prioridad epistemológica para que el profesional del futuro garantice que su modo actuación sea pulcro, exacto y se fundamente en un sistema de prácticas aseguradas y certificadas por las autoridades competentes (los maestros y las instituciones universitarias).

Este esfuerzo de adoctrinamiento se refuerza si sumamos a ello su interiorización, por medio de una enseñanza de la ciencia que se concentra en el fomento de la capacidad para formular una pregunta de investigación, hacer una hipótesis que resuelva el problema planteado, la habilidad para la escogencia de las mejores fuentes de clasificación de la información de tal modo que garantice que el conocimiento que se asimila será veraz, pertinente, etc..

Sin lugar a dudas todo ello hace parte de lo que con el filósofo moravo Edmund Husserl (1859-1938) se conoce como una ciencia de hechos, y como él mismo sostiene una ciencia de hechos solo hace seres humanos de hechos.

En efecto, en una conferencia impartida por pensador mentado y que se conoce como La filosofía en la crisis de la humanidad europea (1935) se plantea lo siguiente. Todo intento por generar conocimiento científico tiene una tendencia hacia el progreso. Pero esta idea del mejoramiento se encuentra en vilo porque la idea de  humanidad está confrontada por dos visiones antípodas del conocimiento: la diferencia entre la medicina científico natural y la medicina naturalista. Hoy día hablaríamos de la diferencia entre las ciencias débiles frente a las ciencias fuertes.

Esta diferencia muestra dos vías posibles de adquirir conocimiento. Una que parte de la empirie y la tradición popular y otra que parte de los conocimientos puramente teóricos. Esta división en el conocimiento genera la crisis en la orientación de la ciencia que se promueve para comienzos del siglo XX en Europa. Pero esta crisis no ha dejado de hacer ruido en las dinámicas de conocimiento de la actualidad, siendo la misma que se vive al interior de la epistemología en su afán de metodologizar la vida y el conocimiento.

A su vez, esta diferencia se hace notaria si se aprecia que las ciencias del espíritu (la psicología, la filosofía, la sociología, etc.) han fijado su atención teórica en la vida personal de los seres humanos, que es un vivir en comunidad. Para estas ciencias la vida no tiene un sentido fisiológico o predecible desde la conmensurabilidad matemática sino que parte de una relación a fines. La vida conforme a fines es la vida que crea valores, esto es, la vida de la cultura y que tiende a pensar cómo lograr una ciencia de la vida más armoniosa con los entornos biológico que nos rodean, o cómo facilitar la vida de las personas en medio de la velocidad y la aceleración del tiempo en la que nos confronta las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC).

En medio de esta crisis la preocupación por la subjetividad pasa a un segundo plano. Quienes conocen las ciencias modernas argumentan que estas mismas gozan de grandeza en razón del método que desarrolla, en donde se da el paso de lo sensible a la explicación exacta. Lo que concierne al sujeto se torna relativo, por ello adquiere un valor agregado el dominio de objetividad que proporcionan las leyes que formula de manera universal la ciencia matemática. ¿Sería esto posible?

Mientras tanto, la situación metodológica de las ciencias del espíritu se da en un plano diferente, que es el de la naturaleza humana y cuya vida psíquica se funda en la corporeidad, que por analogía es el cuerpo de la comunidad. Las ciencias del espíritu no tienen por objeto el espíritu mismo, sino el cuerpo. Las ciencias naturales pueden hacer abstracción de la vida psíquica del sujeto e incluso de su naturaleza corporal. De ahí que su manera de proceder se caracterice por la universalidad. A pesar de ello, el investigador de la ciencia del espíritu no puede hacer abstracción del alma humana, pues sería tanto como desconectarla de su corporeidad tanto individual como comunitaria.

El investigador que procede y no vive dedica el estudio de las ciencias del espíritu hacia la naturaleza de la phyke humana, que se encuentra en sí misma, desconectada de la corporalidad personal y cultural. Aquí podríamos hacer explícto el afán de pensar la ciencia desde la neurociencia. En esta nueva modalidad la neuro-epistemología, la neuro-filosofía, y hasta la neuro-ética se han convertido en la nuerósis de la epistemología de las disciplinas en la actualidad. Sin embargo, lo que ocultan estos inventos epistemológicos es que el investigador mata la corporalidad, porque como ya lo señalara Husserl en la conferencia evocada la ciencia natural determina que el cuerpo es una una res extensa manipulable al cálculo de la cuantificación. La neurociencia como la pura ciencia natural crean estilos del investigar en donde se desconoce el concepto de naturaleza, la cual tiene un significado más profundo a partir de la noción de cultura. La naturaleza es “el mundo circundante histórico de los griegos no el mundo objetivo en nuestro sentido, sino su «representación del mundo», esto es, su propia validez subjetiva en todas las realidades en él vigente, entre ellas, por ejemplo, los dioses, los demonios, etc. (Husserl, p. 326). En síntesis, el mundo de los Griegos es el de los dioses y de los demonios y no el de una forma pura del conocimiento objetivo. Lo mismo diríamos de nuestros antecedentes espirituales y epistemológicos que nos conectan con la verdad y la universalidad que emanan del mito, lo simbólico y lo sacrificial en las tradiciones mundano-vitales de los Mayas, Aztecas, Incas, Muiscas, Caribes, etc.

En definitiva, para una ciencia de la vida el mundo circundante tiene valor porque conecta con lo espiritual: “Nuestro mundo circundante es una formación espiritual en nosotros y en nuestra vida histórica. (…) De ahí la validez general de lo siguiente: considerar la naturaleza del mundo circundante como algo extraño en sí al espíritu y pretender, en consecuencia, fundamentar la ciencia del espíritu en la ciencia de la naturaleza, con el fin de hacerla presuntamente exacta, es un contrasentido” (Husserl, 1991, p. 327). Lo natural, desde lo Griegos, como en los Incas o los Muiscas, es aquello que circunda el mundo, desborda los límites de la pura subjetividad, insertando al ser humano  en las dinámicas socioculturales y religiosas del mundo vital. La ciencia de la vida es profundamente espiritual y esto no puede ser entendido por una ciencia limitada en el entrenamiento hacia lo procedimental.

Planteadas estas premisas tendría sentido preguntar ¿la ciencia para qué?


Bibliografía

Husserl, Edmund (1991). La crisis de la humanidad europea. Pp. 323-358. En: La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. Crítica: Barcelona.

About the author

Juan Sebastián Ballén Rodríguez

Licenciado en Filosofía y Letras
Magister en Filosofía
PhD. en Filosofía

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