Multiversos para el arte y la cultura

Precisamos de espacios públicos para el arte, aun cuando su presencia en estos es lo que ocasiona una pausa en la manera cotidiana de habitarlos; puesto que, si vamos caminando por la calle y de pronto vemos o escuchamos a una estatua humana, un grupo de música, un actor, un bailarín, e incluso un DJ o VJ reconocemos que esos creadores y artistas se encuentran en un lugar por el que antes pasábamos de largo, pero que ahora es un espacio que se transforma. Deja de ser el espacio del tránsito y se convierte en el escenario del disfrute, del «buen vivir de la ciudad», uno que hace de la ciudad un lugar para la gente. Por eso, en nuestra ciudad edificios como el Centro Cultural Vásquez cuando son intervenidos con arte y cultura se hacen más visibles, porque aparece un elemento que antes no existía en el foco, aún más, cuando se trata, por ejemplo, de espacios que forman parte de vías vehiculares principales o de alto flujo, pues estas dejan de ser paisajes planos y empiezan a destacar con aquello distinto que se cruza y que nos otorga el derecho a reconocernos e identificarnos, a hacernos parte de la realidad social que moviliza los planos creativos para convertirnos en una ciudad cultural.

Los espacios públicos que se integran con el arte y la cultura también varían dependiendo de su naturaleza y de las relaciones que establecemos con ellos, tal como sucede con las casas de la cultura que hemos denominado como E-CREA (Espacios para la Creación y Exhibición de las Artes) en Medellín y que guardan una diferencia con las bibliotecas, porque quizás lo que mueve a las casas de cultura es que en sí mismas son espacios de creación y experimentación artística, cultural y social que moviliza las acciones y productos que configuran la cultura. Aunque las bibliotecas son lugares donde múltiples encuentros ocurren, su foco está centrado en un servicio más segmentado y específico, ya que la biblioteca presta un servicio más específico en torno a la palabra, a la lectura. Por más que allí confluyan otras manifestaciones artísticas, en un E-CREA comenzamos a transformar los modelos de apropiación: vemos diversidad, leemos diversidad y sentimos que se difuminan las fronteras que excluyen del disfrute del arte; lo que en ocasiones no sucede con los libros, pues no todas las personas pueden o desean acceder a ellos.

Así pues, los espacios también determinan las relaciones que se establecen con las prácticas artísticas, las cuales nos llevan a afirmar, por citar un ejemplo, que en Medellín una casa de cultura (E-CREA) sí es para todos, porque todos se sienten parte de la cultura; sin embargo, no todos se sienten parte de otros espacios culturales. Esto no implica que el tejido social y la influencia de estos espacios culturales en los territorios no aporte profundamente a las transformaciones culturales, pues en sus servicios complementarios las comunidades determinan su valor e importancia. Espacios como las bibliotecas, que se convirtieron en una apuesta importante, hoy merecen revisarse, para plantear una transformación hacia los nuevos retos de la cultura y la tecnología, para aportar a la disminución de las élites discursivas y a la apertura a las lecturas y escrituras creativas que migren de contenedores a contenidos y expandan las múltiples realidades culturales de la ciudad.

Las expresiones artísticas que no tienen un lugar propio para desarrollarse se toman el espacio público y se integran con él. En Medellín, esto sucede con las Redes de Prácticas Artísticas y Culturales que se apropian del barrio donde lo privado se vuelve público, en la dimensión en que una casa, un teatro o un salón de danza se van convirtiendo en los nichos donde lo público y el espacio público construyen relaciones. Con estas Redes ocurre que van situándose en el espacio público, en el ejercicio del encuentro y del evento; por ello, la Red de Músicas toca en el espacio público, el grupo de teatro ensaya en el espacio público, la acción performática se desarrolla en el espacio público y así este se vuelve un lugar de la exhibición que se transmuta en escenario, escenografía.

Una forma de darle nombre a esto que sucede entre el espacio público y las artes es creatividad en el espacio público, con ello lo que estamos diciendo es que dichas manifestaciones artísticas tatúan y alteran el sentido de ubicación del público: transforman las dimensiones y las percepciones. Por tanto, ya la estatua no es un mojón siempre fijo, sino un referente absolutamente móvil. De este modo, se altera esa percepción que las personas tienen y eso hace que la ciudad sea constantemente cambiante y que el transeúnte viva una experiencia de creatividad, porque esto que presenciamos no se constituye como una forma institucionalizada, sino como una forma que da lugar a la creación en otros espacios, en los cuales se logran percibir infinidad de pieles de la ciudad que la transforman en orgánica y mutable.

Si la ciudad solo tuviera acontecimientos trágicos, como los accidentes de tránsito, no podría respirar, por esto cuando hay intervenciones simbólicas en el espacio público lo que se construyen son pulmones para esta, se propician encuentros con la emocionalidad y eventos de la performatividad que se generan en el instante. Por ejemplo, cuando se presentan expresiones artísticas, como un silletero en el espacio público, las personas de Medellín reconocen su identidad, la cual, más que en el edificio patrimonial, está en la acción interactiva. Con estas acciones aparece el concepto de actuante: en cualquier momento las personas pueden ser las protagonistas, entonces son actuantes vivos que están recorriendo la ciudad y que tienen la posibilidad de vivirla y experimentarla a través del arte.

No obstante, se ha perdido el uso y la apropiación del espacio público. En Latinoamérica ha sucedido que una obra en espacio público se sumerge en todas las derivas que la rodean. Más aún con la situación generada por la COVID-19, con la cual las personas dejaron de vivir el espacio público. Pese a esto, una forma de resiliencia adoptada en Medellín en medio de la pandemia fue la decisión de no cerrar la ciudad cultural, de mantenerla viva, de apostarle a la transformación digital y a la creación de nuevos procesos, como recorrer la ciudad en escenarios móviles; lo cual nos condujo a la pregunta por lo simbólico en medio del confinamiento y a cuestionarnos por lo que hubiera pasado con las personas sin la existencia del arte en medio de la pandemia.

La pandemia también nos dirigió la mirada a otro espacio que se sumó para posibilitar las experiencias artísticas: el digital. Este espacio se convirtió en canal o en lenguaje, en una plataforma de difusión o distribución que no reemplazó la presencialidad, pero que ofreció otras posibilidades de conectarnos con múltiples espacios y con el mundo. Con la digitalización y la globalización se rompen los husos horarios: todo es posible de transmitir y todo se vuelve datos. Hay una expansión comunicacional, hay múltiples espacios-tiempos conectados entre sí y una ubicuidad de los procesos.

De otro lado, la digitalización lo que permitió fue la expansión del concepto de obra de arte y de tiempo y lugar. Esto pasa aquí y ahora, pero en virtualidad es allá y ahora, cambia la percepción espacial, temporal, la dimensión del presente, pasado y futuro. Lo que plantea el reto de conectar cada vez más el espacio público, los centros culturales, bibliotecas con las nuevas concesiones creativas, donde lo digital se convierte en el camino para la transformación de la ciudad creativa y cultural.

Estamos entrando al salto de los multiversos, los que ya el arte durante siglos experimentó y vivió en su hacer cotidiano. Hoy el mundo es multiverso, en todo el sentido de la palabra, es multicultural, multidimensional. Ejemplo de ello, en nuestra ciudad, es una obra de arte gráfico que se da presencialmente, pero que al mismo tiempo se conecta con una aplicación en la que se puede acceder a un poema e intervenir la misma obra, entonces tenemos allí todas las dimensiones de la sociabilidad: somos la obra, hacemos parte de la ciudad, pero también podemos hacer parte de la obra. Es así como deja de ser solo una obra para observar y se convierte en una experiencia inmersiva, para interactuar, pero además cuenta poéticamente un relato y narra algo. En suma, son el arte y la cultura en su complejidad de ser y de estar los que han sostenido y siguen sosteniendo el alma de Medellín. Nos han acompañado en los dolores, en las celebraciones y en las reflexiones para seguir cambiando y adaptándonos a las nuevas realidades con las que nos reta la contemporaneidad.

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Álvaro Narváez Díaz

Secretario de Cultura Ciudadana de Medellín, Colombia.

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