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Los espías de Moisés Naím

Moisés Naím es un refinado intelectual y un agudo analista. Sus columnas periodísticas, sus artículos académicos y sus libros de divulgación, lo muestran como un maestro del ensayo, del calibre de Ortega y Gasset o de su compatriota Uslar Pietri.  Su último libro, la novela titulada “Dos espías en Caracas”, es una afortunada incursión en la ficción, que lo confirma al mismo tiempo como gran investigador y gran periodista.

La novela está basada, por supuesto, en hechos reales ampliamente conocidos, otros que no lo son tanto y, seguramente, muchos hasta ahora completamente ignorados y que Naím revela por primera vez. Los primeros son verdaderos y están probados; los segundos, igualmente verdaderos, pueden probarse. Los terceros también son verdaderos, Naím lo sabe, pero no puede probarlos sin poner en riesgo a algunas personas. De ahí que haya escogido un género que no le era familiar, para revelar las tremendas cosas que ocurrieron, pero cuya realidad no podía ser respaldada con notas de pie de página en un escrito académico o documentadas en un ensayo.

Fue bajo esa hipótesis que leí la novela. Aunque no voy a ahondar en sus méritos literarios, no puedo dejar de señalar que, a mi juicio, Naím asimiló bien las técnicas del género, entre ellas la de una frase inicial poderosa e intrigante, que obliga se seguir adelante: “Ningún ruido es más irritante que el del teléfono cuando interrumpe a una pareja que hace el amor”.

En la novela, probablemente también en la realidad, los servicios de inteligencia de Estados Unidos y Cuba fueron tomados de sorpresa por el fracasado golpe de estado del 4 de febrero de 1992. De hecho, Fidel Castro, que estaba de plácemes con Carlos Andrés Pérez, a cuya posesión había asistido tres años atrás, le envió un mensaje de apoyo al día siguiente del golpe. Para tratar de incidir en el curso de los acontecimientos, los servicios de inteligencia de ambos países, la CIA y el G2, reaccionan enviando a Caracas sus espías más conocedores de Venezuela. Así inicia la trama de la novela.

El fracaso del golpe es atribuible, al menos en parte, a Chávez, quien en el momento de verdad se acobardó y no lanzó, como le correspondía, el ataque sobre Miraflores desde el Museo Militar, donde estaba agazapado con su tropa. Fracasado el golpe, Chávez y los demás dirigentes son enviados a prisión. Es allí donde se inician las relaciones del chavismo con el mundo criminal, representando en la novela por Yusbani Valentín, alias el Pran, tenebroso hampón, quien, desde la prisión, donde está por voluntad propia, maneja una extensa red delincuencial.

El Pran se convierte en el protector de Chávez en los años de confinamiento, financiará generosamente la campaña electoral que lo llevará a la presidencia, en 1998, y cobrará sus favores recibiendo representación en el gabinete ministerial y toda suerte de prebendas que le permitirán ampliar su red criminal y apoderarse de infinidad de empresas y propiedades. Desde la prisión, el Pran lidera el “El cartel de los soles” que se convertirá en el principal exportador hacia Europa de la cocaína producida por las Farc.

La otra gran influencia en el gobierno de Chávez será, por supuesto, la de los cubanos. Fidel Castro advierte que Chávez puede ser “su hombre en Caracas”, el que puede asegurarle a Cuba el suministro de petróleo estable y gratuito – que años atrás le había negado Rómulo Betancourt- y el que puede convertirse en figura fundamental del nuevo asalto para implantar el socialismo en América Latina, iniciado en 1990 con la fundación del Foro de Sao Paulo.

Rápidamente Castro inicia su labor de seducción. En diciembre de 1994, poco tiempo después de que Rafael Caldera cometiera el tremendo error de indultarlo, Chávez viaja a Cuba, supuestamente invitado a dictar una conferencia en la Universidad de La Habana. Para su sorpresa y para satisfacción de su egolatría, Castro lo espera al pie del avión, le da un recibimiento de jefe de estado y se encierra con él durante horas para iniciar el curso de instrucción política que se extenderá a lo largo de todos los años durante los cuales Chávez permanecerá en el poder, hasta su muerte en 2013.

En la novela, Naím narra los encuentros de Castro con Chávez en la isla La Orchila, en los que, al tiempo que lo instruye en marxismo, le enseña que el poder no se comparte, que debe ser absoluto y que debe andarse con cuidado para que no le pase lo de Allende. En la realidad, Castro viajó 13 veces a Venezuela, durante el mandato de su aventajado discípulo, al tiempo que éste voló en 30 oportunidades a la Isla, para recibir los consejos de su amado maestro.  Se comunicaban por teléfono casi todos los días, en línea directa a través del cable submarino tendido entre los dos países y por medio del cual desde Cuba se controlan múltiples sistemas información de Venezuela, entre ellos, claro está, el sistema electoral.

Desde la toma del poder por los Castro y sus compinches, Venezuela ha estado en el radar de la geopolítica cubana. Pocos días después de su ascenso al poder, el 23 de enero de 1959, Fidel Castro, fusil al hombro, desciende de un avión en el aeropuerto de Caracas, para agradecer el apoyo recibido durante las últimas etapas de su campaña guerrillera. La recepción fue multitudinaria y en un discurso exaltado, Castro se comprometió con “este pueblo bueno y generoso, al que no le he dado nada y del que los cubanos lo hemos recibido todo”. Pero la visita no tuvo un final feliz: Rómulo Betancourt se negó en redondo a regalar a Cuba el petróleo venezolano. Después vendría la célebre Doctrina Betancourt, que llevaría a la expulsión de Cuba de la OEA en 1962.

Treinta años después, en 1989, Castro vuelve a Caracas como invitado de honor a la posesión de Carlos Andrés Pérez. Por aquellos años, quizás por la creencia de que las dictaduras se adecentan cuando han durado mucho, los dirigentes de todos los países de América Latina cortejaban a Castro, al tiempo que éste, acosado por las consecuencias que sobre la frágil economía de su país tenía el derrumbe de “el campo socialista”, buscaba desesperadamente reestablecer relaciones con todos ellos. Los dirigentes latinoamericanos creían ingenuamente que, con el reconocimiento del fracaso de la lucha armada, Castro renunciaba al proyecto de llevar su revolución a todo el continente. Con la fundación del Foro de Sao Paulo, en 1990, daba un mentís a esa creencia y revelaba su intención de extender el socialismo en América Latina por medios “democráticos y pacíficos”. La Venezuela de Chávez, con su riqueza petrolera, se constituiría en la pieza clave de ese proyecto.

En la novela de Naím se presenta la forma sistemática, astuta y despiadada como Castro somete a Chávez a su dominio. Ahí está descrito todo lo que pasó en la atribulada Venezuela desde el golpe hasta la muerte de Chávez. Allí están los principales acontecimientos: la toma de PDVSA, la huelga estudiantil, las expropiaciones, el nacimiento del Cartel de los Soles, la alianza con las Farc, la conformación de los colectivos, las misiones médicas y todas las votaciones fraudulentas, mediante las cuales Chávez se afianzaba en el poder y los cubanos completaban la ocupación de Venezuela.

Allí están los principales protagonistas, presentados algunos de ellos con nombres ficticios, como Mónica Parker que encarna a Nitu Pérez Osuna, la valiente periodista de Globovisión, quien durante años denunció las tropelías del régimen, hasta que Chávez, en 2007, cerró el canal. Aparece también el general Raúl Baduel, en la figura del general Enrique Mujica, que pasó de ser el salvador de Chávez, en el frustrado golpe de abril de 2002, a convertirse en su peor enemigo, perseguido con singular saña por el régimen que ayudó a instaurar.

También están, con sus nombres reales, personajes como Lina Ron, apodada la Incontrolable, jefe de los colectivos chavistas, cuyas actividades muestran la crueldad y sevicia a la que puede llegar el lumpen en el poder. Aparece, por supuesto, el señor Granda, el canciller de las Farc, negociando con los narco-generales la logística y la distribución de los ingresos del tráfico de cocaína hacia Europa. En fin, allí está Franklin Brito, quien, en defensa de su tierra expropiada por el régimen, adelantó una solitaria huelga de hambre que lo llevó a la tumba en 2010.

La situación de Venezuela es extremadamente compleja. Después de leer este libro se entiende por qué – a pesar de la heroica lucha del pueblo venezolano, del derrumbe de la economía y del aislamiento internacional del régimen – Bobolongo, así llamaban a Maduro sus colegas de gabinete, se mantiene en el poder. La razón es simple: no es Bobolongo quien detenta el poder. En tiempos de Chávez, este solía decir que Cuba y Venezuela eran un país con dos presidentes. Hoy no hay sino uno que reside en Cuba y que hará todo lo necesario para mantener su control en lo que se ha convertido en una valiosa colonia.

Las implicaciones de la situación venezolana para Colombia son obvias, pero van mucho más allá de las conocidas: el impacto de la inmigración de multitud de personas empobrecidas, el refugio que en Venezuela tienen el ELN, las “disidencias” de las Farc y otros criminales y la amenaza de un ataque militar, hasta ahora controlado por la determinación de Estados Unidos de apoyar a Colombia en ese evento. Hace bien el Presidente Duque en buscar la caída de la dictadura por todos los medios a su alcance. Esta puede ser quizás la más importante tarea de su gobierno. Pero haría mejor si empezara a preocuparse también por el frente interno.

En efecto, la actividad del Presidente Duque, buscando la caída de la dictadura venezolana, ha convertido a su gobierno en enemigo directo del gobierno cubano, que tiene en Colombia muchos y muy variados aliados – aliados históricos. Están, por supuesto, todos los guerrilleros y ex – guerrilleros de las Farc, el ELN y el M-19, que fueron todos patrocinados por Cuba y que allí encontraron refugio en algún momento. La totalidad de los partidos y grupos de la oposición de izquierda hace parte del Foro de Sao Paulo, que, si bien perdió la comodidad de su sede en Brasil, gracias al Presidente Bolsonaro, se mantiene activo y no ha renunciado a su propósito de barrer el capitalismo de todos los países de América Latina.

Sería ingenuo creer que el G 2, el afinado espionaje cubano, se abstiene de actuar en Colombia y que está completamente al margen de las acciones – paro estudiantil, huelga de Fecode, minga indígena –  con las cuales la oposición de izquierda trata de debilitar al gobierno colombiano. Todo lo que debilite al gobierno del Presidente Duque, favorece al gobierno cubano en su esfuerzo por mantener su control sobre Venezuela. Haría bien el Gobierno Nacional en evaluar la conveniencia de unas relaciones diplomáticas con un país que, además, después del criminal atentado del ELN contra la Escuela de Cadetes General Santander, decidió retomar su antigua tradición de ser el refugio de los terroristas colombianos.