Política Selección del editor

Listas cerradas, listas abiertas, voto preferente: cómo y por quién votar el 11 de marzo.

El expresidente López Michelsen decía que las listas electorales se parecen a un LP o a un CD: uno está obligado a comprar la totalidad de las canciones incluidas a pesar de que solo le gusten uno o dos temas.  Algunas personas, especialmente jóvenes, piensan el voto preferente les permite votar por el candidato que les gusta sin tener que hacerlo por aquellos que les desagradan. Están equivocadas: el voto preferente no es el Spotify de la política.

Los sistemas electorales se dividen en mayoritarios y proporcionales. En los primeros la totalidad de los escaños o curules en disputa se asigna al partido que obtiene la mayoría de los votos; en los segundos la asignación se hace en proporción al número de votos emitidos. No existe un método de asignación que garantice que la distribución porcentual de las curules sea exactamente igual a la distribución porcentual de los votos. Los métodos aplicados se aproximen en diverso grado a ese ideal. Existen dos grupos de métodos o fórmulas de asignación proporcional: los de residuo mayor  y los de promedio mayor.

El más conocido de los métodos de residuo mayor es de la cuota de Hare o de cociente electoral, que fue utilizado en Colombia hasta 2002. En este método, la totalidad de los votos emitidos se divide por el número total de curules de la circunscripción y con la cifra obtenida, llamada cociente electoral, se dividen las votaciones obtenidas por cada una de las listas. La parte entera de la cifra obtenida  con esta última división arroja el número de curules ganadas por cada lista por cociente. Si, como es usual, después de esta asignación quedan curules por distribuir, éstas se asignan a los residuos decimales de las listas de mayor a menor hasta agotar las curules remanentes. Este sistema conduce a la multiplicación de listas pues el mismo número de votos divididos en varias listas permite obtener más curules por residuo que los que se obtendrían en una sola por cociente. En las elecciones de senado de 2002, el último año en que se empleó  el método de cociente electoral, participaron 60 partidos o movimientos que inscribieron 312 listas 96 de las cuales obtuvieron curul; 11 curules se ganaron por cociente y 89 por residuo. Existen otras variantes del método de residuo mayor (cuota de Droop, cuota Imperiali, cuota de Hagenbach-Bischoff) que difieren en la fórmula de cálculo del cociente.

Los principales métodos de promedio mayor, también conocidos como de los divisores, son el de D´Hont y el de Sainte-Laguë. Con el método de D´Hont, que se aplica en la elecciones legislativas de 2006, los votos de todas las listas se dividen sucesivamente por 1,2, 3…..n, donde n es el número de curules, y se obtienen una serie de cocientes decrecientes para cada lista. Estos cocientes se ordenan de mayor a menor y el enésimo es la cifra repartidora por la cual se dividen los votos de cada lista y el resultado entero es el número de curules asignado a cada una de ellas. Bajo este sistema no hay residuos, todas las curules tienen el mismo costo en votos y este es igual a la cifra repartidora. No hay lugar para el juego de residuos mediante la multiplicación de listas. Al contrario, los políticos agrupan sus fuerzas en listas unificadas para aumentar su probabilidades de elección. En 2006, el primer año de aplicación de la fórmula de D´Hont en las elecciones legislativas, se inscribieron 20 listas para senado frente a las 312 de 2002, año en el que se aplicó la fórmula de Hare o de cocientes y residuos. En 2010 y 2014 se inscribieron 14 y 12 listas para senado, respectivamente. Para las elecciones de marzo de 2018  son 16.

Otro elemento del régimen electoral que refuerza la agrupación es la existencia del umbral, que es el número mínimo de votos requeridos para que una lista sea tenida en cuenta en el cálculo de la cifra repartidora y en la asignación de curules. Para el senado es el 3% de los votos válidos emitidos.

 La fórmula electoral transforma los votos en curules, es decir, establece el número de curules que un número dado de votos emitidos le permite alcanzar a cada lista. Queda por resolver cuáles de los candidatos inscritos resultan elegidos. En las llamadas listas cerradas, las curules se asignan en el orden en que están inscritos los candidatos; en las listas abiertas, en el orden que resulte de los votos preferentes.

La fórmula electoral define el número de curules obtenidas por cada lista, los votos preferentes establecen el orden de asignación de curules dentro de ellas. Supongamos que la lista A obtiene 3 millones de votos y la B 340 mil y que la cifra repartidora es 150 mil. En este caso la A gana 20 curules y la B 2. Si el vigésimo candidato de la lista A ya ordenada tiene 5 mil votos preferentes y el tercer candidato de la lista B igualmente ordenada tiene 20 mil, saldrá elegido el vigésimo candidato de la lista A y no el tercer candidato de la B.

A la hora de votar la primera decisión es la lista preferida, la cual se escoge marcando en el tarjetón el logo que la identifica; la segunda, es el candidato preferido de esa lista, el cual se escoge marcando el número que le fue asignado. Si no se tiene candidato preferido, basta con marcar el logo y el voto será válido. Pero, ojo, si se marca solamente el número, el voto es inválido. En cada una de las tres últimas elecciones de congreso los votos inválidos han superado el 12%. El tarjetón sera similar al siguiente:

El principal objetivo de la mayoría de los candidatos es su propia elección. El voto preferente es bajo el método de D´Hont el equivalente a la multiplicación de listas pues permite controlar la clientela electoral. Los votos de clientela no se transan al menudeo sino en paquetes. Un líder es un personaje que maneja cierto número de votos, lo cual significa que tiene una o varias listas de ciudadanos cuyas cédulas están inscritas en una o varias mesas. El político intercambia con el líder promesas por votos o dinero por votos. El político espera que en determinadas mesas salga cierta cantidad de votos preferentes por su nombre así como antes esperaba que salieran por su lista.

Debe ser claro ya que para votar por un candidato preferido hay que votar también por los demás no tan preferidos que lo acompañan en la lista. Veamos algunos ejemplos.

En la lista de la Alianza Verde está, con el número 2, Iván Marulanda por quien profeso admiración por su desempeño en el senado como militante del Nuevo Liberalismo de Luis Carlos Galán. Por esa razón podría votar por Marulanda, a pesar de que su trasegar político posterior se me hace un tanto lagartuno. Sin embargo, cuando veo que en esa lista están también el dogmático Antonio Sanguino y el errático Antanas Mockus, de inmediato me arrepiento.

Miguel Gomez Martinez, quien encabeza la lista del Partido Conservador, es, a mi parecer,  el menos estatista y el más defensor de la actividad privada entre todos los candidatos al senado de todos los partidos. Este conservador es el más liberal de todos los candidatos y gustoso votaría por él, pero no puedo hacerlo al constatar que en su lista lo acompañan  la “ilustrísima” Olga Suarez Mira y  varios de esos politicastros, como Efraín Cepeda, que después de cada elección preguntan ¿quiénes ganamos?

De la lista del Partido Liberal destaco a Luis Fernando Velásco quien me ha parecido siempre un político preparado, cumplidor y de buenas maneras. Pero no puedo darle mi voto al verlo asociado con una serie de personajes hirsutos, como su tocayo Duque, o de cadáveres políticos, como Horacio Serpa,  que aspiran a hacerse elegir en cuerpo ajeno.

Me dice un joven amigo que en la lista del Partido de la U hay una señora llamada Maritza Martinez Aristizabal, cuya personalidad política y sus ideas le atraen.  La investigué y me parece respetable y digna de confianza; sin embargo está en la misma lista de personajes que me causan urticaria como Roy Barrera, Armando Benedetti, Germán Hoyos y, como si fuera poco,  los herederos del Ñoño Elias y de Mussa Besaile. Y así no puedo.

Germán Varón Contrino, de Cambio Radical, me ha parecido un político valioso y respetable, siempre que no se le juzgue con los parámetros del Sermón de la Montaña.  Está acompañado de muchos personajes un tanto fastidiosos, pero a la que no me puedo definitivamente soportar es a la pastora Claudia Yadira Rodriguez Castellanos una de las mayores responsables de hacer que nuevamente aparezca la peligrosa mezcla de religión y política. Yo a eso no le juego.

En la lista del Centro Democrático están los candidatos que más me gustan, empezando por Álvaro Uribe Vélez. Voy a votar por esa lista, pero no le voy a dar mi voto preferente al expresidente, sino a mi amiga Evamaría Uribe Tobón, economista y abogada, con una gran vocación de servicio público y cuya presencia en el Senado sería de enorme significación. En esta lista, hay, por supuesto, algunos personajes que no me agradan mucho, como los señores Macías y Bustamante, que padecen un tremendo tic nervioso: abren la boca y meten la pata.

Me abstengo de referirme una serie de listas por las que jamás votaría porque los partidos que las promueven están muy alejados de mis ideas económicas y políticas. Sin embargo, no puedo desconocer que hay en ellas muchas personas cuya presencia en el Senado podría ser de gran valor.

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista, Docente, Universidad EAFIT