Lección de Historia para políticos irresponsables

Esta historia comienza con el pogromo de Kishinev. Un pogromo es una palabra que viene el ruso pogrom  que significa devastación, destrucción. Según la RAE es: “una masacre de judíos y, por extensión, de otros grupos étnicos, aceptada o promovida por el poder.” Los hechos de Kishinev, o en español Chisináu, tuvieron lugar en lo que hoy es la capital de la República de Moldavia, al sur de Ucrania, en 1903. Tuvo una duración de tres días, durante los cuales fueron asesinados entre 47 y 49 judíos, 92 fueron severamente heridos y 500 recibieron heridas menores. Además cientos, o quizá miles de casas y negocios propiedad de judíos fueron destruidos por los pobladores enardecidos.

Estos hechos se generaron gracias a una propaganda antisemita que propaló el único periódico oficial de la época, “El Bessarabets” (Бессарабецъ). Su editor, Pavel Krushevan, era un periodista de extrema derecha, ultranacionalista y abiertamente antisemita, quien recibió, editó y publicó por primera vez lo que se conocería como “Los Protocolos de los Sabios de Sion”. Aquella, es conocida como la publicación antisemita más famosa y ampliamente difundida de la época contemporánea. Lamentablemente, después de esa primera publicación en la Rusia zarista, fue extensamente discutida y traducida a muchas lenguas europeas. En ella, se narraban unas supuestas reuniones de unos sabios judíos en las que detallaban unos planes para una conspiración judeo-masónica que consistía en el control de la masonería y de los movimientos comunistas en todas las naciones de la Tierra, que tendrían como fin último, hacerse con el poder Mundial.

“Los Protocolos” causaron tanta impresión en el zar Nicolás II de Rusia, que en 1905 una versión de los protocolos se publicó bajo el sello del Palacio Imperial. Como consecuencia, también la Iglesia Ortodoxa de Moscú ordenó que estos fueran incluidos en los sermones, así, el 16 de octubre de 1905 los feligreses de 368 iglesias de la ciudad de Moscú escucharon “Los  Protocolos” de labios de los sacerdotes. Tres semanas después del comienzo de estos sermones, el 8 de noviembre de 1905, más de 1000 judíos fueron masacrados en la ciudad rusa de Odessa (Pogromo de Odessa). Sin embargo, esto es sólo un presagio de las atrocidades que se avecinaban.

La revolución bolchevique triunfó en Rusia en 1917. Los antibolcheviques, que de paso también eran antisemitas, tenían la tendencia a pensar que los bolcheviques eran judíos. Eso, tristemente, dio credibilidad a “Los Protocolos”, pues pensaban que aquella revolución horrible era provocada por los judíos como un paso más de su plan para dominar el mundo.

El 16 de Julio de 1918, el Zar, su esposa y sus cinco hijos (todos menores de 20 años) son asesinados por los bolcheviques. Al conocerse la ejecución, los partidarios del Zar huyen prontamente hacia otros países de Europa. Entre aquellos está Fyodor Vinberg.

En 1920, Vinberg se radica en Berlín, y le transmite los protocolos a Gottfried Zur Beek (el seudónimo de Ludwig Müler von Hauser), quien publica las primeras ediciones en Alemán de “Los Protocolos”. Fue un éxito de ventas inmediato. Era una época de crisis. Era el final de la Primera Guerra Mundial, en la cual, había perdido Alemania. Los alemanes que apenas estaban recuperándose, fueron convencidos fácilmente del falaz argumento de que sí los judíos pudieron conseguir en Rusia una revolución tan terrible, también podrían hacerlo en Alemania. Los alemanes, además, ya tenían una larga tradición de literatura antisemita, que condicionaba a los lectores para ver a los judíos como una amenaza para la civilización. Un ejemplo de ella era “Escritos Alemanes” de Paul Botticher de 1878. Botticher, culpa a los judíos de todos los males que sufre Alemania en ese momento y, la única solución, sugiere reveladoramente, es el exterminio de los judíos. Así, el virus de “Los Protocolos de los Sabios de Sion”, infectó fácilmente a la víctima debilitada. Una vez, la enfermedad del odio a los judíos se apodera de Alemania, se fortalece y se disemina por toda Europa y Occidente.

El 8 de Febrero de 1920, el joven ministro de guerra británico, Winston Churchill, publicaba un artículo en el diario Illustrated Sunday Herald, titulado “Sionismo versus Bolchevismo. Una lucha por el alma del pueblo judío”. En aquel escrito Churchill sostenía sobre los judíos internacionales: “En violenta oposición a toda esta esfera del esfuerzo judío (los banqueros e industriales amigos de Francia y Gran Bretaña), se levantan los esquemas de los judíos internacionales. (…) La mayoría, si no todos, han abandonado la fe de sus antepasados, y han divorciado de sus mentes todas las esperanzas espirituales del otro mundo. (…)Esta conspiración mundial para el derrocamiento de la civilización y para la reconstitución de la sociedad sobre la base del desarrollo detenido, de la envidia de la malevolencia y la igualdad imposible, ha ido en constante crecimiento. Ha sido el resorte de todos los movimientos subversivos durante el siglo diecinueve; y ahora, por fin, esta banda de personalidades extraordinarias del inframundo de las grandes ciudades de Europa y América han agarrado al pueblo ruso por el pelo de la cabeza y se han convertido prácticamente en los amos indiscutibles de ese enorme imperio”.

 

En ese mismo año, también empezaron a llegar al público estadounidense las ideas contra el “judaísmo internacional”, gracias al inquebrantable fervor antisemitima de otro personaje importante en la historia: Henry Ford.

Entre Mayo y Octubre de 1920, Ford escribe un artículo semanal sobre “Los Protocolos de los Sabios de Sion” en su periódico The Dearborn Independent, uno de ellos titulado “El judío internacional: el problema del mundo”. No deteniéndose ahí, Ford distribuye sus artículos en sus concesionarios de autos en todo el país, para el disfrute de los compradores.

En noviembre de ese mismo año, Henry Ford publica “Los Protocolos” en su propia diatriba antisemita; un grupo de 4 volúmenes denominado “El judío internacional: el principal problema del mundo”. De estos, se distribuyeron medio millón de copias en los Estados Unidos y se produjeron ediciones europeas en 16 idiomas.

Lo que había empezado como un engaño perpetrado por una fracción política con un propósito muy limitado, era ya aceptado como un hecho real en dos continentes.

Afortunadamente, aunque no a tiempo, alguien constató la falsedad de aquel documento. El primer gran artículo sobre la falsedad de “Los Protocolos” lo presentó el periódico inglés The Times, el 1 de diciembre de 1920, donde publicaron que tal escrito había sido denunciado por una conferencia de importantes organizaciones judías como una «falsificación de base» y como un «recrudecimiento del fanatismo medieval y de la estupidez»

Ver artículo

Posteriormente el corresponsal de Constantinopla de The Times, un joven de nombre Philip Graves, que aunque no fue el primero en descubrir la falsedad de dichos protocolos, fue el primero en demostrar que se trataba de una falsificación al encontrar la fuente original de la que se plagiaron. Presentó por primera vez pruebas concluyentes de que el documento era en general un torpe plagio sobre un libro que se titula “Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu” que había sido publicado en Bruselas en 1865 por, Maurice Joly, un abogado y publicista parisino que fue arrestado por la policía de Napoleón III y sentenciado a 15 meses de prisión. Se trata de una obra satírica francesa que contiene el mismo texto, palabra por palabra, de “Los Protocolos”, solamente que estaba escrito treinta años antes de la aparición de los mismos, y en ninguna parte nombraba a los judíos.

The New York Times dedicó una página entera a la exposición de Graves en la portada de su sección de Características Especiales del 4 de septiembre de 1921. «Prueba de que los ‘Protocolos judíos’ fueron falsificados», declaró el titular de la pancarta.

En Inglaterra, Churchill se retracta inmediatamente, sin embargo, en Estados Unidos, Ford no lo hizo. Como un buen fanático, y aunque presentó disculpas por escrito al comité judío estadounidense (seis años después), siguió sosteniendo hasta su muerte que aunque los protocolos eran falsos, su contenido era real.

Sin embargo, en Alemania, esas ideas y sus consecuencias, para desgracia del pueblo judío, eran ineludibles. Cuando los alemanes intentaron entender por qué habían perdido tanto en la Primera Guerra Mundial, buscaron una explicación en “Los Protocolos de los Sabios de Sion”. La tendencia durante los años veinte a culpar a los judíos por todos los problemas no hizo más que crecer y crecer.

El problema, era que frente a todos estos escritos y teorías, los jóvenes políticos europeos de la época, quienes estaban en ascenso, empezaba a responder positivamente a las mentiras incluidas en los protocolos. Había uno de estos jóvenes, uno con grandes ambiciones políticas, que en particular quedó fascinado con la insistencia en que mantenía Ford de que la conspiración judía era real. Su nombre era Adolf Hitler.

Fácilmente, varios alemanes convencidos de todo ello, comenzaron a pasar de las palabras a los hechos y, de los hechos, al derramamiento de sangre. Las semillas del genocidio comenzaron a echar raíces. ¿Qué hizo entonces que tuvieran tanto éxito “Los Protocolos de los Sabios Sion” en Alemania? Yo creo que fueron dos hechos. El primero, que los alemanes eran lectores, eran gente con formación. Así que, cuando se tradujo al alemán los libros de Ford, vendió en Alemania más de 10 millones de copias en pocos años, copias que se leyeron fielmente.

La segunda, es que poco más de diez años después, Hitler (hombre que admiraba a Henry Ford) fue nombrado canciller de Alemania el 30 de Enero de 1933, y en el corazón de su filosofía estaba la firme convicción de que una conspiración judía está socavando a los gobiernos de todo el mundo.

Esto llevó a que el 11 de abril de 1933, el Tercer Reich pidiera el boicot nacional a todos los negocios propiedad de judíos y en septiembre de 1935 entraran en vigor las Leyes de Núremberg. Aquellas leyes despojaron a los judíos de su nacionalidad y otorgaron poder a las autoridades para detenerlos y sacarlos de sus comunidades. “Los Protocolos” fueron utilizados una y otra vez como justificación para semejante vejación.

Entre los principales responsables de haber mantenido vigentes “Los Protocolos” está Julius Streicher, un importante antisemita que se  había ganado la amistad de Hitler al fusionar su propio partido con el de él en 1922.  Streicher era editor de “Der Stürmer”, un periódico político de derechas muy popular. Una semana tras otra, el medio millón de lectores de Der Stürmer leían hiperbólicos artículos acerca de la conspiración internacional judía. En octubre de 1938, la retórica de aquel periódico se convirtió de las palabras, a una llamada a la acción. “Los judíos —escribe Streicher— son bacterias, gusanos y las plagas no se pueden tolerar. Por razones de limpieza e higiene debemos hacerlos inofensivos, acabando con ellos.” Comienza así, uno de los capítulos más oscuros de la historia de la humanidad.

En octubre de 1943 Heinrich Himmler, el jefe de las SS de Hitler y arquitecto de La Solución Final, ofrece una aleccionadora razón para el Holocausto en su famoso “Discurso de Posen”: “¡SIN MISERICORDIA ALGUNA! tenemos el derecho de la moral, tenemos el deber con nuestra gente de hacerlo, de acabar esta gente que quiere acabar con nosotros”.

Vea aquí el discurso

Al terminar la guerra, para horror de la humanidad, se calcula que más de 6 millones de judíos habían muerto, como consecuencia del horrible legado de un documento falso que infectó la moralidad del mundo.

El problema, es que creo que lamentablemente se siguen presentando, al día de hoy, todavía hechos horribles, no sólo en razón de la raza de una persona, sino también en razón de su etnia, género, nacionalidad, pensamiento religioso o pensamiento político, a pesar, de que como fruto del holocausto, se creó la Declaración Universal de Derechos Humanos como un mecanismo para que jamás se repitieran hechos similares.

Puedo pensar que quizá, las ideas antes plasmadas en libros, se plasman ahora en redes sociales. Los medios de comunicación actuales, creo, permiten que las ideas vayan a una velocidad increíble y se reproduzcan masivamente. La idea se produce, y casi instantáneamente el mensaje llega a los ojos del receptor. Esto también me lleva a preguntarme sobre la peligrosidad que representa la existencia hoy, de una cantidad alarmante de frases mentirosas o sugestivas, memes, imágenes o noticias falsas en las redes sociales, que finalmente terminan incitando al odio, a la violencia, a la agresión o a la discriminación. ¿Qué repercusión podrían tener en una sociedad como la colombiana que (a diferencia de la alemana) lee en promedio menos dos libros por año y donde menos del 1% lee de manera crítica? ¿Qué repercusión podrían tener en una sociedad, la cual, podría fundamentar fácilmente su percepción de la realidad en una historia, una imagen o una noticia falsa? ¿Qué pasaría en una sociedad condicionada a utilizar fácilmente los hechos que las palabras? ¿Qué podría suceder, si por estos medios masivos (al igual que hace 100 años pero con mayor efectividad) se siguen realizando afirmaciones irresponsables por parte de algunos líderes sin medir las consecuencias?

Finalmente, frente a este último caso, creo que todavía hay vigencia para las palabras del ex presidente de Estados Unidos William Howard Taft, quien atacó a “Los Protocolos” en 1920: «Una de las principales causas del sufrimiento y el mal en el mundo de hoy es el odio racial y, cualquier hombre que estimule ese odio, tiene mucho por lo que responder (…) Cuando hace esto mediante la circulación de acusaciones infundadas e injustas y el despertar de temores mezquinos e infundados, su culpa es más para ser condenada».

Ver la declaración original aquí

About the author

Daniel Porras Lemus

Estudiante de Derecho de la Universidad de Medellín. Apasionado por la Política, el Derecho y la Historia. Investigador en temas históricos y constitucionales. Sangileño. Santandereano.