La idiotez, la sociedad y la filosofía

Han sido las vacaciones el mejor momento para regresar al mundo interior. Gozar de los encuentros con los libros pendientes y de este modo descubrir que en el placer de la lectura es posible cambiar nuestros conceptos del mundo y del ser humano, mientras se practica un tipo de meditación donde hacemos inmersión a mundos de geografías distintas y cuyas gentes nos hacen pensar de otro modo.

Tales transformaciones fueron precisamente las que experimente mientras pasaba las páginas de un clásico de la literatura rusa, El Idiota de Fiódor Dostoyevski. Quiero en estas líneas compartir mis reflexiones sobre esta obra maestra, y acercarla a vivencias muy concretas como las que podemos alcanzar en las relaciones sociales, es decir, en el encuentro con el otro, y apreciar allí cómo nace un tipo de saber, que emerge como el ave fénix, desde el fondo de las ruinas de ciertos sistemas de creencias, costumbres sedimentadas y otros prejuicios de orden social que ponen de presente la pobreza de ideas que domina en el universo cotidiano del sentido común. Esta ave que emerge de lo más caluroso del magma infrahumano es ni más ni menos que la filosofía.

Para empezar, el idiota es una figura psicológica muy propia de la existencia humana que nos recuerda un tipo de distinción en la personalidad, la cual no puede ser categorizada dentro del rótulo de la normalidad. En efecto, el idiota y la sociedad son dos aspectos visibles en la contracara de una misma moneda y que en la novela del escritor ruso adquiere carta de membrecía.

Por ejemplo. es usual encontrar en esta historia una vivencia de la idiotez que es representada por un joven que se atribuye el título de príncipe. Michkin, quien regresando de Suiza luego de un largo tratamiento de un mal de epilepsia que lo aquejaba, viaja a Rusia con propósitos de mezclarse entre los suyos, y de este modo resolver un par de inquietudes sobre sus familiares y conocidos.

Sin embargo, este viaje de regreso alterna con un sin número interacciones sociales con diferentes familias de la alta y baja sociedad de San Petersburgo. Allí, nuestro personaje es considerado como un idiota por sus gestos humanos y sinceros, en medio de un ambiente hostil, donde prima el ánimo lucro, el interés material y sobre todo la vanidad. El mundo que rodea al príncipe conspira contra su humanidad, y tiende a ser desdibujada. De cualquier modo, la indiferencia que muestra el príncipe ante este raudal de violencias interpersonales, son superadas con un espíritu magnánimo que raya justamente en la idiotez. La condición vital del idiota, al no entender las ironías y las indirectas de quienes lo conocen, es una muestra de que su actitud semeja a la del filósofo, en especial por su habilidad de hacer corto circuito de una cotidianidad carente de sentido y relevancia humana. En este caso la idiotez es de cierta forma una disposición anímica del pensador que supera la mediocridad que domina en un entorno social dominado por el arribismo y el resentimiento. Como se diría en la fenomenología, nuestro idiota suspende el juicio y logra trascender la actitud natural, para llegar al mundo de la reducción eidética, y apreciar que la realidad puede ser nombrada de un modo filosófico. Filosofar es, en este sentido, crear una vivencia de lucidez en medio de la ruina psicológica y el descrédito social que esto produce.

Lo anterior lo podemos comprobar cuando nuestro personaje indagado por las Spanchinas (las hijas y la esposa del general Spanchin) revela los detalles de su estancia en Suiza y sus despertares de conciencia en medio de las crisis de epilepsia. En este relato menciona que su proceso de curación inicia cuando en un mercado en Basilea escucha el rebuzno de un asno, situación que le recobra la lucidez. Esta experiencia le da un nuevo aíre a su cerebro, y logra sorprenderse de algo que a una persona ordinaría no le llamaría la atención. De este modo lo refiere nuestro personaje “Desde entonces siento gran afecto por los jumentos, casi simpatía. Comencé a informarme sobre ellos, ya que antes no los conocía en absoluto. No tardé en comprobar que son animales muy útiles, laboriosos, robustos, pacientes y económicos. En resumen, aquel asno me hizo pasar cariño a toda Suiza y mi tristeza desapareció como por encanto” (Dostoyevski, 2020, pp. 48-49).

Paradójicamente sus interlocutoras, mujeres acomodadas y para quienes el príncipe es un jumento más, lo burlan por sus ocurrencias. Sus contertulias lo toman por un idiota, cayendo todos en risas, incluyendo el propio Michkin. Curiosamente esta conversación deviene en toda una reflexión moral sobre la risa, la bondad y la vida, y de la que el príncipe lejos de sentirse ofendido, la usa para relativizar lo vivido con el episodio del asno:

-Todo esto es bastante extraño…Pero dejemos al pollino y pasemos a otro tema ¿Por qué te ríes, Aglaya? ¿Y tú Adelaida? El príncipe ha hablado del pollino con lucha elocuencia. Lo ha visto personalmente. Y tú, en cambio ¿Qué has visto en tu vida? ¿acaso has estado siquiera en el extranjero?

-Yo también he vistos asnos maman-dijo Adelaida

– Y yo he oído a uno-añadió Aglaya

Hubo nuevas risas, a las que el príncipe se sumó

-Esta actitud está muy mal en vosotras -dijo la generala-. Perdónelas príncipe. Aunque se ríen, son buenas muchachas. Siempre estoy discutiendo con ellas, pero las quiero mucho. Son frívolas, atolondradas, locas…

-Yo hubiera hecho lo mismo en su lugar – aseguro Michkin, risueño-Pero, eso aparte, el jumento es un ser bueno y útil.

-Y usted príncipe, ¿es bueno también? -interrogó la generala-. Solo se lo pregunto por curiosidad.

Aquella interrogación produjo un nuevo estallido de carcajadas

-¡Otra vez se acuerdan de este maldito asno!- exclamó Lisaveta Prokofievna-.¡Y yo que no pensaba en él para nada! Crea, príncipe, que no he tratado de hacer ninguna…

-¿Alusión? ¡Oh, lo creo!

Y el príncipe rio de todo corazón

-Hace bien en reírse. Yo veo que usted es un buen muchacho-dijo la generala.

No tan bueno a veces-denegó Michkin. (Dostoievski, p. 49)

Guille Deleuze y Felix Guattari en su libro ¿Qué es la filosofía?, proponen en el tercer capítulo de esta obra definir la filosofía a partir de conceptos vivos que bien puede ser encarnados por los personajes creados por la ficción literaria. El concepto vivo y creador sería entonces la existencia literaria de un personaje-conceptual que haría las veces de la representación simbólica de un filosofar distinto al tradicional, pero con una potencia polisemántica que daría qué pensar.

En el caso que nos concierne, el idiota vendría ser el modelo de un personaje conceptual donde se reúnen varios elementos. En primer lugar, una experiencia psicológica de anormalidad y perturbación. En segunda instancia, esta vivencia que pone en cuestión lo que usualmente se entiende por cotidianidad y hábito, crea una distinción frente al sentido convencional de lo que se conoce como lo real. Fruto de lo anterior surge el extrañamiento (o la experiencia del absurdo como lo definen Deleuze y Guattari) disolviéndose el vínculo con el mundo natural, para luego ser significado o ideado fenomenológicamente de otro modo, precisando con ello una potencia lingüística que puede nombrar este mundo suspendido en el juicio. Y finalmente, esta atención en aquello sobre lo cual no merecería ser observado por la normalidad que domina en el mundo social, genera una idea creadora. La filosofía como la idiotez suelen crear ideas incómodas. Y producen malestar bien porque el dominio de lo real se encuentra capturado por el sentido de lo que reporta utilidad y provecho económico y entonces la sociedad suele descalificarlo y reducirlo a nada.

En todo este modo de proceder que hace patente la existencia del idiota, surge una filosofía del extrañamiento, donde se incuban las vivencias de la idiotez y que vendrían a confirmar ideas sugestivas acerca de lo que significa conocer el mundo. Porque no siempre se conoce para la utilidad y el reporte de alguna ganancia; hay momentos gratos y gratuitos en el conocimiento de la vida, siendo el placer que produce escuchar el rebuzno de un jumento, un llamado a la curiosidad y la perplejidad filosófica.


Otras columnas del autor en este enlace: https://alponiente.com/author/juansebastianba/

Bibliografía       

Deleuze, Gilles, y Félix Guattari (1991). ¿Qué es la filosofía? Anagrama: Barcelona.
Dostoyevski. Fiódor (2020). El idiota. Albor. Madrid.


 

About the author

Juan Sebastián Ballén Rodríguez

Licenciado en Filosofía y Letras
Magister en Filosofía
PhD. en Filosofía

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