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La historia, las víctimas y los victimarios ¿cuál es el lugar de las comunidades negras?

La historia de los vencedores es un relato que se construye sobre las ruinas culturales y los cadáveres de los vencidos. Desde la dominación romana sobre los pueblos considerados como bárbaros en la Europa central, hasta los crímenes de conquista perpetuados desde el año de 1492 por los hispanos católicos y los lusitanos provenientes de Portugal. La imposición religiosa y política de la raza blanca esclavizó a las culturas negras provenientes del África como también a las culturas aborígenes que habitaron desde siempre el territorio americano. Como lo plantea Rivera Galindo (2002) el negro fue desarraigado con violencia de su territorio; cuando zarpa con los grilletes puestos por su opresor carga con sus costumbres, creencias religiosas y concepciones de Dios. Cuando llega a tierras extrañas sus visiones del mundo y de lo sagrado fueron silenciadas. Es por ello que la historia de los negros ha sido silenciada por una historia donde ha primado la violencia y la opresión.

La violencia es uno de los malestares sociales más notables de las sociedades esclavistas antiguas y modernas (Ons, 2009). Pero la violencia ha existido desde siempre. Por ejemplo, Thomas Hobbes en su distinguida obra El Leviatán (1651), señalaba que la aparición de los estados modernos estuvo precedida por una guerra generalizada entre los seres humanos. En su formulación se destaca la idea de que el hombre es un lobo para el hombre y esta realidad antropológica pretexta la aparición de un contrato social encarnado en la figura autoritaria de un leviatán (Ons, 2009, p. 16). Esta intuición nacida en el siglo XVI no se distingue de la que ocurre en el siglo XX. Lenin considero que la época de la revolución industrial fue el periodo de la historia del hombre donde más se han desatado agitaciones sociales y guerras entre los estados. Marx, llegó a considerar que la violencia es la partera de la historia y a través de esta se explica los desarrollos más decisivos de la humanidad. Sin la guerra a lo mejor no se hubiese descubierto la penicilina. Otra pensadora notable dentro de la historia violenta del siglo XX es la filósofa Hannah Arendt, quien en una obra titulada Sobre la violencia (2008), señala que la glorificación de la violencia se encuentra en pensadores como Sartre o Fanon, para quienes la violencia actúa como una fuerza vengativa que cierra las heridas de quienes recibieron el rigor del dominio de la fuerza sobre sus propios cuerpos (las víctimas). La venganza como remedio y cura ha sido una de las conceptualizaciones más discutibles y defendidas por estos pensadores.

Para Lyotard, la violencia no es una revancha de los pobres, pues el fin del modelo soviético como la caída del muro de Berlín, son los signos de una época que ha puesto fin a las demandas de reivindicación de derechos y a la violencia legitimada que en algún momento represento el marxismo, al situar la venganza del proletariado como prioridad en la historia. Para Lyotard el apogeo del capitalismo ha cobrado una nueva violencia para los pobres, arrojándolos a la región de los no reconocidos, los odiados, o como ha sido nombrado recientemente bajo el concepto de la aporofobia (miedo a la pobreza) definida recientemente por la filósofa española Adela Cortina (2018), como el temor que causa la pobreza y la consecuente violencia que ello desata a partir del rechazo a los migrantes.

Para el filósofo latinoamericano Enrique Dussel la reconstrucción de la historia de las víctimas toma distancia de la concepción usual que ha formulado la historia de las ideas políticas europeas. El Occidente moderno, democrático y civilizador, asume la genética del Estado desde la reivindicación de derechos por parte del hombre blanco-europeo y se sitúa después de 1789. Es decir, para la historia de Europa son sujetos reales los actores de la Revolución francesa quienes tomando la Bastilla reclamaron ante el desgaste de la ley feudal de la monarquía, fraternidad, igualdad y libertad. A juicio de Enrique Dussel esta lectura deja a un lado la otra historia moral y política de las víctimas, que se ubica históricamente con la irrupción de los modelos religiosos en Occidente (Dussel, 2007). Para el filósofo latinoamericano fue con la aparición del cristianismo como se descubre una nueva conciencia de la libertad, la cual se traduce en protesta e inconformidad ante el trato de esclavo que recibió el hombre que emerge de los suburbios y las periferias que colindaron a las grandes civilizaciones de la Antigüedad.

Es la subjetividad dominada y conquistada, la que carece de nombre y de memoria, la verdadera fuerza de trabajo que construyó la arquitectura política y urbana de la civilización en la Antigüedad. Las sociedades de hierro como la mesopotámica, la egipcia, la griega, la romana, la persa o la china cimentaron las conquistas culturales y políticas de sus mundos a partir de la dominación de sociedades esclavizadas. Para estas sociedades la máxima invención fue el hierro, el uso del caballo y el dominio del arado, elementos económicos y de desarrollo técnico que crearon a la subjetividad dominadora y victimaria.

A través del uso del caballo y la implementación de la herradura se explica el expansionismo territorial de estas sociedades, las cuales, recorriendo grandes distancias, subyugaron a los campesinos de las llanuras descubiertas. La reacción crítica al mundo esclavista promovido por el cristianismo pone en entredicho la grandeza de las civilizaciones y explica en buena parte una nueva mirada al otro, valorando la intersubjetividad del campesino y del esclavo, reconocidas como las verdaderas subjetividades donde la libertad no es un privilegio sino una conquista, una lucha que quiere levantarse contra su señor y descubrirse libre.

Se trata de la secularización que trae consigo la cosmovisión religiosa del cristianismo, el principal recurso ideológico y crítico para una transformación política del hombre en la antigüedad. Para nosotros los contemporáneos, descubrir que la subjetividad política se encuentra en la perspectiva del otro y en su condición de oprimido, es una manera de reconstruir la historia de las víctimas a contrapelo de quienes siempre han narrado el progreso y la evolución de los procesos históricos.  Puesto el ojo de la historia sobre las subjetividades vencedoras, una política desligada de la memoria del otro posiciona la estirpe del poder (las élites) y la aparición de las instituciones del sacrificio humano (los estados), como los fundamentos de una historia política eurocéntrica, colonial y desarrollista.

 


Bibliografía

Arendt, Hannah (2008). Sobre la violencia. Alianza: Madrid.

Cortina, Adela (2018). Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia. Paidos: España.

Dussel, E. (2007). Política de la liberación. Historia mundial y crítica. Madrid: Trotta.

Ons, Silvia (2009) Violencia/s. Paidos: Buenos Aires.

Rivera, Galindo, Luis (2002). La religión Yoruba-Lucumi y su presencia en la música afrocaribeña. Ensayos: Revista de la Facultad de Educación de Albacete, ISSN 0214-4842, ISSN-e 2171-9098, Nº. 17, 2002, págs. 93-116.

 

Esto fue escrito por

Juan Sebastián Ballén Rodríguez

Licenciado en Filosofía y Letras
Magister en Filosofía
PhD. en Filosofía

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