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La guerra y la cultura: elogio al Nacimiento de la Tragedia

Asumir la lectura de la obra de Nietzsche es hacer la vivencia de un síntoma que da cuenta de una patología extraña y de naturaleza psicofísica, en donde se combinan los conflictos de las pasiones como las armonías, pulsiones que habitan en el alma y el cuerpo. Tal vez, en su pluma se dibuja el horizonte de un mundo que encarna al mismo tiempo los dolores y sufrimientos como los amores y las esperanzas, experiencias que se reúnen en una misma persona cuando se alumbran las ideas en una época de rupturas y transiciones; es el tránsito de un camino  que llega a su fin, y con ello la conclusión  de una serie de tradiciones y de saberes, así como el comienzo de un tiempo para las aperturas, los cambios y las transformaciones, se produce un movimiento cíclico que integrará la lectura patológica de las relaciones entre literatura y filosofía. Mundo de retornos y ciclos que es tanto o más contradictorio y convulsionado como el que le tocó vivir al filósofo, a la edad de 24 años como profesor de la cátedra de filología en la Universidad de Basilea. Es justo en esta época donde tiene lugar la gestación y alumbramiento de El nacimiento de la tragedia o Grecia y el pesimismo.

La obra es el resultado de dos disertaciones que comunicará Nietzsche en el año de 1870 bajo los títulos de ‘El Drama Musical Griego’ y ‘Sócrates y la tragedia’; ambos son la carta de presentación del filósofo en un centro de estudios que vio con mucha expectativa la llegada de un filólogo graduado como doctor en la Universidad de Leipzig y de quien se esperaban grandes cosas dadas las recomendaciones de los maestros, particularmente de Ritschl, su director de investigación. Pero las relaciones de Nietzsche con el mundo académico fueron tensas;  efectivamente, fue leído como un autor provocador y polémico, y especialmente estos trabajos, que luego serán reunidos en un proyecto sobre el mundo cultural griego -bajo el consejo sagaz de Cósima, esposa de Wagner y amiga del filósofo-. Nos cuenta Andrés Sánchez Pascual (1984), traductor de la obra que estudiaremos, que inicialmente las  pretensiones del joven filólogo no apuntaban a una publicación temprana de sus investigaciones, ya que en una carta enviada a Rohde, uno de sus amigos más queridos, mostraba las intenciones lejanas de incubar un trabajo híbrido, un centauro -lo describe él mismo- en donde se encontrarían entrelazados la ciencia, el arte y la filosofía (Pacual, 1984, p. 11).

Parir los libros es un trabajo duro. Y esto mismo quiere expresar el filósofo cuando indica que pensando una obra que reúna la ciencia, el arte y la filosofía, parirá centauros. Esta confesión personal es una pista para trazar una hipótesis de trabajo a la obra mencionada y donde buscamos argumentar en favor de una relación, no siempre bien vista, entre la literatura y la filosofía y viceversa, considerando con ello que en los primeros trabajos de Nietzsche sobre el arte y la cultura griega ya se encuentran las bases de una poética híbrida, filosóficamente profunda y enlazadora de mundos y corrientes del pensamiento y de la cultura que más que prestar atención a las diferencias y deslindes, propende por el diálogo, la amistad y el encuentro con miras a pensar una renovación del estilo, que busca pensar las letras de otro modo: se trata de una poética donde la literatura deviene en filosofía y la filosofía en literatura. Tal movimiento responde a la explicitación de una idea, a la intencionalidad hermenéutica de Nietzsche al pretender ver algo más a lo que usualmente estaba habituado a declarar el filólogo de rigor: en otras palabras, la filosofía adviene como una voluntad de verdad, que quiere significar algo que va más allá de las convenciones académicas y que usualmente canonizan y defienden unas tradiciones heredadas, sujetas al hecho positivo de que la obra de arte es en sí misma una bóveda de sentido dispuesta a ser descifrada en la etimología del verbo o los laberintos semánticos de su lenguaje. Esta trasgresión científica, literaria y filosófica que caracteriza a la voluntad de verdad (entendiendo con ello los deseos y las querencias que se encuentran ambientadas por la música pero también por una época de convulsiones sociales y estados de guerra), se hará patente en la renovada mirada que propone el joven Nietzsche a la tragedia griega, cuya genealogía remonta no solo a la reivindicación de una invención clásica de la literatura antigua (en este caso de la tragedia), sino a una psicología de la creación poética, a los estados oníricos e irracionales del alma, y a sus implicaciones dentro de una analítica a la literatura, que busca entenderla no como un hecho cultural estático sino como un organismo vivo y dinámico, cuya potencia hermenéutica puede leer incluso las situaciones conflictivas  que se viven en una época determinada. Podríamos pensar de la mano de Nietzsche en una fenomenología de la cultura, cuyas derivaciones inmediatas trastocarían la mirada a la literatura y particularmente a la tragedia, como las implicaciones filosóficas de una creación artística cuyas resonancias tocará fibras de corte ético, estético y ontológico.

Toda filosofía es hija de su tiempo; y el tiempo que le correspondió Al nacimiento fue el de la guerra, en donde Francia y Alemania se batían en batalla por el control político de sus recién constituidos Estados Nación. Las cavilaciones de este filósofo durante una estancia de descanso en los Alpes, lo llevan a pensar una obra sobre los griegos, que interpretará el origen de la tragedia griega en relación directa con la música; la guerra fue el escenario que hizo meditar a Nietzsche que el malestar de una sociedad no estaba originada en un conflicto político, sino en un problema profundamente sensible, como es el de la definición espiritual de un pueblo variado y plural (el europeo) cuyas raíces se remontan a Grecia. Es como si la genealogía de la guerra en una sociedad con historia se remontara a sus maneras originarias de representar literariamente las tensiones, los conflictos y las pasiones humanas: en otras palabras, pensamos con Nietzsche que los problemas del presente se remontan a una desatención sobre las posibilidades de sentido (y en esto la educación como la ciencia  practicada por la academia de la época juegan un papel determinante) que se abren alrededor de una cultura, la cual funge como madre y gestora de procesos sociales para una humanización estética del hombre, en donde habría que re-significar la vida humana en función de una exploración filosófica a la obra de arte (la tragedia) y sus potencias de sentido para la existencia, la moral y la ciencia, en medio de una sociedad atravesada por la crisis bélica. El carácter polémico de El nacimiento de la tragedia, es una discusión histórica de si el instinto de guerra en los hombres puede ser o no sublimado por las potencian estéticas y educadoras que se leen a la luz de la relación entre literatura y música. El modo de acercamiento a la tragedia griega sería el germen para estudiar un conflicto más genuino: el que ha librado el hombre para poder conocerse a sí mismo.

El problema histórico de una sociedad en guerra se descubre no en la explicitación causal de las luchas librada por los poderes que detentan las elites del Estado, sino en las maneras de hacer ciencia. Es decir, en los modos de producir conocimiento se explica en buena parte las crisis que vive una sociedad. A pesar de que son 16 años lo que separan la mirada crítica que lanzará Nietzsche a su primera obra de filosofía, acusa de juventud e inmadurez, como las causante de una  irrupción rebelde de apreciaciones románticas y desfasadas; empero, es justamente en medio de esta jovialidad hermenéutica, en este espíritu nebuloso de trasgresión que aún no ha encontrado solidez y bases teóricas firmes y consolidadas, como se logra una nueva forma de hacer ciencia, que huye de la aridez disciplinar y abriga la apertura y la vitalidad de las artes, no solo como auxiliares del pensamiento, sino como estímulos y energías catalizadoras para buscar la creación en medio de la uniformidad y el monólogo. Bajo el entusiasmo juvenil, la tarea filosófica de esta obra consistió en: “(…) ver la ciencia con la óptica del artista, y el arte, con la de la vida… (…)” (Nietzsche, 1984, p. 28). Como se ve, la tarea científica de la academia en su manera de narrar la hermenéutica de las letras prescinde de la mirada del artista, como de la relaciones entre el arte y la vida.

Ni la guerra ni los modos habituales que ha tenido la academia decimonónica para hacer ciencia son los referentes de explicación de la jovialidad de una ciencia naciente. Habría entonces que escuchar la voz de un dios desconocido. La escucha como disposición hermenéutica es la actitud epistémica que evoca Nietzsche en esta obra. Pero ¿quién es este Dios?, Dionisio y el espíritu dionisiaco se platean como el nuevo arche metafísico que explicaría la dinámica estética de la obra de arte que, a partir de una ciencia jovial, tendrá lugar  la apertura de una hermenéutica vital, cercana a la comprensión de la obra literaria, la cual, inspirada  en una narración mítica,  fue también práctica religiosa: “Esa ‘alma nueva’ habría debido cantar-¡y no hablar!” (Nietzsche, 1984, p. 29). En la comprensión de esta fuerza espiritual estará más cerca la oralidad, la danza y el instrumento musical que el concepto o el canon literario.

Pero lo dionisiaco no es un espíritu de fiesta: la alegría es la sublimación del dolor, de hecho, es el sufrimiento y su oscuridad la potencia para un renacimiento de la vida en donde la ritualización del festejo evoca una suerte de duelo jovial, a propósito de una experiencia de vida traumática y dolorosa. En esta suerte de análisis psíquico que explica el origen de lo trágico (y en este caso de lo literario-filosófico), adviene como germen el dolor y el pesimismo.

Bibliografía

Nietzsche, F (1984). El nacimiento de la tragedia y el pesimismo. (Trad. Andrés Sánchez Pascual), Madrid; Alianza Editorial.

 

Esto fue escrito por

Juan Sebastián Ballén Rodríguez

Licenciado en Filosofía y Letras
Magister en Filosofía
PhD. en Filosofía

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