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Iván Duque y la renovación de la política colombiana

Iván Duque Márquez está sorprendiendo a todo mundo, gratamente a unos ingratamente a otros. Escribe bien – de forma clara y concisa – y habla mejor. En un tono calmado pero firme responde de manera informada y aguda las impertinencias, que no preguntas, de los periodistas que tratan de hacerlo ver como un títere de Uribe, y los improperios de sus rivales que buscan otro tanto. De la Calle y Petro mordieron el polvo cuando se insolentaron con él en el foro de la Universidad de Columbia.

Como todos  los candidatos, porque afín de cuentas el mercado político es un intercambio de votos por promesas, Duque anda hablando las cosas que gustan a todo mundo y que la gente ingenuamente cree que su obtención depende de la acción del gobierno: comida abundante y barata, salud y educación para todos, trabajo digno y bien remunerado, sostenibilidad ambiental, etc., etc. A mí también me gusta todo eso, pero como liberal decimonónico me conformo con  tener un gobierno barato y poco entrometido. Duque ha sido el único que ha propuesto la reducción de impuestos y del gasto público, menor regulación de la economía y focalización de subsidios. En las actuales circunstancias eso me basta para votar por él.

Pero lo que más me gusta de Duque es que su llegada a la presidencia puede permitir una renovación generacional e ideológica de la política colombiana. De llegar a ser elegidos, casi todos los rivales de Duque y sus respectivas fórmulas vice-presidenciales, terminarían su mandato en edad de jubilación o muy cerca de ella. De hecho, algunos ya deberían estar en uso de buen retiro. Y es que la edad importa, por aquello de que se es hijo más de su época que de los propios padres, como gusta decir mi esposa Gloria Cecilia.

Entre todos los candidatos, Duque es el que tiene el recuerdo vivencial más remoto del Frente Nacional y de los tres gobierno en los que se prolongó y de la ideología económica predominante en la época: el reformismo agrario y el proteccionismo industrial. El intervencionismo de estado fuerte nace en los años 30, especialmente a partir de la reforma constitucional de 1936 y de la famosa ley 200 del mismo año, con su lema de “la tierra al que la trabaja”. Dos discípulos de Lopez Pumarejo, Lleras Camargo y Lleras Restrepo,  resucitaron en los años 60 como política fundamental del estado el reformismo agrario, adobado esta vez con el pensamiento de la CEPAL y su política de protección industrial que Colombia acogió con especial fervor.

Lleras Restrepo llevó a su máxima expresión el proteccionismo y el intervencionismo estatal con su estatuto cambiario, decreto 444 de 1967, y su portentosa reforma administrativa de 1968, que nos legó un instituto descentralizado para cada asunto de la vida económica y social. Todo ese aparato se mantuvo prácticamente incólume hasta los gobiernos de Virgilio Barco, que desmontó el estatuto cambiario, y el de Cesar Gaviria, que hizo la apertura económica y acabó con buena parte de la vieja institucionalidad intervencionista. Probablemente los historiadores del futuro los verán como los dirigentes que iniciaron la recuperación de la tradición liberal clásica en Colombia, ahogada en la batalla de La Humareda y en la embriagues de Rafael Uribe Uribe con las fuentes del socialismo.

Aunque en cierto sentido todos fueron pupilos de Gaviria, ninguno de los presidentes que lo sucedieron – Samper, Pastrana, Uribe y Santos – fue capaz de profundizar en las reformas liberales pero tampoco osaron echarlas completamente atrás. Probablemente este inmovilismo se explique por un compromiso emocional con el asistencialismo desaforado consagrado en la Constitución de 1991 que ha llevado a un desequilibrio estructural de las finanzas públicas que no ha podido ser remediado por las 20 reformas tributarias que se han hecho desde 1990, y a la institucionalización del parasitismo social, caldo de cultivo de las propuestas de “todo gratis o fiado” que invade a todas las campañas electorales.

Sergio Fajardo tiene razón cuando afirma que hoy la disyuntiva en Colombia no es entre izquierda y derecha; pero se equivoca al creer que eso supone que no existan divergencias ideológicas profundas sobre el tipo de sociedad a la que se aspira y sobre la naturaleza de la acción del estado. Hoy, en Colombia, hay una lucha que aún no es completamente explícita pero que se viene dando en el mundo desde hace varias décadas. Es la lucha entre los partidarios del estado asistencialista y que se entromete en todo y los defensores de mayor libertad de mercado, menos intervención y menos impuestos. Los primeros están presentes en todos los partidos y dominan todavía la política colombiana. Los otros, que por simplicidad llamaré los “más liberales”, también están en todos ellos pero por lo pronto son minoría.

En 10 o 15 años, los miembros de la generación mayor – la de Uribe, Santos, Gaviria, Petro, de la Calle, Fajardo, Robledo, Ramirez, etc. – que están quemando sus últimos cartuchos en política,  estarán muertos o retirados pergeñando sus memorias. Iván Duque puede ayudar a jubilarlos liderando la llegada a los cargos directivos del gobierno de una generación completamente desligada del frente-nacionalismo, el proteccionismo y el agrarismo y menos respetuosa de la Constitución del 91 y su asistencialismo rampante que ha malacostumbrado a amplios sectores de la población que no parecen creer que deba existir algún vínculo entre el esfuerzo personal y los resultados. Pienso en personas como personas como Rafael Nieto y Paloma Valencia, de su propio partido, pero también en gentes de otros partidos: Miguel Gómez y Juan Carlos Pinzón y, tal vez, los hermanos Galán, Simón Gaviria, Rodrigo Lara y, los que para mí son las promesas del resurgimiento del liberalismo colombiano de verdad, Daniel Raisbeck y Vanesa Vallejo.