Opinión Selección del editor

Humberto de La Calle: un anti-taurino enemigo de la libertad

En los últimos meses he escrito sobre las propuestas de varios candidatos presidenciales, algunos todavía en liza, otros ya retirados de la contienda. No me había referido a Humberto de La Calle, básicamente, por no encontrar en sus insulsos planteamientos nada que mereciera ser refutado o exaltado. Después de que Gaviria le prohibió renunciar a ella, para adherir a Fajardo y salir con cierta dignidad del berenjenal en el que está metido, su languidecente candidatura se ha convertido en la melancólica comedia de un hombre casi anciano que se esfuerza por parecer como el representante de la juventud.

Cuando lo veo o leo sus trinos, no puedo dejar de pensar en una novela de Thomas Mann, Muerte en Venecia, de la que Luchino Visconti hiciera una espléndida película del mismo nombre. En la historia hay personaje viejo –  con el pelo pintado, para ocultar las canas, y el rostro maquillado, para ocultar las arrugas – que se mezcla impúdicamente en el cortejo juvenil que acompaña de Tadzio, el amado del atribulado compositor Gustav von Aschenbach. Después, el mismo Aschenbach, quien inicialmente ve con repugnancia al patético personaje, teñirá sus cabellos y maquillará su rostro en un esfuerzo desesperado por aparentar juventud y resultar grato a los ojos de Tadzio. Lean la novela, es corta, o vean la película, está en Cuevana, y entenderán mejor lo que quiero decir.

Había pues decidido no meterme con de La Calle, salvo por un par de trinos glosando su ridícula idea de acabar con la inequidad dando educación superior gratuita a todo mundo. Pero de La Calle se metió conmigo cuando, en busca de la popularidad que le es esquiva,  decidió quitarle a Petro una de sus  banderas y arremetió contra los taurinos. Sí, soy un taurino y no me avergüenzo de ello y me siento agredido por el ataque oportunista, mentiroso y liberticida que decidió lanzar contra una minoría de ciudadanos hoy hostigada por todos los flancos.

El 12 de abril, se vino de La Calle con el siguiente trino: “Digo si a la prohibición de las corridas de toros. Viví en Manizales y la cultura era la fiesta brava, pero con el paso del tiempo entendí que este espectáculo induce a la violencia. La tradición no debe ser excusa para la violencia, sea cual sea”

Con el paso del tiempo, es decir, cuando envejecen, muchos taurinos dejan de ir a las corridas, bien  porque no soportan el sol o porque se fatigan escalando las gradas o porque los agobian las muchedumbres o, simplemente, porque se cansaron. Eso le ocurrió a de La Calle y a muchos otros taurinos sin que a ninguno ellos le hubiera pasado por la mente prohibirle a los demás el disfrute de un espectáculo en el que ya encuentran poco o ningún placer. De La Calle está en todo su derecho de ser anti-taurino, lo que no puede hacer es desconocer el derecho de los taurinos a cultivar su afición y mucho menos en pretender acabar con ellos desde su quimérico gobierno.

Probablemente De La Calle dejó de ir a toros hace muchos años, por lo menos los cinco en que estuvo entretenido negociando “el mejor acuerdo posible”,  que nos ha dejado a unos dirigentes desmovilizados traficando y a una retaguardia estratégica secuestrando y asesinando. En todos esos años nunca se le ocurrió violentar a los taurinos, eso era asunto de Petro y sus amigos, hasta que se convirtió en un candidato sin esperanza, vulgar moneda de cambio con la que Gaviria espera hacerse a unos cuantos ministerios en el eventual gobierno de Vargas Lleras quien es el verdadero candidato del partido liberal.

Si con esa frase se refiere a los taurinos, miente de La Calle cuando dice que ese espectáculo induce a la violencia. ¿Cuándo se ha visto unas barras bravas de taurinos enfrentadas y agrediéndose físicamente, como si sucede en el fútbol, por ejemplo, sin que a nadie se la haya ocurrido prohibirlo? Pero si se refiere a la violencia de los anti-taurinos, dice verdad, porque son estos los que agreden verbal y físicamente a una minoría de ciudadanos inermes por el único delito de disfrutar un espectáculo que no es del agrado de la mayoría.

De La Calle se presenta como un paladín de la libertad, pero es incapaz de entender que, como decía John Stuart Mill, “la libertad humana exige libertad en nuestros propios gustos y en la determinación de nuestros propios fines”. Pero pasa por encima de esto y decide atacar a los taurinos porque sabe que son una minoría y que a la mayoría de los ciudadanos le son indiferentes las corridas y que esa mayoría, azuzada por una minoría activa, la de los anti-taurinos, resultará apoyando la prohibición de las corridas.

Si de La Calle fuera un verdadero liberal entendería que la sociedad está conformada por un sin número de grupos minoritarios en sus gustos o inclinaciones. Entendería que no existe nada que pueda denominarse voluntad popular y que ésta, como decía Mill, no es otra cosas que la porción más numerosa o más activa del pueblo y que aceptar el querer cambiante de esa porción como regla de vida para los demás no es otra cosa que aceptar la tiranía de la mayoría, la peor amenaza contra la libertad.

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