Opinión Selección del editor

Gustavo Petro: ignorancia y demagogia

En alguno de sus escolios, decía Don Nicolás Gómez Dávila algo parecido a esto: la ignorancia  es más nociva que la corrupción porque el corrupto descansa de vez en cuando mientras que el ignorante ejerce de tiempo completo. Más que por sus ideas socialistas, su pasado guerrillero o su talante autoritario – que ya son suficientes para invalidar su pretensión de llegar a la presidencia – Gustavo Francisco Petro Urrego sería un peligro en el gobierno por su radical ignorancia de la forma en que funcionan economías de mercado y las sociedades que se quieren verdaderamente libres.

Lo primero requiere de un cierto entrenamiento profesional del que carecen la mayoría de las personas, sin que eso les impida relacionarse y cooperar mediante el sistema de precios, de la misma forma en que no se precisa ser lingüista para poder usar el lenguaje y comunicarse, porque los precios son el lenguaje del mercado. De lo segundo la mayoría de las personas tiene un entendimiento suficiente para funcionar en sociedad aunque muchas no comprenden cabalmente – como es el caso de Petro – que la base de todos los derechos y todas la libertades es el derecho de propiedad. Ni lo uno ni lo otro es un problema porque la mayoría de la gente no aspira a ser presidente ni lo será nunca. Pero cuando alguien que ignora esas dos cosas tiene esa pretensión con alguna probabilidad de realizarla, el asunto no deja de suscitar cierta inquietud.

El problema con Petro es que él padece la peor forma de la ignorancia: la ignorancia del ignorante que cree que sabe y no poco, del que cree que lo sabe todo de todo. Cuando leo sus trinos o escucho sus intervenciones quedo perplejo frente a su  sabiduría insolente. Petro tiene una repuesta categórica, precisa, contundente frente a cada problema económico o de la vida social. No duda nunca, no vacila, lo sabe todo. Está lleno de respuestas, lleno de soluciones, lleno de ideas.  Y eso es justamente lo que asusta porque la ignorancia, según decía Platón, no es un vacío sino una llenura.

Leo en su biografía que Petro es economista, de la universidad Externado para más señas. A lo mejor le enseñaron mal o le enseñaron bien pero no aprendió, ignoro qué ocurrió, pero Petro no sabe economía pero cree que sabe y, para agravar las cosas, es un político. Esto da la peor combinación que podría darse para un hombre con el gran poder que supone la presidencia: un político ignorante de economía que cree que sabe.

Si Petro supiera algo de economía, siquiera un poco, tendría algún respeto por el sistema de precios, porque intuiría de alguna forma que los precios que se forman en los mercados, que las cantidades que se tranzan, que las cosas que se producen o dejan de producirse son el resultado, no buscado deliberadamente por nadie, de las decisiones de producción y consumo de millones y millones de personas que usan una información dispersa y atomizada que nadie por sí solo, absolutamente nadie, puede manejar, controlar u orientar. Y ese es justamente el problema de Petro y todos los socialistas, pretender que saben mejor que todos los individuos lo que le conviene a cada uno y lo que cada uno debe hacer para lograrlo. Fatal arrogancia llamaba Hayek esa pretensión.

Petro desconoce y desprecia el sistema de precios en el que en una sociedad libre se manifiesta la diversidad de las aspiraciones y conocimientos de los individuos.  Como buen socialista, está imbuido de alguna de las múltiples formas de la teoría de la conspiración. Él cree que los precios que se forman y las cosas que se producen o dejan de producir dependen de las decisiones de siniestros grupos de poder que desde lujosas oficinas o desde oscuros antros conspiran todo el tiempo para empobrecer la gente, acabar sus empleos y destruir el ambiente. El análisis de algunas de sus ideas económicas podrá en evidencia su total desconocimiento y desprecio del sistema de precios y, también, su increíble ignorancia de la historia económica de Colombia, incluso la más reciente.

Las energías limpias

Petro adora o dice adorar las energías limpias y renovables y se presenta como el Prometeo que iluminará con ellas un mundo lleno de la suciedad del carbón y el petróleo. ¿A quién no le gustaría un mundo en que la transformación y el uso de las energías se hicieran sin desperdicio, sin suciedad, sin aumentar el desorden? ¿Por qué entonces no está el mundo lleno de paneles solares y turbinas eólicas?

Petro parece creer que ello obra de un montón de capitalistas codiciosos que quieren acabar con el ambiente y envenenarnos a todos; pero la cosa es menos dramática. Los costos de inversión en la infraestructura requerida por esas energías son todavía más elevados que los de las energías tradicionales y esto es particularmente significativo en el caso de Colombia donde las renovables no convencionales tienen que competir con la generación hidráulica, igualmente limpia y renovable y mucho menos costosa. Hasta el presente, prácticamente en ningún país del mundo esas energías renovables se han podido introducir en la matriz energética sin alguna clase de subsidio que en definitiva paga el ciudadano, como consumidor, en su factura de electricidad, o en impuestos, como contribuyente.

Ahora bien, en Colombia ya se han tomado decisiones de política pública orientadas a facilitar el ingreso de las renovables no convencionales a la matriz energética. Está, en primer lugar, la ley 1715 de 2014 que regula la integración de dichas energías al sistema eléctrico. En desarrollo de esa ley, el gobierno expidió el 23 de marzo decreto 0570 de 2018 mediante el cual se dispone la creación de un mecanismo para la  contratación de largo plazo de la energía producida con fuentes renovables no convencionales y se dispone la incorporación del precio resultante en la fórmula tarifaria de los consumidores finales. El 28 de febrero la Comisión de Regulación de Energía y Gas – CREG – expidió la resolución 30 de 2018 que regula las actividades de autogeneración en pequeña escala, es decir, que permite la conexión al sistema eléctrico de la energía producida mediante fuentes renovables no convencionales. En otras palabras, ya cualquier hogar colombiano o empresa puede instalar en los techos de sus residencias o instalaciones productivas sus paneles solares o sus turbinas eólicas. Por otra parte, nada impide hoy el desarrollo de proyectos de generación a gran escala con fuentes no convencionales y dentro de poco los empresarios tendrán la ventaja de poder trasladar sus mayores costos al precio pagado por el consumidor final.

Pero es probable que a Petro la política y la regulación adoptada en el País para facilitar el ingreso de las energías renovables no convencionales – que distorsiona los precios y eleva la factura eléctrica de los consumidores finales – le parezca demasiado tímida. A lo mejor él prefiere soluciones más drásticas como prohibir de tajo la generación térmica y hacer obligatoria para todo mundo la instalación de paneles solares. No sorprendería, porque ese es su talante.

La diversificación de la canasta exportadora

Otro tema que obsesiona a Petro es la diversificación de la producción nacional y de la canasta exportadora. ¿A quién no le gustaría tener una canasta exportadora diversificada en productos y destinos? Desde los años 20 del siglo XX, los empresarios colombianos han luchado, con desigual fortuna, por diversificar la producción para el mercado interno y la oferta exportadora. La política de sustitución de importaciones, el Instituto de Fomento Industrial, el Plan Vallejo para diversificar exportaciones y la apertura económica son algunas de las orientaciones de política pública adoptadas en diversos momentos para lograr esos objetivos. En este como en otros casos, Petro, ignorando los hechos económicos y la historia económica del País, se presenta ante sus incautos seguidores como el Adán encargado de “superar el extractivismo (sic) que ha llevado al deterioro del aparato productivo industrial y agropecuario nacional, provocando devastación ambiental, pobreza e inequidad”. Nada hay  en esa afirmación que resista el mínimo análisis.

En 2003 el País mostraba una canasta exportadora diversificada. Diez productos, entre los cuales se encontraban 5 productos industriales, respondían por el 57% de las exportaciones.  Los cinco productos primarios – petróleo, café, flores, carbón y bananos – tenían una participación relativamente equilibrada. Después vino el alza en los precios del petróleo en los mercados internacionales y la producción, la inversión, las exportaciones y los ingresos fiscales de esa actividad se elevaron. ¿Qué se podía hacer ante esa situación que condujo a lo que Petro llama el “extractivismo”? ¿Prohibir la producción, la inversión y las exportaciones petroleras?

Los empresarios del País no estaban haciendo mal las cosas en materia de diversificación de exportaciones. El auge de los precios de las materias primas, en particular del petróleo, alteró la tendencia que se venía registrando. Las alzas y bajas de los precios de las materias primas son algo escapa por completo al control de una economía como la colombiana que sólo puede limitarse a aprovechar los auges y a padecer las depresiones.

El principal problema con los ciclos de precios de los productos primarios, es el comportamiento de los gobiernos con los ingresos fiscales. La receta es sencilla: el gobierno, como cualquier particular, para definir su gasto debe atenerse al ingreso permanente, no al ingreso coyuntural; debe por tanto ahorrar durante los auges para poder mitigar el efecto fiscal de las depresiones. Pero esto es difícil de hacer cuando el gobierno está capturado por intereses políticos y particulares propensos al gasto y adversos al ahorro.  Durante los primeros años del gobierno de Santos los ingresos petroleros alcanzaron niveles nunca imaginados, ingresos que fueron derrochados en burocracia y asistencialismo desaforado. Dudo mucho que un gobierno encabezado por Gustavo Petro que quiere darlo todo gratis hubiera procedido de forma distinta al gobierno de Santos.

Aún con la deficiente política pública frente al auge petrolero, que provocó la revaluación de la tasa de cambio, es falso que la industria y la agricultura hayan colapsado como consecuencia del auge petrolero como sí ocurrió en la bolivariana Venezuela donde el comandante Chávez dilapidó miles de millones de dólares, empeñado en construir el socialismo del siglo XXI, que continúa siendo el ideal de Gustavo Petro. Tampoco es cierto que la pobreza haya aumentado en las últimas décadas, todo lo contrario, como puede evidenciarlo cualquiera que pasee someramente sus ojos por las estadísticas del DANE.

Sistema financiero y banca pública

Dice Petro, en uno de sus trinos: “El enemigo de la clase media (…) es el sistema financiero que la ahoga en compra de carro, apartamento y universidad de sus hijos. Con una banca pública competitiva podemos mejorar condiciones de créditos y con la universidad gratuita sus ingresos”.

Es un tópico muy extendido creer que el propósito de los intermediarios financieros es arruinar a sus clientes fijándoles intereses y condiciones de pago imposibles de satisfacer. Los que así piensan no parecen entender que los intermediarios financieros son agentes que canalizan el ahorro de quienes consumen menos que su ingreso corriente hacia aquellos cuyo ingreso les resulta insuficiente para financiar su propio consumo o la inversión que quieren realizar. Son incapaces de comprender que las tasas de interés que se forman en los mercados son el resultado de la diversa valoración que las personas tienen del consumo presente frente al consumo futuro y del rendimiento que esperan obtener de sus inversiones y no el resultado de la decisión arbitraria de unos intermediarios financieros deseosos de ahogar a sus clientes.

En efecto, si Gustavo Petro hubiera entendido algo de economía sabría que la tasa de interés es un precio que expresa la relación de intercambio entre los bienes presentes y los bienes futuros y que esa relación de intercambio tiene un componente subjetivo, la mayor preferencia por los bienes que están disponibles hoy sobre los bienes que están disponibles en el futuro, y un componente objetivo asociado a las oportunidades de inversión.

El componente subjetivo puede ilustrarse muy bien con la propia historia personal de Petro. Recientemente se dolía de que, con casi 60 años, aún debía la hipoteca de su casa, de no tener carro ni propiedad territorial alguna, todo ello a pesar de que durante sus 15 años como congresista y los 4 como alcalde tuvo un ingreso mensual de más de 30 millones de pesos. Es decir, en los últimos 20 años, Gustavo Petro recibió del erario, es decir, de los impuestos pagados por los demás colombianos, unos 7.000 millones de pesos. Si hubiera sido capaz de vivir con 15 millones mensuales, tendría hoy un capital no inferior a 3.500 millones, sin tener en cuenta los rendimientos que le habría generado. Pero no, aparentemente se gastó todo su ingreso por tener una elevadísima preferencia por el presente, quizás, por carecer de una visión a largo plazo de las cosas, por debilidad de voluntad, por la costumbre de gastar sin freno o por carecer de ese sentimiento que nos lleva a procurar el bienestar de nuestros hijos y descendientes. Cualquiera sea el caso, son las gentes como Petro, que tienen una elevada disposición al consumo presente las responsables de que la tasa de interés tienda a elevarse.

Muchas personas carentes de entrenamiento en economía y con elevada propensión al gasto tienden a pensar que las tasas de interés las fijan arbitrariamente el banco emisor y los bancos comerciales cuando fijan las tasas nominales de interés. Este es un error tan vulgar como creer que los comerciantes o los productores fijan arbitrariamente el precio de las cosas que venden sin que importe la demanda de mercado de esas cosas, es decir, sin que importe la valoración que de esas cosas hacen los eventuales compradores. Un razonamiento simple destruye la falacia según la cual los intermediarios financieros no tienen otro propósito que ahogar a la clase media. La tasa de interés para el crédito hipotecario está alrededor de 12% ó 14% anual. Si el objetivo es ahogar a la clase media, y los intermediarios fijan el interés al nivel que quieran, ¿no se la ahogaría más con una tasa del 20% o, mejor aún, de 30% o del 50%?

En medio de su ignorancia, para resolver el problema que el mismo se ha inventado, a Petro se le ocurre la peor de las soluciones: la creación de una banca pública que otorgue crédito “barato” a todo mundo. En Colombia ya tuvimos una banca pública y semi-pública – Banco Popular, Banco del Estado, Banco Central Hipotecario, Banco Ganadero, Banco Cafetero – que naufragó carcomida por la ineficiencia y la corrupción. Era una banca en donde pocos querían depositar sus ahorros y con la que muchos deseaban endeudarse a tasas subsidiadas. Tenía que fondearse con recursos fiscales o de emisión monetaria. Crédito dirigido del que se beneficiaban los capitalistas clientelistas y los políticos rapaces amigos de los directivos de turno. Todos esos bancos fueron cayendo poco a poco abrumados por una cartera incobrable y cuantiosas pérdidas que ya no podían ser cubiertas con recursos fiscales. Petro propone resucitar esa banca que sólo puede subsistir dependiente del fisco o, lo que es peor aún, de la emisión monetaria.

Coda

Petro es un ignorante en materia económica, como se ha ilustrado fehacientemente, pero es también un demagogo y como todo demagogo es elocuente. Y, fascinando por su propia verborrea,  el elocuente se cree sabio y la masa semi-ilustrada de los incautos, encantada igualmente con un discurso lleno de frase altisonantes y de esas palabras que siempre suenan bien, cree que efectivamente lo es. Por fuera del poder, el demagogo ignorante es risible y casi divertido. Instalado allí es un peligro porque, al no abrigar dudas sobre la inmensa superioridad de sus doctrinas, está convencido de que solo se requiere la fuerza de su voluntad para garantizar el bienestar de la sociedad tal como él lo entiende. Hace ya 259 años, en su incomparable Teoría de los sentimientos morales, Adam Smith había advertido sobre el peligro que para la sociedad representa un gobernante de este tipo:

 “El hombre doctrinario, en cambio, se da ínfulas de muy sabio y está casi siempre tan fascinado con la supuesta belleza de su proyecto político ideal que no soporta la desviación de la más mínima parte del mismo. Pretende aplicarlo por completo y en toda su extensión, sin atender a los poderosos intereses ni a los fuertes prejuicios que pueden oponérsele. Se imagina que puede organizar a los diferentes miembros de una gran sociedad con la misma desenvoltura con que dispone las piezas en un tablero de ajedrez.  No percibe que las piezas de ajedrez carecen de ningún otro principio motriz salvo el que les imprime la mano, y que en el vasto tablero de la sociedad humana cada pieza posee un principio motriz propio, totalmente independiente del que la legislación arbitrariamente elija imponerle. Si ambos principios coinciden y actúan en el mismo sentido, el juego de la sociedad humana proseguirá sosegada y armoniosamente y muy probablemente será feliz y próspero. Si son opuestos o distintos, el juego será lastimoso y la sociedad padecerá siempre el máximo grado de desorden”.