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Gentecita con “doctorado” y los falsos títulos en la política

Hacer un doctorado en Colombia es muy difícil, de hecho es casi imposible. Se requiere un buen perfil académico, suficiente solvencia económica, dedicación de tiempo completo por al menos cinco años y un desinteresado amor por la academia. Muchos de los que se meten en semejante quijotada no tienen más opción que buscarse una beca de las pocas que ofrecen las universidades o algunas instituciones oficiales del Estado como Colfuturo, aunque en realidad el beneficio es poco y el dinero que ofrecen para manutención no suele alcanzar para mayor cosa. La mejor opción, dicen algunos, es hacerlo en el exterior y endeudarse media vida con el Icetex, el infierno de la educación.

Cuando los estudiantes reciben su doctorado se enfrentan a un sistema hostil que prefiere la experiencia laboral que el título, en las entrevistas les dicen que están sobrecalificados o que no pueden pagarles el sueldo que se merecen. Cuando los contratan en las universidades deben empezar desde abajo, como profesores catedráticos, sin prestaciones sociales ni vacaciones pagas. Así que no es un buen negocio tener un doctorado en Colombia, los doctores lo saben pero han comprendido que sus saberes son más valiosos que cualquier retribución económica. Ellos estudian porque quieren, porque el conocimiento es poder.

Tal vez esa experiencia les ha enseñado a los doctores que lo mejor es andarse por el mundo con bajo perfil, escondiendo sus diplomas y sus publicaciones porque, además de soportar la ironía de que sus conocimientos les cierren puertas laborales, saben que Colombia es un país mezquino que no ve con buenos ojos a los intelectuales que traen ideas vanguardistas a este pueblo iletrado. Claro, también hay fantoches con doctorado que han tenido la suerte de ubicarse bien y ahora no hacen más que hablar de sus experiencias, como aquel decano que en cada conversación tiene que mencionar que fue discípulo de Foucault, pero lo cierto es que son muy pocos, incluso en influyentes círculos académicos, los que han logrado terminar con éxito un doctorado.

Por eso me resulta curioso que en uno de los países más corruptos del mundo algunos poderosos sientan la necesidad de inventarse estudios que no han cursado para inflar una hoja de vida que en realidad nadie lee, como si eso fuera un requisito para destacarse en el país del atajo y de la trampa: se dice, por ejemplo, que Álvaro Uribe fue profesor asociado de Oxford y que hizo una especialización en Harvard, ambas historias son falsas pero no por eso sus fanáticos van a dejar de aplaudirlo; pasó lo mismo con Peñalosa, decía tener un doctorado que en realidad no había cursado pero a muchos de sus votantes eso los tiene sin cuidado porque, en primer lugar, no es un requisito tener doctorado para ser alcalde y, en segundo lugar, la gente no relaciona la preparación académica de sus líderes con sus capacidades políticas, aquí el voto es meramente emocional.

Entonces, ¿qué ventaja sacan estos políticos mentirosos al adjudicarse estudios que no tienen? Yo diría que no obtienen mucho, si acaso se ganarán algunos votos de quienes creen en la educación, que son muy pocos, o tal vez les servirá para ensalzarse con cada presentación rimbombante que les hacen en los foros a los que asisten. Y si no hay una razón pragmática para mentir más que alimentar un ego de plastilina, ¿qué serán capaces de hacer estos señores cuando en realidad tengan razones millonarias para engañarnos? Si Peñalosa u otro funcionario público nos miente con algo tan irrelevante en la política nacional ¿podría también engañarnos cuando cita estudios del metro elevado o cuando descalifica las investigaciones que se han hecho sobre la reserva Van der Hammen?

El país está lleno de doctores sin doctorado, de gentecita que se cree inteligente pero que no tiene otro mérito que tener un apellido ilustre o un buen grupo de amigos, o ambas cosas. Ellos escriben columnas, publican libros, hablan con suficiencia mientras fuman pipa, conforman círculos intelectuales poderosos, deciden por quién debe votar el pueblo y cómo se debe invertir el presupuesto. Y mientras estos personajes se inventan títulos que no tienen, los que de verdad saben del mundo tienen que quitar su doctorado de la hoja de vida para seguir vigentes en el mercado, porque lo importante en Colombia no es ser, sino parecer.

Esto fue escrito por

Daniel González Monery

Estudiante de Licenciatura en Ciencias Sociales (Universidad del Atlántico). Columnista invitado del Diario La Libertad (Barranquilla).
Columnista invitado del periódico El Colombiano (Medellín).
Colaborador de la Revista Las 2 Orillas (Bogotá).
Columnista del portal Ultima Hora Colombia
Columnista del Portal La Oreja Roja (Medellín).
Columnista del Portal Al Poniente.