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El Terrorismo: la máscara perfecta que disfraza a los cobardes

La violencia terrorista en Colombia aunque recién con el fenómeno del narcotráfico y la edad dorada del temible Pablo Escobar en la década de 1980 y la aparición de las llamadas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y el paramilitarismo a finales de 1990, todo eso sumado a la tenebrosa época de los carros bombas, secuestros masivos, explosión de aeronaves en pleno vuelo, atentados a diestra y siniestra en las ciudades capitales, fue antecedida de la violencia política entre Liberales y Conservadores, aunque no podemos afirmar con total seguridad que la segunda sea responsable de la aparición de la primera.

Sin embargo, el acomodamiento de fuerzas al inicio de la Guerra Fría (conflicto bélico entre capitalistas liderados por Estados Unidos contra el bloque comunista de la Unión Soviética) tomó como epicentro a América Latina y con ello a Colombia. Las regiones del país se vieron preñadas de repente por grupos guerrilleros ensalzados por la extinta Unión Soviética y que llenaron de sangre el campo colombiano, cuando paulatinamente fueron apareciendo focos de resistencia comunistas y marxistas bajo el liderazgo de las FARC primero, y del ELN después. Las regiones colombianas vieron nacer la nueva forma de violencia que terminaría mutando en terrorismo.

En tiempos de la arremetida salvaje de Pablo Escobar y los extraditables contra la sociedad colombiana, durante la cual explotaron aviones en vuelo, edificios del Gobierno y centros comerciales, el Estado sabía quiénes estaban detrás de esa ofensiva y qué perseguían. “Preferimos una tumba en Colombia a una cárcel en Estados Unidos”, repetían tras cada acción terrorista, con el propósito de arrodillar al país. No sucede lo mismo hoy. En medio de este difícil entorno, con un complejo proceso de paz en implementación, con una mesa en entredicho con el ELN, con un Cartel del Golfo muy activo, con una destructiva polarización política, con nacientes grupos armados, con un Gobierno profundamente debilitado y con el sol a las espaldas, no es claro quiénes son los responsables del atentado, cruel y cobarde, del centro comercial Andino, entre muchos otros que han estremecido a la sociedad colombiana en su conjunto.

Si bien cada uno es libre de pensar lo que quiera y de decir lo que quiera, lo que sorprende es que parte de lo que pretenden los terroristas es precisamente eso, sembrar el caos y la confusión. Que no solo exploten los baños, escuelas de policías, etc., sino la sociedad. Que la perplejidad se traduzca en amedrentamiento, pánico y, por ende, miedo y debilidad. Los únicos ganadores de esa guerra de memes crueles, de fotos improcedentes, de acusaciones irresponsables, de trinos envenenados, de insultos ponzoñosos y de todas las manifestaciones posteriores, incluso fuera de las redes sociales, son los mismos terroristas, que logran evitar un consenso integral, contundente y definitivo contra sus métodos en todos los estamentos de la sociedad, de manera que en vez de estar todos unidos rechazando el terrorismo, estén convirtiendo en cuadrilátero de mezquindades las muertes dolorosas de todas aquellas víctimas fatales de estos atroces atentados terroristas.

En tiempos actuales, con todo y la firma final del esperado y a la vez criticado proceso de paz con la hoy ex guerrilla de las FARC (convertidas en un partido político de izquierda) se vive en el país un clima político exacerbado que recorre la geografía nacional en sus zonas urbanas y rurales. Particularmente en las zonas rurales se vivía y aún persiste, un clima de tensión, angustia y decepción; era el caos, la penumbra social sin esperanza de cambio, es entonces el caldo de cultivo que trajo el caos global a Colombia.

La firma del proceso de paz trajo tanto simpatizantes como detractores, en especial estos últimos provenientes tanto del espectro político como de las guerrillas disidentes y también de aquellas que se niegan a abandonar la lucha armada, como es el caso de los terroristas asesinos del grupo del Ejercito de Liberación Nacional (ELN), quienes a pesar de haber iniciado diálogos con el gobierno del saliente presidente Santos y luego a la expectativa del nuevo gobierno en cabeza del uribista Iván Duque, han traicionado todos los protocolos vigentes de tregua y cese al fuego, al perpetuar, atentados terroristas a gran escala a las instituciones legitimas del Estado, como lo es la Policía Nacional, cuerpo de vigilancia que vela por la seguridad de los ciudadanos y la sana convivencia de la sociedad civil.

Primero fue el día 27 de enero del año 2018, siendo las 6 y 30 de la mañana, se detona una bomba explosiva con contenido suficiente como para no solo acabar con las instalaciones de la Estación de Policía situada en el Barrio San José de Barranquilla, sino también atentar contra la vida e integridad física de los uniformados allí acantonados. Sin medir que en los alrededores de dicha estación, subsisten viviendas y zonas residenciales de gente de bien, quienes confiados en la seguridad que les brinda la policía, nunca esperaban una atrocidad como la que les tocó vivir en ese aciago y desesperado día. Las cifras dijeron que fueron aproximadamente unos 7 policías patrulleros muertos, entre esos se cobró la vida de un animal de la calle, un perro que acampaba todas las mañanas al ritmo de la formación de los uniformados de la estación. Más de una decena de heridos y daños materiales sufrieron ese funesto día, sobre todo las familias de los uniformados muertos, que no pudieron realizar sus sueños y dejaron sin cabeza a sus familias, y sin padre a sus hijos.

El último ataque terrorista perpetrado por la guerrilla terrorista del ELN, ocurrió el pasado jueves 17 de enero, en inmediaciones de la Escuela Nacional de Policía General Santander, que dejó como saldo unos 21 uniformados policiales muertos y más de una decena de heridos y daños materiales que ascienden a grandes cantidades de dinero. Un acto sin duda despreciable, teniendo en cuenta que en dicha escuela, se forman de manera intelectual más no militar, los futuros oficiales que van a servirle con honor a nuestra patria querida. No es un centro militar de avanzada, no es la dirección general de la policía, no es un lugar cargado con municiones ni explosivos, salvo por los que custodian el lugar, no hay nunca uniformados armados.

Aunque la guerra generalmente se hace en las veredas y las zonas rurales del país, sobre todo en aquellos territorios históricamente abandonados por el Estado, las ciudades y en especial los puntos con mayor número de afluentes y concurrencia de personas se ven amenazados y vulnerados ya que se prestan para la ejecución de macabros planes, que por supuesto, se cobran vidas inocentes de personas ajenas al conflicto y a cualquier formación militar. Así fue el caso del atentado con bomba explosiva al Centro Comercial Andino en la ciudad capital de Bogotá en Junio de 2017, perpetrado por la autodenominada guerrilla urbana del Movimiento Revolucionario del Pueblo  ejecutado en el baño de mujeres, y que dejó como saldo al menos 3 mujeres muertas (entre esas una francesa) y nueve heridas más.

No hay terroristas buenos. No hay terrorismo altruista. No hay terrorismo justificable. Y mucho menos cuando actúan con la cobardía, premeditación y precisión que quedaron en evidencia luego de dejar el artefacto explosivo en un baño de mujeres, por ejemplo usualmente, además, frecuentado por pequeños niños con sus mamás e incluso por bebés a los que sus madres amorosas cambian el pañal, solo por citar algunos ejemplos de macabras formas de perpetuar tales atentados.

Sin duda, lo que debemos entender es que estos ataques son contra toda la sociedad porque, sea quien sea, nadie debería estar expuesto a perder la vida a manos de aquellos que no quieren que este país tenga días de paz; de quienes, por los intereses, la filosofía, la venganza, los brazaletes que sean, se atreven a semejante bestialidad contra la gente. En eso tenemos puestas las esperanzas los colombianos. Se tiene que acudir a toda la experiencia acumulada para identificar y capturar a los responsables de tan reprochables actos. No podemos volver a esos tiempos del terrorismo indiscriminado, hace unas tres décadas, que tantas vidas inocentes se llevaron. Bien hizo el mandatario Duque en hacer un llamado a la unidad, a la serenidad, a la cordura en este último ataque terrorista tan infame.

Evidentemente, no es la oportunidad para reaccionar políticamente. Eso sería mezquino e inhumano. Sobre todo, sería hacerles el juego a los terroristas, que lo que buscan es la desestabilización institucional y sembrar miedos y dudas en la sociedad. Procurar réditos políticos en estas horas luctuosas es otra bomba de tiempo. Se puede disentir de las políticas del Gobierno, pero, con entereza, se debe estar de su lado ante los enemigos de todos. Lo que se impone es la solidaridad, la unidad, la colaboración con las autoridades.

Como dijo el mandatario: “No hay bomba que venza la voluntad de un pueblo unido”. Solo así no pasan los violentos. Esto sin embargo, no lo entienden ninguna de las orillas políticas de nuestro país, ya que casi inmediatamente después de cada atentado terrorista, los espectros políticos empiezan casi una guerra de tira que jala, un sin número de acusaciones infundadas y sobre todo, recriminándose según, ya que creen, inequívocamente, que cada atentado que ocurre es responsabilidad directa de la forma de pensar o del accionar político contrario al del bando que hace la acusación.

Debemos, sin embargo, recordar las lecciones del pasado para tener presente que el más fuerte de todos los antídotos contra el terrorismo es una ciudadanía con la guardia en alto, que hace saber que repudia a los violentos, que exige respeto por la vida, que levanta su voz ante las violaciones de los derechos humanos, cualquiera que sea su origen, y que activa todas sus redes para procurar una protección colectiva. Nuestra cooperación puede salvar vidas. Nuestro compromiso puede prevenir atentados. Nuestra voluntad de apoyo puede evitar tragedias.

Aplaudo a quienes desde distintas orillas levantaron sus voces para respaldar a nuestros héroes y honrar su memoria. Aplaudo a quienes de corazón manifestaron su apoyo a la Policía. Aplaudo a quienes salieron a las calles a rechazar el terrorismo sin distingos de camisetas políticas ni de colores partidistas. Y ese, creo yo, ha de ser el camino para recorrer. Independientemente de filiaciones, ideologías y militancias, sin pretender falsos unanimismos y estimulando el debate democrático y la lucha desarmada por las ideas, debe retumbar en todos los rincones de Colombia una única voz de rechazo frontal al terrorismo, venga de donde venga.

Esto fue escrito por

Daniel González Monery

Estudiante de Licenciatura en Ciencias Sociales (Universidad del Atlántico). Columnista invitado del Diario La Libertad (Barranquilla).
Columnista invitado del periódico El Colombiano (Medellín).
Colaborador de la Revista Las 2 Orillas (Bogotá).
Columnista del Portal La Oreja Roja (Medellín).
Columnista del Portal Al Poniente.