Opinión Política

El Juego de Tronos en la vida y la política

En esta edad de oro de la televisión, similar a la que vivió Hollywood, las series se han convertido en un activo de enorme importancia. Esto gracias a las nuevas plataformas como Netflix y sus servicios en línea que permite conectar a miles de millones de personas en el planeta con las ultimas secuencias, películas y cortometrajes sin necesidad de ir a un cine o como antaño, de alquilar una película por varios días o unas horas. Las series son sin duda la nueva apuesta del presente y el futuro del entretenimiento a nivel global.

Juego de tronos se ha convertido en la serie que más premios Emmy ha recibido en la historia, pero su importancia no radica tanto en los galardones que ha logrado (47 en siete años), sino en el lugar que ocupa en la imaginación global.

Pese a que rompió todas las normas de la narrativa tradicional —el posible protagonista podía morir asesinado a la primera de cambio—, se ha transformado junto al fútbol en una especie de esperanto, en un lenguaje que comparten millones de personas. Cuando el príncipe heredero saudí ordenó la detención de decenas de sus familiares, periódicos de todo el mundo titularon: “Juego de tronos, en Arabia Saudí”. Expresiones como una “Boda roja” o “Madre de dragones” son compartidas casi como lugares comunes en los cinco continentes.

Esta serie, desarrollada en un escenario fantasioso, lleno de paisajes y contextos milenarios, esconde una trama inigualable, en la que varias familias se disputan el poder supremo. Cualquier parecido con nuestra realidad, es pura coincidencia. Durante siete temporadas, estas familias se han atacado sin contemplación, cambiando de bando según la conveniencia del momento, generando una anarquía de tal magnitud que la única ley que perdura es aquella en la cual “ganas o mueres”.

Se asemeja a la política nacional, donde con tres años de anticipación se ha iniciado una batalla épica, por la disputa legítima del poder supremo (la Presidencia). ¿Será que esta es la razón para tanto debate, polarización y agresiones a nivel nacional? Cuidado por el afán de ganar terminamos sin nada que gobernar.

La serie es tan cautivante que los escritores se han dedicado a llevar la incertidumbre al extremo. Crean héroes con la misma facilidad con la que los matan. No hay nadie imprescindible en la historia y aquel que parece el héroe seguro es el primero en morir.

“Caen como moscas”, predica un protagonista. En Colombia también hay muchos héroes y líderes valiosos que todos los días trabajan por el bienestar de las comunidades y ponen en riesgo su integridad física y moral. Qué peligro sería para el futuro del país, que como en la serie, muchos de estos líderes terminen eliminados moralmente o inclusive físicamente, como retaliación por intentar llegar a ese poder.

En ese mundo caótico, donde nadie está a salvo, estas familias encuentran en los “caminantes blancos” (muertos vivientes con la tarea de destruir todo), un enemigo común que los ayuda a eliminar sus diferencias, para enfrentarse a ese obstáculo que solo juntos podrán vencer.

Durante varias décadas, para Colombia los “caminantes blancos” fueron las FARC, pero luego del acuerdo de paz quedamos huérfanos de un enemigo común que nos permita dejar nuestras diferencias atrás. El reto está en encontrar ese nuevo propósito que nos una como país. Puede ser la pobreza, la equidad, el narcotráfico, o la corrupción, urge definir qué lucha vamos a abanderar como colombianos.

A muchos nos fascinan las estrategias, los lados oscuros de los personajes blancos y los lados tiernos de los cabrones, plantearnos si el fin justifica los medios, si el fin es lícito, quién decide lo que está bien y lo que está mal. Que levante la mano quien no se haya dejado arrastrar por la pasión alguna vez. Quién no, ha mentido. Quién no ha cortado alguna cabeza, quizás la propia, para conseguir lo deseado. Todos somos, o deberíamos ser, estrategas en nuestro propio mapa vital.

Queremos conquistar un terreno que pertenece a otro: un puesto de trabajo, un amante, un premio. Y es que todo depende del cristal con que se mire y en el estrato en que te quedes: para unos será la maravilla de una superproducción sin precedentes; para otros los croquis de incestos, sobrinos y nietos; para los fans de las hostias a mansalva, la distracción está servida; para los fans de los traseros prietos, pasen y vean. Otros dirán que el mal existe y está entre nosotros: en el dependiente amargado, el vecino ruidoso o el jefe gritón.

Nos convertimos en esclavos de la seducción, de la ambición. Se nos despierta la vena salvaje cuando menos lo esperamos, dejamos de ser quienes éramos. A veces a mejor, a veces a peor. A veces solo a diferente. Los giros inesperados nos mantienen alerta, a nosotros y a esos personajes que no saben muy bien de dónde vienen y mucho menos a dónde van. Engullidos por vorágines varias, parcheamos nuestra existencia como podemos, como mejor sabemos. Nos gustan los juegos y los tronos porque son como la vida, que te deja boquiabierto cuando menos te lo esperas.

No sabemos todavía cómo terminará la serie pero lo que sí es seguro hasta ahora es que sus cortos seis capítulos serán impactantes que tendrán paralizado al mundo, esperando el más inesperado de los desenlaces como la esperada Batalla de Invernalía.

Pero independientemente de esto, considero importante que esta historia nos recuerde en qué nos podemos convertir si no nos unimos. Exaltemos a nuestros héroes de la patria, defendamos a nuestros líderes que con argumentos y acciones concretas le mejoran todos los días la vida a los más necesitados, y por último definamos un enemigo común que nos permita unirnos, para que el juego de tronos en Colombia sea una batalla en la que gane el mejor.

Esto fue escrito por

Daniel González Monery

Estudiante de Licenciatura en Ciencias Sociales (Universidad del Atlántico). Columnista invitado del Diario La Libertad (Barranquilla).
Columnista invitado del periódico El Colombiano (Medellín).
Colaborador de la Revista Las 2 Orillas (Bogotá).
Columnista del portal Ultima Hora Colombia
Columnista del Portal La Oreja Roja (Medellín).
Columnista del Portal Al Poniente.