Opinión

De la consciencia social a la irreverencia y de la indignación a la visceralidad

Realizaré un análisis, el más objetivo posible, sobre los sucesos del 21 de enero, día de protesta nacional y que en Medellín han generado escaramuza en el ámbito político y social.

De la consciencia a la irreverencia hay un paso grande y equivocado y de la irreverencia al vandalismo hay otro paso, ese sí muy pequeño.

Seamos conscientes de que llegando a la irreverencia y al vandalismo los cambios no se van a lograr, porque así nuestra ciudad no es receptiva y el mensaje se desdibuja.

Que en Antioquia se vea a la institucionalidad (el gobierno, sus entidades, sus políticas y funcionamiento), como algo sacramental que no puede ser criticado, es malo; evita la crítica e impide que la ciudad ejerza control y sepa que la corrupción en lo público en esta región, si es posible. Evita que la ciudad exija al servidor público, conducta de servidor público, que dé respuestas y promueva investigaciones con objetividad cuando se requieran y no llamados a sacramentalizar la institución para que no pase nada, tal y como lo hizo Federico Gutiérrez con el tema Hidroituango, rodear a EPM consistía para él, venerar a EPM con religiosidad, apasionamiento y regionalismo para no ir al fondo del asunto; varios fueron los debates y las intervenciones de la concejal María Paulina Aguinaga haciendo reparos al manejo de la situación, fue contundente, técnica y la administración no la escuchó, pero no nos desviemos del tema.

Que en Medellín la ciudadanía salga a protestar es valioso, que el criterio trascienda a lo mediático y se asuma una posición es constructivo.

No se vilipendia la crítica, la inconformidad y la sana expresión democrática, que la ciudadanía esté activa es excelente, ayuda al progreso y el desarrollo del país, cuestiones que nos atañen a todos y manifestarse en apoyo o rechazo a las políticas públicas, es un paso a los cambios que sean necesarios.

Ahora hablemos de la indignación, para terminar con la visceralidad. Rechazar bajo cualquier circunstancia que se raye una pared o el metro, es un aspecto positivo de la ciudad, es cultura ciudadana y sentido de pertenencia, valores que nos caracterizan como paisas.

El Sistema de Transporte Público de Medellín es envidiable y reconocido a nivel mundial por el buen comportamiento de los ciudadanos que lo usan con orgullo, el descontento y el disgusto no pueden llevar a que perdamos ese valor de amar lo nuestro y cuidarlo, sobre todo si se tiene en cuenta que para un ciudadano irreverente, un cerco del Metroplus o un articulado no valen nada y rayarlos es una muestra válida de inconformismo y de expresión, pero luego se investiga el daño causado y el precio podría ser alto por el personal que se utiliza para arreglar los estragos y por los materiales, aunque no tan alto como el precio de la anarquía, muy lesiva para la sociedad. En una anarquía, se desconoce el valor de la autoridad y reina el caos, en una anarquía ya no hay consciencia, hay desorden, daños y perjuicios para ricos y pobres, bien lo dijo Sófocles: “Un Estado donde queden impunes la insolencia y la libertad de hacerlo todo, termina por hundirse en el abismo.”

Con relación al ataque con pintura a las instalaciones de Bancolombia, yo invito a que se haga una discusión sobre el sistema bancario del país, con argumentos, no yendo a pintar un edificio bancario y menos a los empleados, por unos empleados de bajo rango no tenemos una tasa de interés efectiva anual E.A del 28,16%, altísima en comparación con otros países, el más capitalista del mundo Estados Unidos, tiene una tasa del 1,50%. Tampoco por culpa de ellos, nos cobran el 4*1000, usado para solventar los gastos del Estado, para los que habría dinero si no tuviéramos pérdidas en corrupción que representan billones.

Pretendiendo dar un mensaje de consciencia social (tal vez), porque con su violencia se deslegitiman, se convierten en unos vándalos y el rechazo de la ciudad es legítimo.

Su grito de consciencia, por mucha consciencia que albergue, se desdibuja, porque hay que contextualizar la sociedad en la que estamos, le aseguro a cualquiera que con vandalismo jamás la gente será receptiva en Medellín.

Ahora demos paso a la visceralidad, ha dado mucho de qué hablar lo expresado por el Alcalde Daniel Quintero, dando un parte de tranquilidad sobre lo ocurrido, indicando que los desmanes solo fueron daños que con pintura se arreglan, si bien es cierto que no se dieron hechos más graves, el impacto en el sentido de pertenencia en Medellín si se dio y eso es entendible (indignación válida). No obstante lo anterior, únicamente se ha difundido dicho vídeo en que habla de la pintura y no su rechazo a lo ocurrido, siendo eso una táctica de desprestigio, con la que no se debe estar de acuerdo, (visceralidad).

Hubo reacción por parte de las autoridades ante los desmanes, estuvo el ESMAD presente porque fue imperativo, se dieron capturas, lo cual demuestra que no hubo permisividad por parte de la administración, pero aceptar que se puede mejorar la prevención de desmanes, con mayor control sobre el desarrollo de las manifestaciones, de la mano de la administración y los participantes, era un acto de grandeza necesario para quien ostenta la calidad de Alcalde de Medellín. Es muy valioso que el Alcalde haya invitado a los organizadores a crear protocolos para actuar frente a los desmanes y que haya manifestado que no va a permitir las conductas lesivas, eso es lo que se debe hacer. En el siguiente link, se puede leer su declaración y fue acertada.

“Invito a quienes organicen las marchas para que creemos un protocolo, unas reglas, para impedir que estos desadaptados terminen dañando las protestas, que estos grupos de infiltrados no dañen las marchas pacíficas”.

El extremismo se encierra en un sinsentido y no escucha a nadie. Nos encontramos en la siguiente polarización, quienes consideran insignificante pintar el MetroPlus y a Bancolombia, irrespetan a quienes no lo aceptan, porque tienen un descontento y justifican su actuar, pero tener consciencia social dista como lo he dicho, de la irreverencia y el vandalismo.

Por otra parte, hay quienes condenan la marcha de entrada y a todos los que participan en ella, llamándoles bandidos y vagos, hay que resaltar que la protesta es un derecho y respetarlo, reconociendo además que la mayoría de los manifestantes se comportó debidamente.

A decir verdad Medellín ha dado ejemplo de comportamiento y lo que sucedió se puede evitar, tuvo un impacto que se debe reconocer, pero la indignación respetable es una cosa, el llamado al caos institucional es otra y es desproporcional, ya se han hecho las críticas y es prudente esperar los avances a los que se llegue en una próxima manifestación.

Claro que en la ciudad existen visiones distintas, pero seamos propositivos, realistas y sensatos, no es posible revocar el mandato de Daniel Quintero porque no ha pasado un año de administración y porque no hay sustento para tal acción, al no poder analizar el cumplimiento del Plan de Desarrollo, puesto que solo han pasado 25 días de gobierno.

Adicionalmente, Daniel Quintero fue elegido con amplia ventaja y eso le da legitimidad, guste o no guste es un hecho y por eso la invitación es a que primero tengamos consciencia social, pero con respeto y sin llegar a la irreverencia y el vandalismo. Segundo a que le demos la dimensión a los hechos justa y no empezar una visceralidad desgastante, por asuntos superables.

Qué se respete la propiedad pública y privada, qué el disentimiento y las discrepancias se resuelvan con argumentos y qué la persuasión sobre las posiciones sea transparente, rechazo al juego sucio.

Lleguemos a los puntos comunes, las posiciones no pueden ser excluyentes de la realidad y la visión del otro, Medellín la hacemos grande todos. Por el bien de Medellín, hay que permitir que el Alcalde gobierne y tener una posición constructiva.

Esto fue escrito por

Emanuel Duque Cañas

Estudiante de séptimo semestre de Derecho, de la Universidad Autónoma Latinoamericana. Apasionado por la política, bellanita de nacimiento y enamorado de Medellín, su cultura, pujanza y carácter.