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Cultura y canibalización: la violencia de la apropiación mimética

El Manifiesto Antropófago de Oswald de Andrade (1928), propone la tesis según la cual cultura brasilera y por derivación la latinoamericana es por excelencia una práctica antropofágica. Esto se coteja con aquella idea que declara: “Sólo me interesa lo que no es mío. Ley del hombre, ley del antropófago.” (De Andrade, 2008, p. 37). Esta ley indica que el mecanismo de apropiación cultural, moral, política y económica es un práctica antropofágica o canibalesca si se quiere, que en términos simbólicos y reales propone interpretar el modo de vida que predomina en los habitantes de estas tierras, quienes tienden a identificarse incluso a encarnar una serie de valores, ideales incluso de costumbres que resulta ajenos a ellos mismos. Este fenómeno tiene un nombre en la filosofía y se conoce como la imitación o la capacidad que posee el ser humano de ser y parecer a otro y su mundo, el cual se desconoce por completo, pero ejerce un tipo de fascinación y de apetito que dan ganas de devorar. En el manifiesto de Andrade se afirma que en América Latina este proceso de apropiación se ha realizado con ferocidad e hipocresía y ha sido el común denominador en inmigrantes, traficados y turistas[1], quienes han llegado a la tierra de la cobra grande, una figura mitológica de los indígenas y que identifica al Brasil como una gran boa que naufraga embarcaciones y es la pesadilla de los marineros.

Los motivos de esta violencia cultural que atraviesa todos los periodos de la historia brasilera y que resulta extensible a toda Latinoamérica tiene que ver con una fascinación por lo desconocido, sobre la cual se coloniza desde diversos ordenes de la vida social: ocurre con la religión, que en el Manifiesto alude a la ‘conciencia participante’ y la ‘rítmica religiosa’; en el lenguaje, que cobra sentido cuando se hace mención a una gramática que no se tuvo; en la comida cuando se menciona sobre la ‘colección de viejos vegetales’; la dominación del espacio y el territorio, que se relaciona con la colonización de un paisaje nativo que se hace crudo y ladrillo en palabras tales como ‘urbano’, ‘suburbano’, ‘fronterizo’ y ‘continental’; con la cultura cuando se hace mención crítica ‘contra los importadores de una conciencia enlatada’, la cual desconoce el cosmos vital y de naturaleza que domina en el aborigen; y política, que en el Manifiesto tiene que ver con una idea de revolución que distinta a la ocurrida en Europa con la francesa, debe ser liderada por el pueblo Caribe, para reinventarse en una nueva unión política donde tenga lugar la voz y el cuerpo de todas las girls. En medio de toda esta avalancha de control y dominación que proviene del otro colonizador, se deja mostrar la vida y la naturaleza que caracteriza al otro indígena brasilero y latinoamericano y el cual se encuentra en un estado pre-científico (como lo señala indirectamente Andrade con su mención a la mentalidad pre-lógica que estudia el antropólogo Levy-Bruhl). Todo lo anterior se coteja si se tiene en cuenta aquel fragmento del Manifiesto en el que se sugiere lo siguiente:

Fue porque nunca tuvimos gramáticas, ni colecciones de viejos vegetales. Y nuca supimos lo que era urbano, suburbano, fronterizo y continental. Perezosos en el mapamundi de Brasil.

Una conciencia participante, una rítmica religiosa.

Contra todos los importadores de la conciencia enlatada. La existencia palpable de la vida. Y la mentalidad pre-lógica para que la estudie el Sr. Lévy-Bruhl.

Queremos la Revolución de los indios Caribes. Mayor que la Revolución francesa. La unificación de todas las revueltas eficaces en la dirección del hombre. Sin nosotros, Europa ni siquiera tendría su pobre declaración de los derechos del hombre.

La edad de oro anunciada por América. La edad de oro. Y todas las girls.

 (De Andrade, 2008, p. 40).

En síntesis, para De Andrade en el Brasil y podemos decirlo para el resto de Latinoamérica, la vida humana está atravesada por dos antropofagias: la del colonizador o la que proviene de la naturaleza; la lógica o la cristiana eurocéntrica, que gravita sobre unos valores e ideales comunes relacionados con la evangelización y la colonización de la población nativa, o la indígena, que es ancestral y muestra un vínculo más directo con lo mítico-natural y la vida cósmica. Ante la disyuntiva de estas dos mímesis que en la teoría como en la práctica son antagónicas y rivales, queda la pegunta sobre cual elegir: la extranjera o la autóctona. A partir de esta serie de postulados que de manera provocadora son escritos por Andrade en su manifiesto Antropófago se cuestionan las prácticas culturales como las ideologías sociales y políticas que para la época fueron vividas una generación de intelectuales que cuestionaron con radicalidad la pretensión cultural y política de definir el ser latinoamericano en la perspectiva de la dependencia, bien bajo el imperativo de imitar los modelos eurocéntricos, hispanistas, lusitanos, nordocentricos, germánicos y otros.

La mirada antropofágica formulada por Oswaldo de Andrade hace parte de un esfuerzo en Latinoamérica por pensar el carácter mimético de la identidad cultural. Por ejemplo, el ensayista y pensador mexicano Pedro Henríquez de Ureña (1984-1946), señaló las diferencias entre una mímesis difusa y otra sistemática: a la primera le corresponde el carácter caótico e inconsciente de una imitación que se apropia de elementos extranjeros, los cuales son consumidos por los ciudadanos de a pie en sus estilos de vida; a la segunda, le compete una imitación que propone una composición inteligente de los elementos foráneos, creando verdaderas mímesis novedosas que se hacen palpables en la creación cultural en la literatura y el arte. De modo análogo, el historiador mexicano Edmundo O’Gorman (1906-1995) ha conceptualizado la construcción de lo propio sobre los influjos que ejerce lo otro. En otras palabras, los procesos de identificación cultural en Latinoamérica han estado supeditados a violencias en la apropiación de lo extranjero creando a su paso formas culturales fracturadas que viven en permanente inestabilidad (Díaz, 2017, 151). Como ocurre con las propuestas de Henríquez de Ureña u O’Gorman, el pensamiento latinoamericano ha sentado una serie de antecedentes a la teoría mimética, los cuales han puesto de presente la naturaleza violenta y paradójica que se desencadena en nociones como identidad o cultura. En este orden de ideas Castro-Rocha (2014, pp. 103-104), ha mostrado anticipaciones en el mexicano Antonio Caso quien, en el año de 1917 y bajo la publicación de su Universal ilustrado propone el apelativo de Bovarysmo nacional para referirse el comportamiento natural del mexicano, quien, al preferir las ideas provenientes del extranjero, termina por despreciar las nacidas en el terruño. El modelo imitativo del México del siglo XIX fue Europa y en particular Francia. Hoy en día este modelo ha cambiado y para los mexicanos resulta más atractivo parecerse a los Estados Unidos. Para Caso, este rasgo mimético del comportamiento cultural y político que se produce a lo largo del siglo XIX trajo como consecuencia un sentimiento de inferioridad.

Una de las implicaciones antropológicas y filosóficas que se desprenden de la idea de la antropofagia alude a la manera que tenemos los latinoamericanos de apropiarnos del influjo de pensamientos, modos de vida y hasta modas provenientes de otros lugares de nuestro espacio común. Es usual que esta apropiación de modelos externos termine siendo más contraproducente y enfermizo. En ciertas situaciones de nuestra historia la imitación se realizó sobre esquemas hipostasiados, como los impuestos en América Latina desde el periodo de la conquista con el cristianismo y en general con los calcos lingüísticos y morales que se dieron con el fenómeno hispanista y de esclavización que ejerció la cultura ibérica sobre indígenas y pueblos negros esclavizados y traídos del África. También puede haber imitaciones enajenantes como las ocurridas en el XIX en nuestro continente con la cultura del progreso y el desarrollo, situación que llevó, por ejemplo, en el contexto colombiano, a una violencia desmedida por parte de los caucheros en búsqueda del oro blanco en gran parte del territorio amazónico que compartía Colombia, Venezuela y Brasil (Mendoza-Álvarez, editor, 2017, 23-24). De otra parte, existe un modo menos destructivo de apropiación de patrones culturales extranjeros, y tiene que ver con una idea que se encuentra en el Manifiesto de Andrade al sugerir que la antropofagia es una práctica cultural mimética (mímesis proviene del griego y traduce imitación), porque plantea que la creación de relatos autóctonos son fruto de otras apropiaciones culturales provenientes de lugares distintos a los locales. En este sentido la identidad cultural se define como un proceso creativo de canibalización de lo extraño para la producción de algo que es miméticamente nuevo (Saramago, 2017, 118-119).


Bibliografía

De Andrade, O.  (1928).  Manifiesto Antropófago.  Revista de Antropofagia, 1(1). Recuperado de http://fama2.us.es/earq/pdf/manifiesto.pdf

De Andrade, O. (2008). Manifiesto Antropófago. Pp. 39-47. En: Escritos antropófagos.

Díaz, Juan Manuel. (2017). Teoría mimética y América latina: el vigente problema de la identidad, un diálogo que nos convoca. 143-158. Cuadernos de Filosofía Latinoamericana. Facultad de Filosofía. Ediciones USTA: Colombia.

Mendoza-Álvarez, C., Jobim J.L., y Méndez-Gallardo M. (2017). Mímesis e invisibilización social. Interdividualidad colectiva en América-Latina. Universidad Iberoamericana. Ciudad de México.

Rocha, J. C. (2014). ¿Culturas Shakespearianas? Teoría mimética y América Latina. Guadalajara: Cátedra Eusebio Francisco Kino.

[1] Esto se coteja en el siguiente fragmento del Manifiesto: “Hijos del sol, madre de vivientes. Encontrados y amados ferozmente, con toda la hipocresía de la nostalgia, por los inmigrantes, por los traficados y por los turistas. En el país de la Cobra grande.” (De Andrade, p. 40, 2008).