Opinión Selección del editor

Apoyar sin vacilación al Presidente Duque

Yo no voté por Duque para que viniera a hacer milagros, yo vote por Duque para evitar que llegara Petro a hacer desastres”

(Doña Olga, Ciudadana de Anserma)

El Presidente Duque está enfrentando una de las coyunturas políticas más complejas en la historia del País y lo peor que puede suceder es que sus amigos le quiten su apoyo, por falta de comprensión de lo que está en juego y de los obstáculos políticos y jurídicos que limitan su accionar.

En las pasadas elecciones presidenciales no estuvo en disputa, simplemente, el ejercicio temporal del poder ejecutivo entre fuerzas políticas que, en lo fundamental, comparten la misma visión del sistema de propiedad privada y libertad individual y de los arreglos institucionales que lo hacen viable. Por primera vez en la historia del País, tuvo la posibilidad de llegar a la presidencia de la república un personaje como Gustavo Petro, enemigo de la propiedad privada y la libertad económica, como lo prueban sus credenciales de asesor de Chávez y Maduro en la construcción del socialismo del siglo XXI y la destrucción de la economía y la sociedad de Venezuela. Esto es un hecho.

El segundo hecho es el elevado riesgo en que el acuerdo de la Habana y, sobre todo, su incorporación en la Constitución, ha puesto a las instituciones democráticas por los estrechos límites que dicho acuerdo y la legislación derivada imponen al poder ejecutivo. El gobierno no dispone de una mayoría en el congreso para “hacer trizas” los acuerdos y está obligado a cumplirlos, si quiere permanecer en el marco de la constitución y las leyes.

El tercer hecho lo constituye la increíble inconsciencia de los principales dirigentes de los partidos tradicionales y sus derivaciones electoreras, quienes, en su afán descontrolado por hacerse a una parte del presupuesto y de la burocracia, son incapaces de entender la gravedad del momento político, caracterizado por la fuerza que entre las masas tiene la siempre presente tentación socialista, abierta o embozada, respaldada por multitud de idiotas útiles enquistados en los medios, en los gremios, en los partidos y en el sistema judicial.

Esos tres hechos son los que configuran el entorno en el cual el ejecutivo, en cabeza del Presidente Duque, debe desplegar su actividad. Tengo muchas diferencias con el gobierno. En particular, creo que se ha equivocado en posponer el ajuste radical de la situación fiscal, renunciando, a los soportes de la corrupción y el clientelismo, como son el burocratismo y al asistencialismo, montados sobre unos ingresos petroleros que resultan ridículos frente a los de Venezuela, cuyo improvidente empleo, por decir lo menos, llevó a ese país a la catástrofe de todos conocida. Hago votos porque los mercados no le cobren al Gobierno, como hicieron con Macri en Argentina, el gradualismo pusilánime con que está enfrentando la situación fiscal.

No obstante, continúo creyendo que el Presidente Duque representa el principio liberal según el cual el papel del gobierno es proveer un marco legal y económico estable para que las familias y las empresas busquen la realización de sus sueños y de sus ambiciones. Esto es completamente opuesto a la visión que encarnan Petro, Robledo, las Farc y todos los “progresistas” de izquierda que entienden que el papel del gobierno es definir los sueños y ambiciones de todo mundo y hacer que todos aceptemos, querámoslo o no, ser llevados por su camino al “paraíso” que inexorablemente se transforma en el camino a la servidumbre.

Duque, carente de una mayoría clara en el Congreso y renunciando a conformarla a punta de prebendas y canonjías, procedió con prudencia frente a la ley de la JEP, limitando sus objeciones a seis artículos, que en forma alguna socavaban los cimientos de ese esperpento jurídico, cuyo presupuesto de funcionamiento entregó con largueza, de la misma forma que ha dispuestos los recursos requeridos para hacer operativos los demás componentes del acuerdo de La Habana.

Pero no, resentidos por la falta de las prebendas burocráticas y presupuestales a las que estaban habituados, los principales figurones de la política nacional, Gaviria Trujillo y Vargas Lleras, de quienes el País debía esperar un comportamiento más digno por las distinciones y honores que han recibido, escogieron el camino de la ruindad, aliándose con los que a la larga son sus enemigos, para humillar al Presidente.

Detrás del rechazo a las objeciones presidenciales no hay ninguna posición de principio: solo politiquería barata y miserable. Otro habría sido el cantar si Simoncito hubiera ostentado la representación de Colombia en un organismo multilateral y uno de los hermanos Vargas Lleras una cómoda embajada en una capital europea.

El problema es que, en las circunstancias actuales, esa politiquería barata puede tener unas consecuencias graves. A Gaviria Trujillo, Vargas Lleras y a toda su cauda de politiqueros baratos, les haría bien recordar que el sepulturero de la democracia venezolana fue Rafael Caldera, quien, a la cabeza de los politiqueros de allá, hizo todo para desprestigiar a Carlos Andrés Pérez, creyendo que lo que estaba en juego era un mero cambio de gobierno y no todo el régimen político y económico.

Es el Presidente Duque quien ha estado a la altura de las difíciles circunstancias políticas y jurídicas que se extenderán durante todo el tiempo de “implementación” de los nefastos acuerdos, que, gústenos o no, están en la Constitución.  Ha ejercido el poder de forma prudente, pero con firmeza y determinación que le han permitido superar la más violenta agitación social que ningún presidente reciente había enfrentado al inicio de su mandato. Presentando las objeciones a la ley de la JEP, ha cumplido con sus electores. Su derrota en el Congreso envilece a los “vencedores” y aumenta su estatura política y moral.

No deberían llamarse a engaños quienes toman por debilidad la moderación y templanza del Presidente Duque. En la compleja situación de Santrich ha jugado con prudencia y habilidad y aún le quedan, que nadie lo dude, otras cartas por jugar. De momento, la Corte Suprema y la JEP, deben hacer la próxima jugada y, de cara al País, a despecho de la evidencia aplastante, atreverse a exculpar totalmente a un facineroso, que, por su codicia incontrolada, es quien ha puesto en jaque a la JEP. Esto lo sabe hasta Timochenko, cuya ausencia en las celebraciones de la liberación de Santrich es más diciente que cualquier palabra.

El Centro Democrático, el Partido Conservador y todas las fuerzas políticas que apoyan al Presidente Duque, deberían entender la gravedad la situación política y jurídica en que se encuentra el País por los acuerdos de La Habana. Entender que, cualquiera sea el desenlace del caso Santrich, el juego apenas empieza y que se extenderá a lo largo de todo el mandato de Duque y durante 4 años más.

La tarea es lograr que en las próximas presidenciales llegue al poder un candidato amante de la libertad y respetuoso de la propiedad privada y la iniciativa individual; y acompañado de una sólida mayoría en el Congreso. De momento hay que concentrarse en las elecciones locales y buscar controlar el mayor número de alcaldías, gobernaciones, concejos y asambleas. En particular, en el caso de Bogotá, es necesario buscar un candidato viable que enfrente con opción de éxito a la candidata de la izquierda, cuyo triunfo, además de ser nefasto para la atribulada capital, tendría consecuencias en extremo negativas en la política nacional. Esta es la forma efectiva de apoyar sin vacilaciones al Presidente Duque.