Opinión

América Latina: una utopía llamada democracia

Uno de los mayores logros de la Filosofía Política del siglo XVIII y XIX fue sin duda la articulación teórica y práctica de las democracias liberales en Europa, que, a su época, pretendían despojar al viejo continente de las prácticas autoritarias de las monarquías absolutistas y animaron a las revoluciones políticas más importantes de la humanidad. Aspectos que hoy damos por hecho como la separación de poderes, la sujeción de los gobernantes al imperio de la Ley y la participación directa de la ciudadanía en las decisiones trascendentes de los Estados no eran aspectos cotidianos en la era de las monarquías, y mucho menos en los regímenes totalitarios que atemorizaron a Europa en el siglo XX.

América Latina, luego de sus procesos de independencia y construcción de Estado, esperanzada en liberarse de las cadenas imperiales del Reino de España, Gran Bretaña y Francia, importó buena parte de las ideas y prácticas de las revoluciones burguesas en Europa y emprendió un espinoso camino de autonomía administrativa y política para atender las innumerables demandas de sus respectivos pueblos. Sin embargo, hoy, cuando varios Estados latinoamericanos han institucionalizado el Estado Social de Derecho –como Colombia-  en sus constituciones, somos testigos de la debacle de la institucionalidad democrática, ya que la separación de los poderes públicos, la igualdad ante la Ley y la secularización del Estado, se convierten en meros espejismos que se contrastan con el regreso de monarcas disfrazados de demócratas, quienes censuran a los opositores, medios de comunicación y se enquistan en el poder, aun cuando, a fuerza bruta, culminan sus periodos presidenciales.

Rafael Correa en Ecuador, Álvaro Uribe en Colombia, Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela, Jair Bolsonaro en Brasil, Cristina y Néstor Kirchner en Argentina, Evo Morales en Bolivia y Fujimori en Perú son ejemplos paradigmáticos –y eso sin contar con los gobiernos dictatoriales del siglo XX- de cómo la concentración del poder se ha tomado las arcas de los Estados de la región. Participando en elecciones democráticas –muchas de ellas con muy cuestionables resultados e implementando prácticas de compra de votos y actos de corrupción-, estos gobernantes desafiaron y desafían todavía los principios de la democracia que heredamos del pensamiento político de más de 200 años. La oxigenación del poder Ejecutivo, el desacato a las decisiones del poder judicial, la conformación de grupos para-estatales, la censura a medios de comunicación y la represión hacia las decisiones legislativas, han hecho de la democracia en el continente una fábula que se limitan a palabras muertas en las constituciones que hoy se encuentran vigentes.

Pero ¿de dónde surgió todo esto? ¿por qué los discursos de estos personajes se vuelven tan atractivos para los votantes en una contienda electoral? Es una pregunta difícil de responder. Pero si se hace una radiografía juiciosa sobre la construcción de los Estados latinoamericanos es posible argumentar que en América Latina nunca hubo verdadera democracia, tal y como lo habían soñado pensadores europeos como John Locke o Jean Jacques Rousseau –cuyos planteamientos inspiraron las revoluciones burguesas en Europa que acabaron con las monarquías-. Por ejemplo, Simón Bolívar y Juan de San Martín, luego de culminar con éxito sus procesos de Independencia en la zona Norte y en el Cono Sur, respectivamente, buscaron los mecanismos para perpetuar gobiernos en donde la concentración del poder sería la nueva bandera para la fundación de sus Estados.

En Colombia,  particularmente,  estas pretensiones se replicaron en reiteradas ocasiones: Tomás Cipriano de Mosquera logró ser presidente tres veces –las dos primeras de los denominados Estados Unidos de Colombia y la tercera de la República de la Nueva Granada-; Laureano Gómez, quien aunque sólo gobernó un periodo que ni terminó por cuestiones de salud, fue recordado por ser un Presidente que, bajo el pilar de la garantía del orden, redujo sustancialmente las libertades civiles durante su mandato, además de intentar promover la Asamblea Nacional Constituyente para disolver el Congreso de la República y suspender las Cortes. Ni hablar de Gustavo Rojas Pinilla, quien, en una frenética tentativa de instaurar un régimen militar, también fue recordado por las violaciones constantes a los Derechos Humanos. Por último, el controvertido expresidente Álvaro Uribe, que, bajo el programa de la Seguridad Democrática, Colombia documentó las barbaries cometidas por algunos miembros de la Fuerza Pública que asesinaron inocentes para presentarlos como bajas en combate.

Por supuesto que sería muy interesante documentar cada acontecimiento con mayor profundidad y absorción de cada país latinoamericano, pero el punto es el mismo: la democracia en el continente, tal y como la habían ilustrado los pensadores europeos, no existe. Los reiterados intentos de concentración de poder, la represión hacia las manifestaciones ciudadanas que, en su legítimo derecho, expresan su descontento y malestar por las decisiones de los gobiernos, lleva a pensar que América Latina posee la inmarcesible sombra del autoritarismo que seguramente la acompañará el resto de sus días.

Esto fue escrito por

Esteban Escudero Correa

Estudiante de Ciencias Políticas y Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana. De mis gustos personales está en escribir sobre mis opiniones, argumentos y puntos de vista sobre coyuntura nacional e internacional; escribir ensayos sobre reflexiones de teoría filosófica y de interés general. Apasionado por la lectura, el arte y el teatro.

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